2009

Indios de Juárez: jugar con miedo

indiosBEATRIZ PEREYRA
A las penurias deportivas que pasa todo equipo que lucha contra el descenso, los Indios de Juárez sumaban la zozobra de sobrevivir en medio de la violencia que azota a esta ciudad, donde varios de sus jugadores han recibido amenazas de secuestro o han sido víctimas de robos de auto o domiciliarios. Angustiados en medio de versiones de que alguno de sus compañeros ha sido decapitado, transitan por las calles –repletas de soldados – en sus nuevos autos austeros y, a la vuelta de la esquina, a veces son testigos de una ejecución…

CIUDAD JUÁREZ, CHIH.-

Al término del torneo Apertura 2008 que jugó a préstamo con los Indios, el futbolista de origen colombiano Andrés Chitiva se fue a Pachuca para explorar otras opciones de equipos. Su familia se quedó en Ciudad Juárez y, un día, su esposa recibió por escrito una amenaza de secuestro. De inmediato ella se comunicó con el jugador, quien llamó a los elementos de la empresa Quality Security Service – quienes cuidaban la entrada del fraccionamiento donde residía – para pedirles protección a su mujer. Miembros de la Policía Municipal fueron al domicilio y a la escuela para sacar a la señora y a la niña bajo un fuerte dispositivo de seguridad, que las condujo hasta el aeropuerto únicamente con lo que traían puesto.

Tras el incidente, los jugadores extranjeros Juan Ramón Curbelo y Ezequiel Maggiolo decidieron mandar a sus esposas e hijos a Uruguay y Argentina, respectivamente, mientras las historias se multiplican:

–Cirilo Saucedo circula en su Audi A4 por una de las principales avenidas de esta ciudad fronteriza. Una camioneta lo rebasa, luego le impide el paso y de ella descienden unos tipos que a punta de metralleta lo despojan del vehículo. Rápidamente, el portero de Indios mira a su alrededor y distingue una patrulla de Seguridad Pública municipal a la que pide auxilio.

Los policías hacen como que lo atienden pero, en lugar de seguir a los asaltantes, en la primera esquina doblan en otro sentido. “Te da pavor porque no tienes manera de hacer nada: si me arranco, me dan un balazo; si me bajo, igual; si me llevan, lo mismo me pasa algo. Vives con miedo”, señala.

Al presentarse en la Procuraduría de Justicia para poner su denuncia, se queda atónito. No puede dejar de mirar un pizarrón de corcho atestado de fotografías de mujeres desaparecidas: las muertas de Juárez. Con un nudo en la garganta piensa: “¿Qué haría yo si una ellas fuera mi esposa, mi hermana o mi mamá?”.

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–De pronto, Edwin Hernández, jugador del club de futbol Indios, comienza a escuchar lo que parece la hélice de un helicóptero volando muy bajo. Saca la cabeza por la ventanilla de su coche y busca la aeronave, pero nada. Al regresar la vista al frente, no entiende por qué, si el semáforo está en verde, los autos no avanzan. Todo es confusión y silencio. Por fin, en una camioneta que acaba de ser rafagueada distingue el cuerpo agujerado y sin vida de un hombre. Al futbolista le tiembla todo. El miedo lo paraliza. “Yo ni sabía cómo es el ruido de los disparos, y fue a plena luz del día”, cuenta.

–Tres de la mañana. A la esposa del mediocampista Jorge Rodríguez la despierta el ruido de unos intrusos en el patio de su casa. Semidormido, La Pulga baja a investigar. Se queda perplejo cuando descubre un comando de 15 sujetos vestidos como militares, encapuchados y armados, quienes le dicen que tienen reportes de que en esa casa hay venta de droga y acopio de armas. “Identifícate”, le exigen. “Les dije mi nombre y que soy jugador de futbol de los Indios de Ciudad Juárez. No los dejé pasar. Así como llegaron se fueron”, recuerda.

Ser jugador de los Indios de Ciudad Juárez implica no sólo luchar en el terreno de juego para permanecer en la Primera División; también hay que lidiar con la inseguridad, la violencia y el narcotráfico que flagelan a esta localidad. La situación se presta hasta para que una de las porras del equipo se llame El Cártel y su líder sea conocido como El Capo.
“Acá hay que sobrevivir también en la vida real, no sólo en la Primera División”, advierte el zaguero Edwin Hernández.

