
Después de ver la película “2001: odisea en el espacio” de Kubrick, el cineasta ruso Andrei Tarkovski decidió que algo faltaba en el cuadro, que la historia no estaba completa. Y no porque hubiera faltado acción o porque los efectos especiales no hubieran sido buenos (de hecho significaron toda una revolución en la historia del cine) o porque se hubiera distanciado de la renombrada novela homónima de Arthur C. Clarke (novela que, por cierto, tiene tres secuelas, todas excelentes).
Lo que le faltaba a la película era algo mucho más profundo y mucho más difícil de definir… para demostrar su punto y suplir las carencias de 2001, Tarkovski decidió filmar la novela “Solaris” del autor polaco Stanislaw Lem. En vez de empezar la película con una escenificación del descubrimiento de la tecnología por parte del ser humano (y el posterior “vals del espacio” que ocupa la primera parte de 2001), Tarkovski sitúa a su personaje principal en el jardín de su casa. Con libros. Y un rio con un ciprés. Y tomas larguísimas de niebla y de lodo y de animales que después contrastan con el ambiente extraterrestre del planeta Solaris que es el que le da nombre a la película (y al libro).
Sobre ese libro me gustaría hablarles el día de hoy.
El personaje principal es un planeta con una característica muy especial: está cubierto por un océano, pero no es un océano como el de la tierra hecho de agua, sino un océano hecho de una materia inclasificable que manifiesta ciertas conductas muy extrañas. Se descubrió por primera vez gracias a la manera en que parecía manipular la luz de los astros que estaban cerca. Después de algunas expediciones, los solaristas se dieron cuenta de que el planeta podía manipular la órbita de sus lunas e incluso de las dos estrellas más cercanas (una blanca y otra roja).
Una de las hipótesis preferidas por los solaristas era que el océano en realidad era un ser vivo que se había saltado todas las etapas de la evolución por las que atravesamos los seres vivos en la tierra para convertirse en conciencia e inteligencia pura, capaz incluso de manipular el tiempo y el espacio. No les voy a contar con detalles que pasa en la novela, pero baste decir que comienza siendo una pieza “dura” de ciencia ficción (con datos científicos reales que estimulan la imaginación, como los que no deben de faltar en ningún libro del genero) y termina siendo algo así como una novela de amor, porque después de un tiempo los cosmonautas encargados de estudiar a Solaris empiezan a recibir “visitas” de personas (de carne y hueso, no alucinaciones) que habían sido muy importantes para ellos en el pasado.
El planeta trataba así –de una manera un tanto macabra- de meterse en sus cabezas, utilizando sus recuerdos más íntimos para recrear a la persona o “visitante” en cuestión. Al final de la ciencia y de las naves espaciales y de la supercomputadora esta la persona a la que queremos o el jardín en el que crecimos. Ese es el mensaje que quería dar Tarkovski haciendo tomas larguísimas de ríos y de hierba meciéndose con el viento. ¿A qué viene todo esto?
La verdad, a mis ganas de seguir con el tema de religión, sobre todo tomando en cuenta algunas entradas recientes. Hace algunas semanas, en una página de humor me tope con una imagen en la que aparecía el siguiente mensaje: “¡el Boson de Higgs no ha sido texturizado, la verdad no pensé que llegaran hasta aquí tan pronto! ¡Lo tendré listo en un rato! Atte. Dios”.
La partícula de Higgs ha sido predicha por el modelo estándar de la física de partículas pero no ha sido observada hasta el momento, de ahí el chiste. Es ahí en donde deberíamos de encontrar a Dios: en Solaris o en la partícula de Higgs; al final de un extraordinario movimiento racional y no en la ignorancia o en los milagritos.
De lo que no se da cuenta mucha gente que critica –y no sin motivos- a la gente que tiene algún tipo de creencia religiosa es que los grandes sistemas metafísicos detrás de las grandes religiones son el producto de una compleja red de razonamientos anclados en el mismo sentido de calor hogareño en el que anclo Tarkovski su película y Lem su novela.
El problema con las religiones es que, como todas las demás cosas bajo el sol, puede empantanarse y volverse neurótica y retrograda y “pare de sufrir”, pero no por eso debemos de negar su origen divino. Gracias por leer y comentar. ¡Cambio y fuera!
Cortesía de Mrs. Lot
