Esa voz nunca fue la mía, al menos no siempre, al principio solo yo la escuchaba. No, no me pedía que hiciera cosas, que asesinara a alguien o que me tirara de un puente, nada de eso.
Era como un compañero invisible, sin forma. Me daba confianza, “tu puedes, vamos no es tan difícil”, cosas así eran las que decía.
Yo había oído eso de “escuchar la voz interior, donde está la fuerza”, así que para mí era normal, era mi fuerza interior, la vocecita que te dice: si, cuando el resto del mundo tiene para ti un no.
Esa chica no es inalcanzable, y después, no vale la pena déjala ya, y fue divertido, si, obtener la chicas y dejarlas, a por mas, me decía mi vocecita, ¡ah, nos divertimos tanto!, las chicas, las fiestas, las peleas, tenía mi voz interior que me ayudaba, nos la pasábamos bien, pero mi voz quería más, de repente no se conformó.
Apareció ella, no era una chica dulce, pero era simpática, un poco ruda y eso me gustaba, la voz se aburrió, pero yo no, e insistía, insistió mucho, yo estaba enamorado, la voz solo dijo: “me voy a encargar yo, ya verás que la olvidaras, es como todas las que has tenido”.
Esa noche hicimos el amor y amanecimos juntos, estaba tan bella con los primeros rayos del sol, su cuerpo cubierto con esa sabana beige, su cabello enmarañado, la aparte de mi pecho para verla completa, tenía un lunar, hermoso contraste con su delicada piel, le di un beso en la mejilla, abrió sus ojos color miel y me sonrío, pensé: Es para siempre. “La olvidaras, “-me dijo la voz-.
Jalé un poco la sabana y ésta se plegó en su cuerpo dibujando sus delicadas líneas, sus pechos, su cintura y su derriére. Me lanzó un beso y fui a preparar café, tosté pan con mantequilla. Ella ya no estaba. No lo soñé.
No, no estoy seguro que haya sido la voz, pero después, cuando mi primo me dijo que era un imbécil por llorar por ella, vi que la voz salió de mí, yo me asusté, su forma era inofensiva, no era atlético incluso más enclenque que yo, lo vi lanzar a mi primo por el aire, lo vi machacar su rostro contra el agave, se dirigió contra mí y me golpeó la quijada. Si, fue cuando me encontraron desmayado y desperté en el hospital, de eso hace un mes.
En el hospital había enfermeras atentas, y un médico que quería follar con todas, mientras una enfermera me ponía un vendaje vi como el medio metió la mano para tocar sus nalgas, también vi los ojos furiosos de la enfermera.
No sé por dónde entró, pero estaba sentado a mi lado, me pidió perdón y me dijo que lo de la quijada era necesario, se levantó y salió. Entro Alma, la enfermera, y me dijo que iba a hacer como que no había visto la visita en horas prohibidas, ¿lo viste? -le pregunté-, ¿El chico que se parece a ti? –Me dijo- asentí y ella sonrío cómplice de mí.
El médico amaneció con su estetoscopio en la garganta, no, colgando no, dentro de. Coincidió con el deceso de un chico ruidoso que me irritaba durante las noches, gritaba cobarde, afirmaba que él no dejaría que matasen a un pariente suyo, no me lo decía a mí, lo gritaba a todos, él tuvo un paro cardiaco, era muy joven.
A Alma no la he vuelto a ver, la voz me dijo que no me conviene y he aprendido que tiene razón.
No, doctor se equivoca, no es una voz dentro de mí, al principio sí, pero tomó forma, no, no soy yo, quizá usted crea que soy un caso típico de esquizofrenia, pero los esquizofrénicos hacen lo que la voz les dice, mi voz hace las cosas, tiene forma. Sí, ya se lo he descrito, pero véalo, viene a quitarme esta camisa que me ha puesto usted.
