2010

Ganado de Engorda


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Desde el jardín de niños hasta el segundo año de la secundaria estudié en un colegio tipo Montessori. En aquella época Monterrey no era el monstruo que es ahora, no había tantas opciones educativas y las escuelas privadas no eran tan grandes ni tan costosas.

De las cosas que más recuerdo de aquel tiempo, están algunas de las “extrañas” políticas de mi escuela. Una de ellas era que los alumnos no llevábamos uniforme. El director decía que no éramos robots, que cada quien era un individuo irrepetible y siempre, en las asambleas, presumía que nuestro plantel era el único en todo el estado que no obligaba a sus niños a vestirse igual.

La otra política era que teníamos prohibido llevar “lonche” hasta el sexto año de primaria. Eran nuestras madres quienes tenían que organizarse para que cada semana le tocara a una llevar los alimentos de todo el salón. Había dos condiciones: sólo se permitía llevar frutas o verduras y nada de refrescos. Si las aguas eran endulzadas con miel o piloncillo, qué mejor.

Desfilaban por nuestros pupitres platos rebosantes de melón, piña, sandía, manzana, pepino y jícama; aguas de tamarindo, mandarina, limón y chía. Era la pura felicidad. Si no veíamos el televisor, no nos acordábamos que existían las frituras enchiladas, los pastelitos rellenos de crema, las galletas con grajeas, las golosinas de colores ni los refrescos. De hecho, si alguien era sorprendido con lo anterior, era reporte seguro, y, acumulando tres, corría el riesgo de expulsión.

El director era –según algunos padres de familia- “un hombre extraño de ideas extremistas”. Como todo director de escuela, era un tipo nada querido por los alumnos; al igual que su hijo. Yo fui de los pocos amigos que tuvo su hijo, pues íbamos en el mismo grado. Recuerdo que los fines de semana nos invitaba a mí y a otros dos compañeros a su casa. Era otro mundo.

Estaba prohibido ver el televisor: sólo se encendía para ver el programa La Canica Azul, Erase que se era, de Cachirulo, o algún casete beta de National Geographic, de los que tenían una colección enorme, al igual que de revistas. La falta de televisión se compensaba con montones de libros y enciclopedias de animales, de ciencias (tenían todos los tomos de Proteo Fuerza 10, el sueño húmedo en enciclopedias de los niños de mi época… googléenla, para que vean); había juegos de química, montones de material para hacer manualidades, taller de carpintería, cuadros en todas las paredes, fotografías de paisajes, tenían 2 microscopios, 4 bicicletas, un telescopio y un patio enorme lleno de árboles frutales, hortalizas, tortugas, ranas, peces y aves de distintos tipos. Era muy raro ver al director en su faceta de padre y amigo, sin la cara larga y los regaños que acostumbraba en el colegio, enseñándonos a clasificar hojas y a atrapar insectos para analizarlos en el microscopio; a fabricar granjas de hormigas y pizcar higos para hacer conservas. De hecho, a ese señor le agradezco el poder haber visto el cometa Halley, en 1986.

Muchos dirán: pinche viejo loco socialista y anticuado, o: pinche viejo ñoño fascista ecológico autosustentable. Yo, hasta después de muchos años, valoré esa educación que no creo que exista ahora en ninguna escuela. Aparte, mis padres reforzaron esas actitudes en casa, cuando me sacaron del colegio Montessori en segundo de secundaria, cuando el director –por presión de la SEP, por hacer negocio o porque simplemente se dio cuenta que luchaba sólo contra el mundo- implementó como obligatorios los uniformes de gala y “de deportes” y puso una tiendita en el patio central del colegio, donde vendían todo tipo de mierda comestible.

El ritmo de vida lo cambió todo. Nuestras madres ya no querían lavar tanta ropa ni estar picando fruta 5 días a la semana. Muchas tuvieron que ponerse a trabajar, como nuestros padres, y era más sencillo que lleváramos uniforme, comida empaquetada o algunas monedas para gastarlas en la tiendita.

Mis padres me sacaron del colegio porque en un principio me habían metido ahí precisamente por sus “políticas extremistas”. Eso sí: de que aprendí muchas cosas que en otro colegio no hubiera aprendido, las aprendí y las sigo aplicando a mi vida diaria. Es por eso que yo escribo aquí en Hazme el Chingado Favor y la mayoría de mis compañeros que se quedaron en la escuela cuando “se pasó al lado oscuro de la fuerza” acabaron como exitosos vendedores de seguros, de coches, de cemento, de cerveza o de cobre en alguna de las tantas empresas insípidas de mi ciudad.

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