2010

Satanización oligárquica de los héroes patrios

Estimados amigos:

¿Bajo qué perspectiva se nos muestra la historia de México y sus principales protagonistas hoy día?

El reciente programa alusivo de Discovery Channel compuesto de recreaciones históricas, muestra a Miguel Hidalgo —padre de la Patria— como algo cercano a «un imbécil»: el entramado subyacente al programa, nos refiere indicios de la forma en que se pretende relatar toda política —actual o histórica— desde los ojos del neoliberalismo ideológico.

Hace unos días, en el programa Aristegui por CNN se entrevistaba al caricaturista derechista Francisco Calderón (ignoro si habrá parentesco), el cual en sus respuestas transmitió claramente «los sentimientos» que en términos generales cobija el establishment neoliberal hacia nuestra historia, caracterizados por la hostilidad, la desinformación y el abierto rechazo a los contenidos de la misma.

Haciendo gala de suprema ignorancia, el mismo caricaturesco personaje profirió que —y a continuación cito sus palabras casi textualmente— «el nombre de revolución se lo dio José Vasconcelos después la matazón».

Típica aproximación mítica, irracionalista y desinformada del establishment hacia la historia de México: la verdad es que lejos de haber sido la Revolución Mexicana un hecho fortuito bautizado por algún intelectual tiempo después de haber ocurrido, albergando intenciones apologéticas, antes bien, es el principal plan político que dá nacimiento al México moderno según la intención de su caudillo.

A continuación cito textualmente palabras de la proclama de Francisco Madero del 5 de octubre de 1910 hacia el pueblo de México:

«Si os convoco para que toméis las armas y derroquéis al gobierno del General Díaz, no es solamente por el atentado que cometió durante las últimas elecciones, sino para salvar a la Patria del porvenir sombrío que le espera continuando bajo su dictadura y bajo el gobierno de la nefasta oligarquía científica . . . Por lo que a mí respecta, tengo la conciencia tranquila y nadie podrá acusarme de promover la revolución por miras personales, pues está en la conciencia que hice todo lo posible para llegar a un arreglo pacífico. . .» (fragmentos de la proclama revolucionaria, contenidos en Francisco I. Madero, Manuel Guerra Luna, Ed. Plantea DeAgostini, p. 87; énfasis mío)

Más adelante dice:

«. . . dominado por incomprensible orgullo y por inaudita soberbia, desoyó la voz de la Patria y prefirió precipitarla en una revolución antes de ceder un ápice. . .» (Ídem; énfasis mío)

En la misma proclama, vuelve a denominar «la revolución» al alzamiento de 1910 convocado por él en varias ocasiones.

Pero claro que el caricaturista Calderón no quiere saber nada de una historia mexicana racional y sustentada: el término de «la matazón», sin mayor nombre, en realidad sirve mucho mejor a sus propósitos ideológicos de neoliberalismo apátrida.

Durante la entrevista, casi para concluir, comentó que «la Independencia nos une; la Revolución nos sigue dividiendo».

La verdad es que la primera parte de su afirmación sólo es parcialmente verdadera respecto del pensamiento de la oligarquía gobernante, en tanto que la segunda es una extraña alusión a «su visión» de las cosas, es decir que cabe hacernos la pregunta: ¿a quienes se referirá con el «nos» exactamente?

Como lo he señalado en alguna otra ocasión —y conduciéndome en los mismos términos del individuo citado— recordaré que «para ellos» la Revolución es lo más nefasto que pudo haber ocurrido en la historia de México: un hecho histórico al que ni siquiera le respetan sus propias dimensiones de realidad, como lo es el ser una proclama política racionalmente articulada, sino que se sienten compelidos «ellos» a falsificar descaradamente sus términos. Entonces, de ahí «la matazón».

En «su realidad» de caricatura, la denostación no corresponde a un régimen político desquiciado por sus crímenes contra la Patria, sino más bien correspóndería contra aquellos que se atreven a alzar la voz en su contra.

