2010

Mexicanos de frente al espejo

Decía Francisco González Pineda en su libro El mexicano: psicología de su destructividad, que siempre se culpa a los demás y en cambio, siempre se es inocente. Esta es una triste constante en múltiples facetas de la relación humana de los mexicanos. Continúa González diciendo: la agresión colectiva expresa la determinación infantil de vivir la fantasía de que la ciudad es entera para uno y nada más que para uno.

En estos casos efectivamente, muchos se comportan de una manera irresponsable.

Madres que dejan a sus hijos en las escuelas y estacionan el auto en doble o triple fila, personas que se bajan a un cajero en un centro comercial y dejan su carro estacionado en el paso vehicular en lugar de estacionarlo en los cajones especiales, personas que por flojera se estacionan en lugares exclusivos para discapacitados, con el pretexto de no me tardo nada, automovilistas que no respetan los señalamientos de transito, personas que no usan los puentes peatonales por flojera o que caminan por las calles en lugar de por las banquetas, jóvenes que su máximo en la vida es pertenecer a algún grupo delictivo si es necesario para tener lo que jamás tendrán honradamente, franeleros que te cobran por “cuidar” tu carro, tránsitos o policías que te detienen para extorsionarte, pero jamás detendrán a los autos que verdaderamente se ven sospechosos a simple vista. Estamos muy jodidos. No podía lograr que la idea abandonara mi cabeza pese a que estaba en medio de una ciudad heroica y rica en historia, en donde sus ciudadanos dieron hijos con valor ético y moral, que jamás perdió una lucha contra el enemigo y que ahora es una ciudad más, con violencia, sin cultura, ni respeto alguno por los demás, esto pasa todo el tiempo en esta ciudad.

¿Existen opciones? La respuesta es sí;

Mediante el involucramiento activo. No sólo con discursos retóricos. Desde niños, debieron enseñarnos a pensar en los demás y a ayudar a quien lo necesita. El desarrollo de nuestras cualidades positivas internas es la mejor forma de ayudar a otros. Los valores comunitarios como el cuidado del ambiente, el respeto del espacio vital del otro, la solidaridad con los sufrientes, la decencia y la honestidad no se enseñan en las clases de valores de los colegios. Se enseñan con el ejemplo de los padres, maestros y autoridades.

El gran reto es lograr que el abuso quede fuera de nuestras opciones aunque se diera la oportunidad de recurrir a él. No podemos pensar que es inalcanzable y que sólo los noruegos o los suizos son así, porque son primer mundo y ellos sí pueden ser realmente civilizados.

El soporte sistémico lo tiene que aportar el cumplimiento de la ley. La impunidad genera que salga lo peor de cada uno. Las sociedades con pocos marcos estructurales que se respeten son las más temibles, porque todos tenemos nuestra dosis de maldad y sociópata.

Habrá que cultivar la amabilidad, la bondad, la generosidad y el respeto radical por la dignidad de los otros, pero no como algo opcional sino por obligación, vigilados por la ley, hasta que se vuelva algo automático personal y social. Un pequeño acto de bondad y generosidad hace la diferencia; ningún acto es pequeño.

Debemos empezar por el amor propio; De cómo nos tratamos a nosotros mismos dependerá nuestro trato hacia los otros y hacia nuestro ambiente.

Este mundo es nuestro. Nuestros compatriotas son nuestros compañeros de equipo. Lo que hagamos con ellos nos lo hacemos a nosotros mismos.

Gracias y vuelvan pronto.

Buckaroo

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