2010

No les importamos

Como ya para estas horas todos sabrán, el día 5 de noviembre por los violentos bloqueos y enfrentamientos de grupos armados contra la policía federal, vivimos una psicosis en Morelia, generada por la desinformación

Paseando un rato por el vicio (Facebook) me encontré con esta nota de alguien que me reservo su nombre.. Todo lo que dice es muy cierto, y al leerla no pude evitar recordar este H. blog y exclamar, junto con el escritor (seguramente), un buen Hazme el Chingado Favor.

Ayer por la noche fui uno más de los que se quedaron atrapados en el caos surgido a partir de la supuesta captura de dos miembros segundones del llamado cártel conocido como La Familia Michoacana.

Un recorrido que suele durar ocho minutos en un día normal alcancé a completarlo en tres horas. Estoy seguro que otros conductores no corrieron con tanta fortuna; sin duda muchos permanecieron atascados por otras tres horas –quizá más– en los insufribles embotellamientos ocurridos ayer en todos los accesos a Morelia.

Luego de un par de años de conducir por ese camino todos los días, uno se acostumbra a los problemas viales, especialmente cuando ocurre algún accidente. Los embotellamientos duran minutos, a veces media hora si la gravedad del percance así lo amerita. Pero no horas. Sin duda alguna, algo muy grave estaba pasando.

Mientras los conductores aguardábamos durante largos ratos de inmovilidad para avanzar metros apenas, en tanto, de cuando en cuando, en los carriles contrarios llegaban a pasar algunas camionetas de la Policía Estatal Preventiva, de Protección Civil y de Bomberos.

La información era escasa. La radio callaba. Más bien no callaba, sino que se limitaba a transmitir su programación frívola de siempre. Sólo sabíamos –lo alcanzaba a adivinar en el rostro de quienes rodeaban mi auto con los suyos– lo que nos era dicho a través de los teléfonos celulares por nuestros familiares, amigos y conocidos, quienes, a su vez, tenían acceso a datos vagos que comenzaron a fluir alrededor de las 10 de la noche a través de canales como redes sociales y portales de Internet de otras ciudades; información (¿o sería más bien “desinformación”?) surgida de la rumorología del pánico, de la especulación, de los fragmentos de realidad percibidos por algunos como nosotros, como cualquiera, que alcanzaban a comunicar de alguna manera un poco de lo que habían visto y un mucho de lo que imaginaban que estaba sucediendo.

Cuando por fin pude llegar al lugar del bloqueo, donde los restos calcinados de un camión cerraban el paso, mi desasosiego fue total. Unos metros antes, una camioneta maltrecha de la PEP se limitaba a anticipar el cierre y a sugerir una “vía alterna”: una calle sin pavimentar de la colonia Los Ángeles, por la que los autos y camiones difícilmente se abrían paso. Habría otros dos o tres vehículos policiacos a un lado y varios desconcertados agentes que realmente no estaban haciendo otra cosa sino charlar ansiosamente entre sí, empuñar sus armas con las manos crispadas por el frío y nerviosismo y tratar de medio orientar a la gente que se había podido apear de sus transportes para intentar seguir a pie.

Ni un soldado. Ni un agente federal. Ni un helicóptero. Ni una grúa. Sólo esos pobres e inútiles policías estatales, abandonados a su suerte, al igual que todos nosotros.

En ese momento me terminó de quedar claro: no les importamos.

No es que no lo sospechara, que no lo hubiera pensado ya varias veces, pero me gustaba tener al menos un atisbo de duda que me servía de tonto consuelo cada vez que la frase me venía a la cabeza. No les importamos a quienes quiera que tengan en sus manos el gobierno de este país, porque puede venir cualquiera a imponernos una especie de toque de queda a su antojo; a pisotear nuestros derechos elementales de libre tránsito, de sentirnos seguros, de vivir sin miedo.

No les importamos. En el fondo no me sorprende. Esos espléndidos despliegues policiacos y militares que vemos de vez en cuando sólo existen para cuidar a los funcionarios que se supone que viven y trabajan para servirnos, pero que en realidad lo único que hacen en beneficiarse personalmente de su posición. El presidente no puede ir a un lugar que no esté cuidado por más de 3 mil efectivos, entre miembros de su Estado Mayor, del Ejército y de las policías Federal, estatales y municipales. Los gobernadores, como virreyes que se sienten, viajan en convoyes blindados y rodeados de agentes estatales. Los presidentes municipales, resguardados por su policía local y guardias personales privados. Protección toda pagada por los mexicanos.

No les importamos. ¿Será su investidura más importante que la seguridad de todos nosotros, que somos de quienes emana la dignidad que ellos sólo representan, pero que no tienen y que tampoco merecen tener?

No les importamos.

Recordémoslo bien y sigamos adelante.

Cortesía de Víctor Hugo

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