Lamentablemente la verdad es que las desfiguraciones intencionadas contra nuestra historia nacional no provienen solamente de una cadena de televisión extranjera, ni de «un caricaturista» —de entre los cuales hay gente muy respetable, desde luego— sino de fuentes que por su seriedad y prestigio deberíamos preocuparnos un tanto más.

Por ejemplo, el libro de origen estadounidense «México Tierra de Volcanes» (de venta en Sanborns, como dijera el comercial) que desde tiempo atrás viene editando Porrúa, aunque originalmente fue introducido a México por la editorial ideológica a ultranza JUS.

En un principio yo tenía una percepción positiva de la obra, pues es el libro que llevé en Historia en la Preparatoria, y el mismo se presenta con un estilo personal y ameno, aparte del hecho de que un libro con más de 700 páginas editadas en «pastas duras» impresiona a cualquiera.

Pero ahora que reviso más de cerca sus contenidos, descubro el mismo como un texto histórico que puede ser calificado —sin temor a equivocarme— de inepto desde un punto de vista metodológico, debido principalmente a sus fuentes documentales, por momentos absolutamente improvisadas e impropias respecto al objetivo que deberían perseguir: contar historia real y objetiva.

Y la carencia de objetividad en distintas partes rebasa la interpretación y suposición aceptables, llegando hasta una abierta falsificación de hechos (lo que atribuiré en gran parte a la dicha desafortunada base bibliográfica).

Mas lo preocupante —y ya es mucho decir— no tiene su acento principal en la dicha falsificación de hechos, sino en la cargadísima animadversión de algunos juicios vertidos por el autor, un Obispo estadounidense del estado de Illinois, hacia ciertos próceres mexicanos.

—Y ahora que lo pienso, considero que fue precisamente ese hecho el cual seguramente determinó que fuera «mi texto de bachillerato».

Los episodios escritos acerca de Francisco Madero, presidente de México, son especialmente perturbadores: sus fuentes históricas principales son las memorias personales de quien se convirtió en uno de los principales acérrimos de Madero, el Dr. Francisco Vázquez Gómez (originalmente partidario del general Bernardo Reyes en la época de Porfirio Días, y que luego militaría en el mismo partido que Madero), así como dos damas extranjeras, una de ellas esposa de diplomático estadounidense, cuyas anotaciones toman por momentos verdaderamente el carácter de «chismes de la farándula».

Entre las escandalosas falsificaciones del libro citado, multi-editado por Porrúa, hago a continuación una confrontación de «dichos y hechos» entre las palabras de Schlarman (el obispo estadounidense e historiador, autor del mismo) y la biografía de Madero, de Manuel Guerra, editada por Planeta-DeAgostini como parte de la colección «Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana», que he leído de principio a fin, y me parece un muy buen texto de divulgación popular, accesible a todo público por su sencillez y precisión.

Dice Schlarman / Porrúa: «En 1908, Francisco I. Madero, a quien le daba por la política, publicó un libro bajo el título de “La Sucesión Presidencial en 1910” . . . en su libro, Madero acepta a Díaz como candidato a la reelección » (p. 480)

Esa afirmación es una mentira absoluta porque el libro de «La Sucesión Presidencial en 1910» es la proclama maderista contra la absoluta inconveniencia de la permanencia de Díaz en el poder, la cual por su incisiva lucidez, adquirió fama nacional de cara a las elecciones de 1910, en que se vislumbraban por primera vez los indicios de un posible desplazamiento democrático a la dictadura porfirista.

Esta mentira está en la línea de Schlarman de retratar a Madero prácticamente como un «retrasado mental», cual personaje incongruente que todo lo obra sin la menor idea de lo que hace, tonalidad esta que se perpetúa en las páginas siguientes, en desafortunados pasajes de invención como ese.

