Como de costumbre, muchas de las entradas que escribo nacen en algún “cafecito”. En esta ocasión me sentía como Federico Fellini en la película de 8 1/2, un director sin inspiración. Justo en el momento que pensé no había de que escribir, entraron por una de las puertas unas niñas de secundaria. Con mochila al hombro y su uniforme de quien sabe que chingada escuela, se sentaron en la mesa que estaba junto a mi. Y empezó la platica. Primero que nada, la manera de hablar de estas niñas harían que cualquiera de nosotros en este blog nos sintiéramos orgullosos, una grosería por cada tres palabras. Cualquier persona culta diría “yo a sus edad no decía ninguna grosería” pero como yo fui mal hablado desde la primaria me valió madre. La platica trataba de una sola cosa, hacer trisas a todas las compañeras que no fueran ellas. Me asombre un poco por la manera en que estas dos chavas hacían trisas a una tras otras de sus supuestas amigas. “Es que Rocío es una perra” “La pendeja de Alma le dijo a la maestra” “Es una zorra” “pinche vieja chismosa” “Pues nada mas le hablo porque se sienta a mi lado” “Es una tramposa” “puta” Hazme el chingado favor! Si recuerdo bien lo único que me importaba en la secundaria era el partido de fut, las chavas de preparatoria y como conseguir cigarros. Pero estas viejas me dejaron perplejo. Mas de una vez me cago de risa por su ingenio al mentar la madre. Siempre he sabido que el peor enemigo de las mujeres son ellas mismas, lo que no sabia es la temprana edad a la que empezaban a viborear. Y lo peor del caso es que mientras mas seguían con la platica mas se encabronaban. Los pinches ojos se les abrían mas cuando platicaban y las manos se movían de una manera que pensé que en cualquier momento se iban a agarrar a alguien a chingazos. La platica seguía calentándose, lo único que las detuvo fue una llamada telefónica. “Ya llego mi Mama, vámonos” Asombrado por lo que acababa de presenciar, no puede mas que tomarme mi ultimo trago de café, tomar mis cosas y dar gracias a la cromosoma de mi padre por haber nacido un “guey”.
