2010

Desde el torito con Amor

Platicando sobre los reglamentos de leyes mercantiles, que ni se respetan como en el caso de esta semana en el bar bar, vino a colación la ley de transito en lo que se refiere al alcoholímetro, y es que no pocos amigos han ido a parar al torito a pagar la pena de beber y manejar, y es que muchos comentan que en diciembre el torito es un verdadero lugar de intercambio empresarial, donde incluso puedes conocer amigos de negocios.

Pero para que se la piensen dos veces, les dejo la experiencia del buen tacho:

Una vez más La Capa de Batman, grupo punkadélico que comanda Rafael Tonatiuh, triunfó en el Black Horse. Mi deber como ex integrante de La Capa (tocaba el saxofón hasta que mi doctora me lo prohibió) es echarles porras y porros. Cuando terminó la batitocada, las cervezas llenaron mi barriga y los renglones de la cuenta. Al final, le propuse a Tonatiuh darle un raid a su casa con parada obligatoria en los tacos de cochinada, ubicados sobre la calle de Doctor Vértiz, a escasas cuadras de la madriguera de mi copiloto.

Al llegar a la funesta glorieta de Vértiz, divisé luces rojiazules, conos viales y polis con chalequitos fosforescentes. Como buen mexicano, intenté meter reversa, pero la caja de mi coche falló a la hora de la verdad. La reversa nunca entró. Aquella escena parecía de película del Gordo y el Flaco porque, mientras intentaba meter reversa, los polis se acercaban a paso veloz. Pasó lo inevitable.

Le dije a Tona que huyera. Después, me pusieron la trompetita para tocar el jazz del teporochímetro y, como era de esperarse, no superé la prueba. Los agentes bien gentes tomaron mis datos y me treparon a una patrulla con destino a un juzgado que está junto a Parque Delta en la colonia Narvarte. Llegando al juzgado, una manada de coyotes me acometió con la frase: “Te tramitamos un amparo y sales a las siete de la mañana”. Eran como las tres de la madrugada y me pareció buen bisne. Acepté la propuesta indecorosa. Craso error.

En las oficinas, la juez me llamó para tomarme mis generales y después me remitió al médico legista. El galeno despachaba en un cuartito color tesorería. Junto a él dormía un oficial que roncaba como microbús desbocado. El doctor me hizo pruebas motrices y preguntas de rutina como “¿qué día es hoy?” y “¿cuánto es treinta por cuatro?”. Nada más faltó que me preguntara la postura de Camus frente al suicidio. Tras la consulta, me metieron en las crujías del juzgado.

Aquello parecía una jaula de urracas. En la celda platicábamos que fuimos atrapados “como pescaditos” por el programa antibeodomóvil. Los familiares de mis camaradas llegaban con Gatorades y Lonchibones para que sus guardaditos pudieran estabilizar los flaps. Poco a poco, entre la comunidad del alcoholímetro empezamos a contarnos la vida. Después de todo, nos echaron veinte horas de arresto sin derecho a fianza. Ese día fue cumpleaños de un compañero de celda y pedimos unos Pingüinos para festejarlo. Mientras el tiempo pasaba, la pila de mi celular agonizaba como mis esperanzas de libertad.

Las horas transcurrían y el tipo del amparo no llegaba con mi salvoconducto al mundo sin rejas. Más tarde, llegó un sujeto con cara del Chango Ordaz para informarnos que seríamos trasladados al Torito. “Ahí van a estar mejor, muchachos. Tienen colchones y les dan de comer”, dijo el genérico intercambiable del ex presidente. Horas después, nos trasladaron como puercos en una camioneta de la polecía al Centro de Sanciones Administrativas.

Hubo show de bienvenida. En la entrada, dos policías se moquetearon a puño limpio y una custodia, de manera irónica, dijo: “…y estos son nuestros mandos.” El primer paso para ingresar al Torito es aprobar el examen de admisión que consiste en unas preguntas sobre el estado de salud. Después puse mis pertenencias en un costalito y me quitaron el cinturón. Yo creo que para evitar que organice un motín estilo penal de Tijuana. Después me pasaron a una celda con literas y colchones.

Antes de cenar, una anciana con una enorme cruz nos recetó una misa patito cuyo fin, supongo, era encender el gen del arrepentimiento y despertar el sentimiento de culpa. Parece que funcionó el numerito porque vi a muchos compañeros poner cara de corderos contritos mientras escuchaban a la Madre Torito.

El menú taurino fue variado. Entrada, arroz a la engrudé; plato fuerte, salchichas con tomaté, rabadillas de pollo al guajillé y picadillo a la soyé; postre, una naranja. La barra estaba compuesta por agua y té de naranja, que estaba bueno. En el Centro de Sanciones Administrativas no se puede dormir a gusto porque a cada rato llaman a los presos para recabarles datos y tomarles lista.

Quienes conformamos la hermandad de la glorieta de Vértiz, lugar donde nos apañaron, hicimos base en el pedestal del asta bandera, que estaba huérfana de bandera. Un custodio pidió que nos cambiáramos de lugar “por respeto al lábaro patrio”. De repente llegó un cargamento de pumas y americanistas. Eran chavos que se pelearon antes del clásico capitalino. Como no cabían en los separos de la delegación Coyoacán, los remitieron al pequeño Toro. Le pregunté a un Puma por qué los encerraron. “Por pegarles a los del América”, contestó el chaval con peinado de erizo emo.

Por fin mi amparo llegó, pero a las nueve de la noche. Decidí quedarme porque me faltaban tres horas para purgar mi condena. Después de todo, ya había tomado vuelo y ritmo carcelario. Cabe señalar que los amparos sólo sirven para salir, mas no para evitar la condena. Si hubiera salido temprano gracias al amparo, de todas maneras tendría que regresar al Torito a ponerme a mano con la sociedad.

Las horas seguían transcurriendo. Cuando a un compañero de calabozo salía, le deseábamos suerte y nos embargaba un sentimiento de nostalgia. Al filo de las 11 de la noche, fui testigo de un milagro conmovedor. El último de los americanistas vivía en Cuernavaca y no tenía ni una corcholata para su pasaje. Sin embargo, los Pumas organizaron la vaquita para que el socio Águila pudiera volver a su hogar, dulce hogar.

El Torito une y es democrático. Había alrededor de cien presos totalmente palacio y totalmente lumpemproletariado conviviendo en un pequeño patio con red de voleibol. Es el epítome del comunismo.

En caso de que las copas sobre ruedas lo transporten a las entrañas del Torito, puedo darle un par de consejos: no tramite amparo y lleve papel sanitario.

Via: impreso.milenio.com

Kloe

Siguiente Entrada
Entrada Anterior
«


Siguiente Entrada
Entrada Anterior
«
251 Comentarios en “Desde el torito con Amor”