En sentido contrario a la escandalosa afirmación de Schlarman de que Madero habría escrito su afamado libro para el propósito exactamente contrario por el cual verdaderamente se escribió, apunta Manuel Guerra Luna / Planeta:

«En sí, Madero expuso en su libro varias reflexiones de sumo interés para la transformación social que parecía darse en la república. Cuestionaba, en principio, los regímenes militares en México . . . Criticó con severidad al general Díaz, reconociendo sus virtudes pero exponiendo sus defectos: “Ha sido irreconciliable con quienes han seguido siendo partidarios del hermoso ideal por él mismo proclamado en el Plan de Tuxtepec: la no reelección”. Madero tenía fe en que el pueblo despertara de su actitud servil y conformista.» (p. 70-71)

Luego el libro «México Tierra de Volcanes» de Porrúa vuelve a recaer en tergiversación escandalosa, al notar: «Porfirio Díaz había provocado el conflicto, ya que Madero se conformaba con que aquél gobernase, si se ponían de acuerdo acerca de un vicepresidente aceptable. . .» (p. 491)

El retratar a Madero, uno de los próceres de la Patria más lúcidos, valientes y patriotas que ha habido en nuestra historia, como un conformista y prácticamente «arrimado» al régimen es inaceptable.

Las candentes mentiras de Tierra de Volcanes se aventuran al punto de afirmar: «Francisco I. Madero se hubiera conformado con que Limantour fuera vicepresidente» (Ídem)

La verdad histórica es que Madero sólo menciona en la proclama revolucionaria de 1910 la negociación de la vicepresidencia como el último recurso al que se recurrió frente al asesino régimen dictatorial para evitar el conflicto armado en el país: «. . . está en la conciencia que hice todo lo posible para llegar a un arreglo pacífico y estuve dispuesto hasta a renunciar a mi candidatura siempre que el General Díaz hubiese permitido a la Nación designar aunque fuese a Vicepresidente de la República» (Manuel Guerra, íd., p. 87).

Entonces la realidad histórica es radicalmente diferente a la afirmación del libro de Schlarman/Porrúa acerca del carácter de la dicha negociación y, más grave todavía, respecto al carácter personal del mismo Madero: y si hubiera acontecido la dicha negociación, es irrefutable que jamás hubieran aceptado a Limantour, al ser éste el «verdadero poder» tras del «trono» porfirista en los últimos años del régimen, es decir, el causante de su enorme debacle final que arrastró al país a la ruina.

Por lo demás, el nefasto libro «de historia» relata todo o casi todo a través de los ojos del Dr. Francisco Vázquez Gómez, hermano del igualmente enconado anti-maderista Emilio Vázquez Gómez que fungiera como Secretario de Gobernación durante el interinato de transición de 1911, esto una vez que había caído Porfirio Díaz y se preparaban las elecciones en las que triunfaría abrumadoramente Madero.

Otras «joyas» de la tristemente difundida obra supuestamente histórica son:

Se afirma convencidamente que Porfirio Díaz ganó las elecciones en 1910, al tiempo que se retrata al maderismo como una minoría bizarra y convenenciera. Sobra decir que la universalidad de libros de historia que se precian de serlo, reportan el masivo fraude electoral: «El domingo 26 de junio el fraude se generalizó en todo el país. Si bien el sistema gubernamental se encargó de cuajar la reelección porfirista, sería la primera vez en la historia que el pueblo mexicano realmente intentaría salir a votar.» (Manuel Guerra, íd., p. 82).

