2010

Mexicanidad y mundo sensible

Claro, todos admiramos a los Estados Unidos, a Canadá, al principado de Luxemburgo etc. y cuando salen a colación los eternos problemas de México –corrupción, el síndome del cangrejo, etc.- la mayoría de nosotros hace comparaciones con el “primer mundo”. Pero si nos detenemos a pensar:

“¿qué es lo que nos hace admirar tanto a esos países? ¿qué es eso que nos hace considerar a países tan heterogéneos como Japón, Alemania, Canadá, etc. dentro de un mismo marco?”

No podemos dar una respuesta concreta. ¿Es su historia la que admiramos, o su cultura? La mayoría de la gente en México no sabe nada –o sólo lo escencial- sobre la historia de Europa y, sin embargo, sabe admirar a un europeo cuando lo ve en la calle; presuponiendo, claro, que sea un europeo del oeste, que traiga una cámara grande o, si es gringo, seguramente una camioneta. Así, resulta que la pregunta: ¿qué es lo que admiramos de dichos paises? Tiene una respuesta muy sencilla: admiramos lo que vemos de ellos. Ya sea en las películas, o en la vida real, las casas grandes, los Pent-Houses en Nueva York, etc. etc. captan nuestra atención, y mucha gente ni siquiera experimentaría la necesidad de salir de la franca crisis en la que estamos sumidos de no ser porque experimentan ese impulso hacia las camionetas grandes, la ropa, el ipod, todo lo que ahora no podemos tener y que puede verse, olerse (una loción, por ejemplo), saborearse, escucharse, etc. Todo el espectro de cosas que está detrás de lo meramente sensible queda fuera del marco de apreciación y de valores de los mexicanos. Una persona es lo que tiene; es lo que puede tocarse y verse en él. Y esto tiene una razón muy concreta: en México tenemos una cultura de los sentidos muy desarrollada: de los colores, los sabores lo aromas, etc. Pero esa cultura nos ha llevado a quedarnos pegados a lo inmediato. Ésto se refleja en muchas esferas. La piratería, por ejemplo: el concepto de propiedad intelectual es un concepto abstracto que requiere de varias series de asociaciones. Para los mexicanos puedes ser dueño de un coche, de una tele, de un dvd pero no de la pelicula que esta contenida en él. Es por eso que la educación tiene poco o ningún valor: el conocimiento es algo que no puede tocarse ni verse, y el pensar que en un futuro te puede servir para conseguir un trabajo mejor implica ya un proceso de abstracción que los mexicanos, enraizados como estamos en lo sensible, no siempre somos capaces de llevar a cabo. Repitiendo: no porque seamos tontos –la inteligencia del mexicano se refleja, una vez más, en lo sensible e inmediato: en las mañas (buenas y malas) en los albures, etc. Para implementar la educación en México hace falta cambiar primero los valores: darnos cuenta de que lo más valioso que tienen algunos países del “primer mundo” no es lo que puede verse en la calle sino su historia, su literatura, etc. Y que esa propiedad cultural es lo más valioso que tenemos en México también.

Decir que lo que nos tiene sumidos en la impotencia es algo que hemos heredado desde hace siglos es una verdad a medias: lo que nos impide avanzar es el tratar de ser lo que no somos y olvidarnos de lo que fuimos.

Cortesía de Venustiano Sifuentes

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