2007

Licencia para mentir

Este es un muy buen articulo de Xavier Velasco del periodico Milenio. Creo que queda como anillo al dedo (sin albur) a este blog.

1 Mentir o ficcionar

Cuando uno se dedica a fabricar ficciones, suele experimentar un hondo desprecio por las mentiras. Ya que mientras aquellas se construyen para no dejar huella perceptible, no pocas veces con un cariño raro y empeñoso, éstas suelen ser burdas y baratas, generalmente hijas de miedos vergonzantes o hasta odios escondidos. En la ficción uno hace cuanto puede por contar la verdad, y aun si no lo quisiera acabaría por delatarla; el mentiroso, en cambio, le teme a la verdad como a la peste, pues sabe que se bastaría sola para hundirlo junto a todos sus planes. Dejemos por ahora de lado la moral, que al fin nadie se libra de la necesidad de mentir, así sea defensivamente, de cuando en cuando o hasta cada minuto, si es preciso. El hecho es que uno miente para preservarse y hace ficción para contradecirse; se eluden las preguntas en el primer caso, se multiplican en el segundo.

Miremos, por ejemplo, las patrañas los políticos: casi cualquiera advierte cuando están mintiendo, sólo la conveniencia o la ceguera satisfecha alcanzan para darles la complicidad del crédito irrestricto. Y ahí están, con el dedo en alto frente a las pantallas, espetando discursos patéticos que si no fueran así de frecuentes tendrían que invitarnos a vomitar sin trámites. Y ello es aún más dramático para quienes amamos la ficción, ya que —insisto— más allá de las cuestiones morales, que con seguridad inquietan al espíritu, está la deficiente hechura del engaño. Llega uno a entender que los hijos de puta sean hijos de puta, pero indigna que insistan en ser tan malhechos, pues ello indica que además de todo nos consideran idiotas. O en todo caso cómplices; es decir, iguales o de menos equivalentes a ellos. Y eso calienta, claro, aunque no por desgracia en el sentido ideal del simpático verbo.

2 Horror al orador

Si a uno le diera por escribir mentiras como las que acostumbran tantos que se autocalifican como “honorables” y disfrutan de fuero para evitar que se les contradiga, es seguro que se moriría de hambre. Ningún lector está dispuesto a creer las idioteces que ciertos poderosos quieren hacer pasar por verdades, pero es verdad que a ellos los hacen ricos. Pocos días atrás, durante la inauguración de la Bienal del Libro de Rio de Janeiro, huí con David Toscana de la ceremonia no bien dieron comienzo los discursos de los políticos presentes. Da grima y un cierto asco tener que soportar a todos esos seres circunspectos que proceden a engolar la voz para soltar mentiras hechas con las patas, luego de todo lo que uno se martiriza para que las ficciones parezcan verdades. Poco más tarde, alguno entre los periodistas presentes me confió un dato revelador: más del treinta por ciento de los congresistas brasileños llegaron a su cargo perseguidos por causas penales. A partir de ese punto, podrán decir cuantas mentiras quieran, que de todas maneras de muy poco valdrá contradecirlos.

No sé si sea por haber escapado a tiempo de la carrera de ciencias políticas y administración pública, pero confío poco en las licencias literarias. Trato, hasta donde puedo, de no solicitarlas, y si lo hago procuro que sea desde el principio. Pues nada decepciona tanto al lector como que a media historia el autor contradiga las leyes que antes había establecido. Esto es, que se le caiga el teatro a media función, con la correspondiente estampida del público. Pero eso a pocos políticos les preocupa, por eso se conforman con dictar leyecitas que los protegen de todo cuestionamiento público, en nombre de un respeto a las instituciones que ellos mismos se encargan de denigrar en cuanto abren la boca.

3 ¿Quién insulta a quién?

¿Qué hacíamos Toscana y yo solos entre los corredores vacíos, mientras cientos de convidados aplaudían a tantos discursos retumbantes? Protegernos del tedio de escuchar las mentiras inverosímiles a las que, mexicanos al fin, vivimos habituados, aunque no resignados. Es posible que adentro los distinguidos caballeros que se fueron turnando el micrófono hablasen con el corazón en la mano, pero me es muy difícil otorgarles crédito. La mula no era arisca, pues. Además, si me pongo en su lugar, odiaría con el alma verme obligado a discurrir solemnemente sobre un tema que por sí mismo abomina de los discursos. Si los libros están ahí no es para respaldar a los poderosos a ultranza, sino al contrario: difícilmente existen mejores recursos y pertrechos para enfrentárseles. Es justamente gracias a los libros en general y a la ficción en particular que puede uno ejercer el derecho ciudadano a enviarlos al carajo cotidianamente, de modo que mal pueden ellos convencernos de nada cuando elevan la voz y hablan de la cultura, la historia, la revolución y otros temas que no me da la gana escribir con mayúsculas, pues los delataría aún más como mentiras, y no creo que se trate de ser didáctico.

“Caterva de estúpidos”, llamó Luis González de Alba el lunes anterior a numerosos congresistas oficialmente honorables, en lo que fue más una descripción que un insulto, mas tal parece que en el futuro no podrá hacerlo más sin hacerse acreedor a una sanción legal. O sea que ellos van a poder seguir insultando nuestra inteligencia sin que uno pueda al menos negarle impunidad a sus idioteces. No digo, por supuesto, que los señores no se basten solos para exhibir sus múltiples carencias, por eso al fin el suyo es un empeño tan ingenuo como el de todo mal mentiroso: ninguno de ellos puede impedir que noche a noche mire los noticieros y los insulte a grito pelado: terapia elemental que luego me permite conciliar el sueño con la satisfacción del deber cumplido. Tampoco pueden obligarme a creerles, ni a esparcir entre amigos y conocidos el profundo desprecio que a tantos nos inspira su escaso o nulo oficio en el arte de corregir la realidad. Y al cabo, con perdón, que les crea la más vieja de su casa.

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  • Toño

    Susana este es el escritor que te comentaba, Luis González de Alba, es un historiador real y crudo, si encuentras algun libro de él o algun artículo, veras la verdad de muchas coas, juares, lerdo, los niños ¿heroes?, en fin a mi me pareceio muy bueo y muy docuemntado el señor.