Se apunta en la abominable obra de origen estadounidense: «Madero era un hombre que vivía en la luna, idealista, falto de conocimientos militares, administrativos y de gobierno, así que debe atribuirse a su hermano mayor Gustavo, a Roque Estrada y a otros pocos, la decisión que le hicieron tomar de encabezar una revolución.» (Schlarman, íd., p. 493)

—¡Erupción de falsedades!

a) Madero demostró capacidades organizativas y de administración admirables durante la dirección que él asumió de diversas haciendas familiares en Coahuila, particularmente en el corazón de «la comarca lagunera», San Pedro de las Colonias, Coah., al punto que Porfirio Díaz lo felicitó personalmente en una carta por su proyecto de construcción de una presa local (Manuel Guerra, íd, p. 45)

b) Si Madero no tenía tales conocimientos, mucho menos su hermano Gustavo, por lo que tampoco sería él ningún viable ideólogo de la Revolución, y quien además dicho sea de paso resulta ser su hermano menor y no mayor, en tanto que Madero nace en 1873 mientras que su hermano Gustavo nació en 1875: cf. Guerra, íd., p. 28.

c) Roque Estrada era un divulgador del pensamiento y acción política de Madero, y no viceversa: ya salió el Obispo Schlarman como los modernistas que en siglos pasados le atribuyeron «las palabras de Cristo a Pablo de Tarso».

d) Nadie más fue lo suficientemente valiente para firmar la proclama de la Revolución Mexicana de 1910 sino Francisco Madero: «Madero, el único valiente que lo firmaba»: Guerra, id., p. 83.

En la página 486 de la «tortura histórica» que es una mancha en el por demás excelente catálogo de Porrúa, se dice de Díaz: «. . .en comparación con los gobernantes que lo precedieron y lo siguieron hasta hoy, en esa tierra de volcanes apagados, humanos o geológicos, que se llama México, fue un extraordinario soldado gobernante».

No extraña entonces que gracias a éstos textos históricos ahora estemos llenos de «neoporfiristas» en México; de fervientes asiduos de los caminos del tortuoso régimen militarístico porfirístico tales como el «líder priísta» diputado Francisco Rojas, en sus memorables declaraciones (súper sic) acerca del conflicto de los mineros de Cananea.

—No el de hace un siglo, sino el de éste mismo año bicentenario.

No extraña ya nada, puesto que en la «historia» que se nos vende en los Sanborns de Carlos Slim —y todos ya habrán visto ahí «Tierra de Volcanes»— se dice que José María Pino Suárez (asesinado junto con Madero) era un «don nadie» y que su designación como vicepresidente «no era del agrado del pueblo» en abierta contradicción con el dicho histórico: «Escogieron, por su buen trato y lealtad, al hombre de toda la confianza de Madero: José María Pino Suárez» (Guerra, íd., p. 112).

Y si alguien quiere más leyenda en ropajes de realidad, que lea en la página 503 lo que a la letra dice: «A petición de Madero, fue arrestado en San Antonio, por un mariscal de los Estados Unidos, el General Bernardo Reyes que regresaba de Europa. Madero pudo haberse conquistado fácilmente la amistad de este hombre, que era la adoración del ejército; pero en vez de eso mandó que fuese detenido» (Schlarman, íd., pp: 502-503)

Prueba de que miente, es que se dice «Por esas mismas fechas, hacia el norte, en Texas, el general Bernardo Reyes preparaba su invasión armada. No obstante, las conexiones diplomáticas del gobierno lograron su cometido: la policía estadounidense desmanteló el complot. A pesar de todo, Reyes pensaba que el pueblo mexicano lo seguiría con fe ciega en su levantamiento, pero se llevó una gran desilusión. El 25 de diciembre, en Nuevo León, acabó rindiéndose, solo y decepcionado, ante un cuerpo militar de rurales, para ser conducido preso a la capital.» (M. Guerra, íd., p. 119)

Entonces Reyes se entregó en persona a las fuerzas mexicanas, y nunca existió la «deportación maderista» de Reyes retratada por Schlarman.

Aquí acabo mis observaciones respecto de Schlarman, pues de otra forma jamás acabaría de señalar tantos despropósitos impulsados desde una ciega ideología.

Concluyo mis comentarios tocando por último un infame, incendiario texto clásico del ultraderechismo farisaico mexicano, que no ha dudado en verter el peor de los venenos con tal de justificar todo tipo de atrocidades en nuestra historia.