A diferencia de otras plazas, donde los jugadores se mueven libremente y conducen vehículos de lujo, el plantel de Indios está obligado a seguir una serie de precauciones en una ciudad donde diariamente mueren en promedio 6.6 personas por crímenes relacionados con el narco. Aunque es constantemente patrullada por militares, agentes federales y policías municipales, en los primeros dos meses de este año sumó 360 ejecuciones.

“Parece que fuera una ciudad en guerra”, suelta Javier Saavedra, quien en la jornada 16 marcó el gol con el que Indios se salvó de descender a la Primera División A.

“En cualquier esquina ves a los soldados, en los centros comerciales, en todos lados, pero es entendible, por todo lo que ha pasado aquí. Las estadísticas dicen que han bajado la delincuencia y las ejecuciones. A lo mejor es incómodo, pero da tranquilidad ver a los soldados en la ciudad”, explica el jugador.

Saavedra, quien durante los últimos 10 años vivió en Monterrey, afirma que desde que fue prestado por el club Tigres para reforzar a Indios le costó trabajo decidir mudarse con su esposa a Juárez. Una
vez que llegaron, tuvieron que ajustar su estilo de vida: se despidieron de las cenas fuera de casa, de las idas al cine y compraron coche austero.

“Cambió totalmente nuestra vida. Acá nos la pasamos mucho en la casa: ahí comemos y vemos mucho la tele, pero evitamos los canales locales porque es donde más te enteras de todo lo que pasa aquí. Tampoco leemos periódicos. Cuando mis compañeros vieron el auto que
me traje de Monterrey me dijeron: ‘Mejor no andes con ese coche, la situación está muy complicada’. Lo regresé y me compré una camioneta fronteriza. Hay que ser lo más discreto que se pueda, pero yo pienso que cuando te va a pasar algo, así será, con o sin seguridad.”A pesar de todo, Saavedra quiere quedarse en Ciudad Juárez. Su carta pertenece a Tigres, equipo con el que deberá actuar en el próximo torneo, con la posibilidad de que entonces haya descendido a la Primera A.

Al circular por la ciudad, los jugadores son frecuentemente parados por elementos del Ejército mexicano apostados en los diversos retenes militares. El hotel donde se concentran antes de los partidos en casa les toca compartirlo con los agentes federales que llegaron el año pasado para reforzar el Operativo Conjunto Juárez. “En el elevador vas con el tipo que trae metralleta. Después te acostumbras y lo platicas como si nada, pero en el momento dices: ‘No se te vaya a disparar’, o ‘apúntale para otro lado’”, dice Saucedo.

“Todos nos hemos acostumbrado. Mi hija tiene cinco años y se le hace normal ver a los militares y a los policías en la calle. A lo mejor otro niño de esa edad ni siquiera conoce a un militar, pero para mi familia ya se hizo normal. En las revisiones nos paran, pero como nosotros no estamos metidos en esos problemas, no pasa nada. A mí me gusta que estemos rodeados de esa gente que da tranquilidad. En Juárez nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de eso”, refiere a su vez el defensa Juan de la Barrera, quien radica aquí desde hace tres años.

También han tenido que habituarse a no salir a la calle después de las nueve de la noche, a llamar por teléfono a sus familiares varias veces al día cuando están fuera de casa, a circular por distintas vías y no usar una ruta fija, a vivir cerca para prestarse apoyo en cualquier momento, a traer a mano los teléfonos de la policía, a que sus esposas no anden solas…

Pero la zozobra a veces los rebasa. Por eso el día que corrió la información de que “el portero de Indios fue ejecutado”, todos se alarmaron.

