2010

Alas a los alacranes

Por ahí dicen que no importa el cargo que ocupes dentro de la política, lo bien que desempeñes tu trabajo ni las muchas ganas que tengas de cambiar las cosas para beneficio de todos y no de unos cuantos: mientras no seas el dueño de la mayoría de las tierras, de la industria, de gran parte de los comercios o del dinero, no dejarás de ser un chango con algo de poder; pero, a fin de cuentas, carne de cañón de los intereses de los poderosos: intereses a los cuales si no te amoldas, te desechan.

Mientras estés dentro de ese mundo tan deslumbrante, ten por seguro que nadie te va a querer, nadie te va a creer y, sobre todo, mucha gente se te acercará por conveniencia, buscando que les salpiques alguno de tus “beneficios” o “contactos”.

La mayoría de las personas tiende a pensar que cuando algún familiar, amigo o conocido llega a ocupar un puesto en la política, sus broncas quedarán resueltas y su vida cambiará mágicamente. Piensan eso porque son testigos de los eternos abusos y excesos de un sistema podrido al cual critican pero quisieran tener de su lado, porque es más fácil eso que cambiarlo. ¿A quién no se le ha llenado de soberbia el hocico al espetarle a una autoridad, el típico: “No sabes con quién te estás metiendo” o “Mañana te vas a quedar sin trabajo”, nada más porque tienen un primo o un tío en algún pinche puestucho público? ¿A quién no le ha pasado?

Y con esto, aprovecho para contar una anécdota personal:

Mi padre es veterinario de profesión -con algunas especialidades- y, como pasatiempo, corre. Hubo un tiempo en que participaba en maratones y triatlones en México y Estados Unidos, hasta que un par de operaciones en las rodillas y en la cadera se lo impidieron. Por medio de su profesión y de su pasatiempo, conoció a muchas personas ligadas a la política local y nacional, también algunos empresarios. Fue así como se hizo de varios amigos y conocidos que lo invitaron a participar en ese ambiente. De esto hace unos 15 años.

El primer cargo que tuvo mi padre fue en el INJUDE, que viene siendo el Instituto de la Juventud y el Deporte. Yo, la neta –y puede sonar culero-, pero desde que mi padre entró a la política, nunca he ido a un evento, toma de protesta o reconocimiento suyo. Prefiero mantenerme alejado de ese ambiente porque no me late. Cada que lo veo, platicamos de muchas cosas, pero nunca de su trabajo. Es como evitar a esos amigos que se la pasan hablando de fútbol o de carros. A veces me siento mal por mi actitud, pues él siempre me ha apoyado en lo poco que he querido emprender y yo a él no, pero es algo que no puedo evitar.

Bueno, retomando el tema: Cuando mi jefe jalaba en el INJUDE, una noche, como a las 12, recibí la llamada de un amigo: lo acababan de parar unos agentes de tránsito por manejar pedo y a exceso de velocidad. Lo primero que me dijo mi compa, fue: “Eh, güey, necesito que tu papá me eche la mano”. “¿Para qué o qué?”, le pregunté. “Tu papá está trabajando ahí en gobierno, ¿no?”. Le respondí que sí. “Dile que hable con los agentes de tránsito, porque me quieren quitar el carro…”.

Chale… No lo podía creer. Neta que esa mentalidad me emputa bien cabrón. O sea, ¿este güey creyó que lo podía “salvar” de su falta nada más porque trabaja en gobierno? ¿O sea que si el amigo de un amigo mío tiene un primo que es barrendero en Palacio de Gobierno y le da los buenos días al gobernador, éste güey puede pedirle al “gober” que hable con el tesorero y éste hable directamente con Hacienda y me perdonen mis impuestos? ¡Por Dios!, no mamen… Esa noche colgué el teléfono, me volví a dormir y mi compa nunca me lo perdonó. No niego que alguna vez estuve en una situación como la de mi compa, pero no fui tan pendejo como para creer que alguien podía salvarme nomás por estar dentro del sistema. Y si lo llegué a pensar, la neta que, por respeto, preferí no quemarme ni quemarlo por mi infracción de borracho.

Antes de cumplir 60 años, mi padre fue diputado federal por el PRI, cuando el PAN tenía –o tiene aún- “carro completo” en todos lados. Confieso que la sensación que me invadió cuando recibí la noticia fue la misma nausea que sienten millones de mexicanos al escuchar esas dos palabritas con esas tres letritas tricolores y dinosáuricas; pero más nauseas me ocasionó la cantidad de nuevos amigos y nuevos parientes que salieron hasta debajo de las piedras. Cabrones y cabronas que no buscaban otra cosa más que hablar con mi padre para obtener un beneficio personal. Algunos hasta me ofrecieron dinero o puestos con buenos sueldos en alguna institución burocrática, con tal de quedar bien.

A todos los mandé directito a la verga, porque, para empezar, el del cargo no era yo. Aparte, me caga que se me acerquen a pedirme favores tan pendejos y tan egoístas, y más, que me hayan visto madera de burócrata. Porque no es lo mismo que llegue alguien a pedirte trabajo porque no tiene, a que lleguen y te digan (y es verdad): “Eh, güey, ¿no podrás sindicalizar a las esposas de unos conocidos que trabajan en el registro civil?”, o: “Oye, güey, ¿tu jefe no conocerá al rector de la universidad?, para que me eche la mano para pasar el examen de la facultad de medicina”, o: “Eh, ya me dijeron que tu papá es bien amigo del secretario de desarrollo social, dile que se moche con unos terrenitos, ¿no?”… Nunca había sentido tanta repulsión por la gente.

En esa época perdí un chingo de amigos y conocidos. De un día para otro, me dejaron de hablar. Ayudé a los que consideré que había que echarles la mano, porque sus peticiones no eran pendejadas ni llegaban ofreciéndome las perlas de la virgen. Pero con la mayoría quedé -y sigo quedando- como un pendejo. La gente en verdad sentía rabia por no estar en mis zapatos y “aprovechar la oportunidad”. Cabe aclarar que esos tres años que mi padre fue diputado federal, para mí, económicamente, fueron los peores, pues perdí un trabajo en el que llevaba 12 años laborando, del cual no recibí indemnización porque siempre estuve con recibos de honorarios.
“Si no fueras tan pendejo, ahorita estuvieras mamándote un chingo de lana”, “No le hace que no te guste la política, de perdido hazlo por el dinero, güey”, “Qué pendejo eres, deberías de aprovechar…” ¿”Aprovechar” qué?, siempre me pregunté. Como quiera todo me salió bien, dentro de mis expectativas, sueños y estilo de vida.

No sé… hay cosas que no se dan, ideas que no se pueden corromper. Hay emociones que no se siente. Intereses que no interesan en lo más mínimo. Hay cosas en las que uno no puede tener fe. Creencias que no pueden inducirse ni valores que puedan torcerse. Hay cosas contra las que uno no puede luchar. Sí… Pude ser… pude tener… pude estar… pude aprovechar lo que otros hubieran aprovechado estando en mi lugar… pero por algo dicen que no les dan alas a los alacranes.

Siguiente Entrada
Entrada Anterior


Siguiente Entrada
Entrada Anterior
240 Comentarios en “Alas a los alacranes”