—Yo diría que es un libro porfirístico fundamentalista en su tesitura.

Se trata del libro «Cristo, Rey de México», de autor Andrés Barquín y Ruiz (ignoro si pariente del general Gregorio Ruiz, que al comienzo de «la decena trágica» se alzó contra Madero) de la misma editorial JUS que originalmente introdujo Tierra de Volcanes al país en 1950.

Para empezar, que coloque a Jesucristo en su título es hecho de miras propagandísticas imperdonables.

La primera parte del libro se dedica a argumentar en contra del literal sentido del Evangelio acerca de una naturaleza política y temporal del Reino de Cristo.

Ya que «concluyó» —en contra del Evangelio— sus personales postulados políticos, en capítulos subsiguientes aborda la historia de México desde una perspectiva polémica inaceptable, al punto tal que la misma Editorial JUS consideró necesario colocar una advertencia al texto:

«NOTA DEL EDITOR.- El autor de esta obra la escribió antes del Concilio Vaticano II, pero podemos afirmar que su juicio sobre el Judaísmo Internacional no es contrario a las decisiones del Concilio, porque éste deja en libertad al pueblo cristiano para defenderse en el terreno político-social, y en el histórico de la conspiración del Judaísmo Internacional, que nada tiene que ver con el pueblo hebreo como tal ni mucho menos con la religión mosaica, pues consideramos que los primeros en sufrir el yugo de dicho Judaísmo son la generalidad del propio pueblo hebreo, en virtud de que el Judaísmo Internacional es un fenómeno de tipo político que al margen de toda religión lucha por la conquista del poder mundial.» (nota de editor contenida en: Barquín y Ruiz, Andrés, Cristo, Rey de México, Ed. JUS, 1967).

Y si tal es la nota del editor, ya se imaginarán el incendiario totalitarismo utilizado en ésta obra del «fariseísmo mexicano» y que seguramente será lectura imprescindible de grupos pseudo-terroristas como El Yunque, que el propio Luis Paredes (ex integrante de la organización) en la presentación de su libro al respecto dice que se trata de «una conspiración contra el Estado mexicano».

Para empezar, ni el Concilio Vaticano II ni ningún otro de la historia se ha referido a la existencia del «Judaísmo Internacional» ni ninguna otra «conspiración judaica» en general.

De hecho, el documento del Concilio Vaticano II Nostra Aetate tiene por principal objetivo el refutar los postulados del nazismo o cualquier otra ideología totalitaria de carácter racista.

No obstante, el autor de la infame obra aquí citada, no duda en apoyarse en los textos de un senador porfirista divulgador de ideas claramente cercanas al nazismo en sus principales hipótesis raciales: Francisco Bulnes.

Como parte de la serie de TV «Cazadores de Nazis», en el capítulo dedicado al francés colaborador del nazismo Paul Touvier, se relata cómo éste fue capturado —tras varios años de búsquedas y rastreos en los años 80— en un monasterio en Francia, el cual estaba relacionado con una organización ultraderechista francesa tipo «Yunque» denominada los caballeros rojos.

La forma en que uno podría mezclar algo tan antagónico como el nazismo y el cristianismo deja perpleja a la imaginación, hasta que se descubren textos precisamente como éste de «Cristo Rey de México».

Una de sus fuentes resulta ser un libro de elocuente título: «El Problema Judío» de un autor francés, citado por el igualmente porfirista – nazi Toribio Esquivel Obregón, quien por cierto fue de los primeros mediadores entre el régimen porfirista y Madero al inicio de los Tratados de Ciudad Juárez de 1911.

El libro del fariseo porfirista Andrés Barquín y Ruíz, quien procede a hacer añicos la historia de México basado en algo menos que locura demencial, parte de postulados como que toda revolución es obra de Satanás (Andrés Barquín, íd., p. 108).