Llamadas intimidatorias
“Un domingo como a las ocho de la noche vi que tenía 20 llamadas perdidas de Eugui, Edwin Santibáñez, el Tripa Pérez, Humberto Hernández, Ramón Morales (de prensa), de un directivo y hasta del dueño del Canal 44. Me alarmé. Empecé a llamarles, y todos me decían: ‘¿Qué te pasó?’ Y yo: ‘Nada, estoy en la casa’. ‘Es que nos dijeron que habían ejecutado al portero de los Indios’. Salió en la prensa. Ya habían hablado con los otros porteros y todos estaban bien, pero a mí, como no me encontraban, pensaron que sí me había pasado algo. Otras versiones decían que al portero de los Indios le habían cortado la cabeza. No sé cómo, pero alguien le dijo eso a la prensa; además de que acá pasa algo chistoso: cuando ejecutan a alguien, primero llega la prensa que la policía”, narra Cirilo Saucedo.

Desde que fue despojado de su auto, Saucedo se compró otro tan austero que ni aire acondicionado tiene. No comprende cómo es que a pesar de que vio su coche en la calle varias veces y pidió auxilio, los policías siempre le decían que quienes manejaban ese Audi reportado como robado estaban “en regla”.

“Encontramos el carro varias veces en algunos lugares. Llamaba a la policía y los dejaban ir. Denuncié, levanté el acta. Una vez un policía platicó con quien traía mi coche, y luego me dijo: ‘Ya me enseñó los papeles y todo está en regla’. Y yo digo: ¿Cómo que en regla, si es mío? Obvio, ellos tampoco se van a arriesgar por algo así, esa es la verdad. Después encontraron el auto con drogas y armas y hecho pedazos, todo chocado, y es hora de que el seguro tampoco me paga”, se queja.

Después del asalto, Cirilo Saucedo dio instrucciones al personal que labora en su casa de no contestar los teléfonos. “Cuando empezó a incrementarse la violencia me dio miedo; hubo como 200 muertos en un mes y había toque de queda. Ahí dije: Si recibo cualquier tipo de amenaza, agarro mis cosas y me voy. No tengo necesidad de que a mi familia le pase nada”.

–¿Es difícil ser futbolista en Ciudad Juárez?

–Somos uno más. No se tientan el corazón para hacer daño. Somos parte de la estadística. Acá todos conocemos a alguien al que le pasó algo. Hay varios (jugadores) que han vivido este tipo de cosas, pero no lo hacemos público por la misma seguridad. Sin embargo, también te puedo decir que el fenómeno no es exclusivo de Juárez ni de este equipo. Sé de otros compañeros que también han sido amenazados.

Después del robo al arquero del equipo, la directiva de Indios reunió a todo el club con un grupo de elementos de la Policía Municipal para tranquilizarlos y explicarles cómo deben cuidarse: fijarse que no los sigan y espejear continuamente en busca de autos sospechosos.

“En el momento, ¿qué hacemos? En el periódico había salido que a los mismos policías les da miedo lo que pasa en la ciudad, y el Maleno (Daniel Frías) les dijo: ‘¿Si ustedes que están armados y saben de esto tienen miedo, creen que nosotros no? No tenemos ni un arma’. “Nos dijeron: ‘deben tranquilizarse’. Pues sí, como a usted no le pasó, ni es figura pública como uno que anda en todos lados y dando autógrafos…”

“Vivimos con ese temor porque vamos a nuestra suerte y salimos a la calle pidiendo que no pases por donde están balaceando a alguien y te toque una bala a ti”, expresa Edwin Hernández, a cuya casa se metieron los mismos “militares” que, poco después, irrumpieron en el domicilio de su vecino, La Pulga Rodríguez. Quitaron los mosquiteros de las ventanas y entraron a robar tres iPods.

“Yo no creo que eran militares; pienso que era gente que se disfrazó porque se brincaron de madrugada, encapuchados, y hasta iba una mujer, cuando sabemos que no hay mujeres militares. Te pone a pensar”, agrega Jorge Rodríguez.

–¿Crees que por haberte identificado como jugador no te hicieron daño?
–Puede ser, pero es gente a la que le vale madre lo que tengas, se llevan todo y te matan. Sé que hay muchas denuncias por este tipo de personas que secuestran a la gente sin que pueda hacer nada. Yo, como no supe ni en qué camioneta iban, porque por el mismo temor ni salí, pues no denuncié. Luego se fueron a meter a la casa de Edwin Hernández.