Cabría cuestionar al autor si él considera que la revolución emprendida por Isabel la Católica en España —apoyada decisivamente por Fernando de Aragón en contra de Portugal— contra la primera heredera del trono español Juana «la Beltraneja» fue igualmente obra de Satanás.

¿O qué tal la revolución carlista ultraconservadora en la España del siglo XIX contra la heredera al trono, Isabel?

—¿Será que «todo eso es obra de Satanás» también?

Yo sospecho que las «obras de Satanás» están muy bien y cuidadosamente escogidas según las inclinaciones y las abominaciones del fariseo autor, quien no dudaría en asesinar a Madero, o a cualquier otro nacionalista líder demócrata de su país, si pudiera.

Entonces el mismo fariseo se alegra del derrocamiento del presidente mexicano Francisco Madero —y supongo yo que también se alegrará de la «parte fuerte» de la Revolución Mexicana que eso trajo como su más natural consecuencia— todo lo cual justifica con palabras como las siguientes:

«Su gobierno había degenerado en tiranía masónica terrorista y despotismo demagógico brutal, sistemáticamente contrario al bien común, por lo que había perdido su legitimidad de origen y era nocivo a la Nación y a la sociedad civil» (Andrés Barquín, íd., p. 119).

El libro está plagado de alusiones a la «Revolución satánica, judaica y masónica mundial» (idem, p. 110).

Muy lejos de las acusaciones de demencial terrorismo masónico totalitario fue en realidad el gobierno de la República maderista, el cual fue acusado —por el contrario— de ser débil por su gran tolerancia incluso para con sus más enconados enemigos, por lo cual Madero pronunció las siguientes palabras en un discurso:

«Se considera al gobierno débil porque se ve a los que más le atacan disfrutar de todos los derechos, pasearse libremente en las calles de la metrópoli y por todo el territorio de la república. Pues no, señores, eso no es una prueba de debilidad, eso es prueba de que el gobierno tiene la conciencia de su fuerza, que está basada en la justicia y en la ley.» (M. Guerra, íd., p. 116-117)

Las violentas invectivas de Andrés Barquín lo llevan a concluir: «Fue precisamente lo que le ocurrió a Madero, cuya populachería demagógica lo hizo ser completamente repudiado por la inmensa mayoría de los mexicanos, que le mostraban su desprecio y anhelaban que cayera, lo que fue causa de que, cuando se le derrocó, exultaran y evidenciaran el desbordante júbilo. . .» (idem, p. 119).

Es evidente que la oligarquía gobernante en diversas épocas, no ha perdido la oportunidad para pisotear ilimitadamente la historia de México con toda suerte de mentiras motivadas por los más arraigados odios sociales y prejuicios raciales que puedan concebirse.

También es visible que el actual neoporfirismo reinante en México maneja postulados totalitarios casi análogos a todo lo que aquí se ha expuesto: es un hecho insólito que el PRIAN se haya abstenido éste 1 de Septiembre de fijar en el Congreso su postura política de cara a la Nación.

La razón ya se sospecha: debido a que planean «conmemorar» el Bicentenario con barbaridades indefensibles tales como la abolición del Derecho Laboral mexicano —fruto de la Revolución— en éste periodo legislativo, y todas las demás intentonas que permitan el tiempo y su desvergüenza pública, pues no es sino lo más natural que guarden un silencio sepulcral acerca de sus verdaderas creencias, convicciones y procederes.

Con tamaños obstáculos a los que se ha enfrentado la joven Nación mexicana, próxima a cumplir sus 200 años de existencia —que no de historia— el legado de los satanizados por la oligarquía, desde Hidalgo hasta Madero y más allá, se convierte en invaluable experiencia y riqueza humana de vida, que no hemos de desaprovechar si es que buscamos un sincero progreso civilizatorio para nuestra Nación.

En éste mes de Septiembre no nos queda sino decir que vivan la Independencia y la Revolución mexicanas. jajaja ¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de El Inge

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