–¿Ustedes, por ser futbolistas, son un blanco fácil?
–Pasa en todo el país y en todos los equipos. La gente sabe que se gana buen dinero en el futbol. Le pasó a Romano en México, pero puede ocurrir en cualquier estado. El trabajo que tenemos acá lo disfrutamos, y lo que pasa afuera de la cancha, como esto, pues como que no estás preparado… Entonces, cuando te toca, te preocupas. La vida sigue. Yo no debo nada, por eso no temo. Ni voy a salir corriendo.

“Fuimos a quejarnos con la policía y nos pidieron describir el uniforme de los dizque militares. Mi esposa y yo preguntamos a los soldados de la calle y del aeropuerto si andan entrando así a las casas, y dijeron que no, que ellos llevan órdenes y tocan antes de ingresar; entonces le hablo a la policía, y no sabe nada, y los militares también dicen: ‘Nosotros no fuimos’”, abunda Hernández.

Los asaltos
Pocos días después de este incidente, el club Indios disputó dos partidos seguidos fuera de casa, contra Puebla y Cruz Azul. Los jugadores se ausentaron de sus casas por más de una semana. Por un lado, lidiaban con la presión dentro del campo por lograr la salvación; por otro, tenían la angustia de haber dejado a sus familias.

“Cuando estás en la cancha ya sólo piensas en el juego, pero te vas y dices a los de seguridad: ‘Ahí te encargo a mi familia. Échame un grito si pasa algo’. No tienes confianza. Están los soldados, pero no sabes si de verdad van a ayudar, porque luego todos están relacionados (con los delincuentes). Ya no sé ni adónde salir, en dónde pararme o si al lado de mi casa puede vivir alguien que se dedica a eso (narcotráfico).

“Cuando le llegó la cosa esa a la esposa de Andrés (Chitiva), mientras se investiga si es broma o no, pues ahí nos vemos. Le llegó una carta que decía: ‘Cuídate porque vamos a secuestrar a tu familia’. A nosotros nos dijeron: ‘Tranquilos, no se preocupen. Si la hubieran querido secuestrar lo hubieran hecho’. Nosotros decimos: ‘Y qué tal que sí’. Y ahora quién sigue”, pregunta Edwin Hernández.

Maleno Frías es originario de Ciudad Juárez. Ha visto cómo este lugar pasó de ser un territorio azotado por las pandillas a otro que sufre los embates de los cárteles de la droga. Asegura que mientras uno no se meta con la gente equivocada, los riesgos se reducen.

El jugador está consciente de que muchos futbolistas no quisieron reforzar el equipo por temor a vivir en Juárez con sus muertos y sus muertas. “No quisieron por temor. Veían la inseguridad y prefirieron irse a otros lados, pero los que vinieron y se quedaron vieron que aquí puedes estar tranquilo. Esperemos que el próximo torneo los jugadores que quiera contratar el equipo puedan venir a echar la mano. Aquí, mientras no estés tú metido en problemas, no pasa nada”, asegura el delantero.

Frías está convencido de que el ascenso de Indios a la Primera División –posición que no se tenía desde que en 1992 las Cobras descendieron a la Segunda– llegó para aliviar el ánimo de los juarenses.

“La gente está muy contenta y somos una posibilidad de distracción para quienes están viviendo entre ejecutados y muertas. La gente espera que llegue el fin de semana para apoyar. Eso se agradece porque cada partido que tenemos es un lleno total. Al quedarnos en la Primera le dimos alegría a la gente de Juárez”, afirma.

El capitán Edwin Santibáñez coincide. Festeja que, al caminar por la calle, la gente se acerca para agradecer a los jugadores el esfuerzo que hacen, y dice que los Indios asumen esa responsabilidad social.

“Que crezcan los niños con una idea del deporte. Sin futbol sólo ven las noticias, la violencia, la droga. Las familias te agradecen el esfuerzo porque no sólo en lo deportivo, sino también en lo social es importante lo que hemos logrado para esta ciudad. Dan gracias porque sus niños se motivan a hacer deporte, pues se la pasaban jugando afuera de la casa y agarraban vicios. Eso nos da la tranquilidad de que hemos hechos las cosas bien. Yo soy de Torreón, pero acá nacieron mis dos hijas y yo con gusto me quedo a vivir”, concluye.

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