2010

Pequeño cuento de Navidad

Suele ser muy nublado y frío el clima del municipio del que provengo: Pinal de Amoles, aunque yo desde pequeño vivo en la ciudad de León, Guanajuato. Mi familia es muy numerosa y casi todos somos muy humildes y de vida sencilla, pero eso si: un plato de comida nunca nos ha hecho falta sobre la mesa.

Cuando yo era pequeño recuerdo que en época decembrina los ánimos se les subía a la cabeza a mis tios, abuelos y primos mayores, todo mundo tan lleno de regocijo. Era la oportunidad de que se reuniera la familia, algunos venían de lugares tan distantes, en mi pequeño mundo, como Michigan en los gringos unidos, y los mas afortunados, de algún estado vecino.

Mi tío Juan era el mas carismático de todos, en aquel tiempo un joven de 26 años al que yo veía centrado y maduro, pues cuando se es niño toda persona que mida el doble de uno es ya todo un señoron o señorona. Recuerdo que él siempre nos llevaba a mi y a todo el chamaquerio a explorar el bosque, de una magnitud impresionante para nosotros y de singular belleza. Empezábamos a eso de las siete de la mañana para regresar a casa de mis abuelos a almorzar a mediodía, todos hechos una furia pero el paseo nadie no lo quitaba.

Siempre he añorado esos días de invierno en casa de los abuelos, padres de mi madre. Las posadas eran toda una tradición en la calle donde ellos vivian; recuerdo que había una señora que tenia aires de grandeza, pues siempre que le tocaba la “posadita” se lucia con muchos dulces en los aguinaldos, como seis piñatas y un juguete para cada niño. Recuerdo la vergüenza que entre mis primos y yo les hacíamos pasar a mis tías, cuando a ellas les tocaba organizar la posada de la calle pues nos pasábamos de listos y agregábamos algo mas a la piñata: blanquillos o hasta refresco o agua en algunas ocasiones; aún así hasta nosotros nos abalanzábamos en busca de los preciados dulces.

Mi madre, en aquel entonces, se regocijaba de ver a todos sus hermanos reunidos y yo con mis tios pues siempre nos enseñaban algo nuevo cada vez, así aprendí que las resorteras y los autos no se mezclan y menos cuando se trata de un viejo gruñón que te persigue hasta el fin del mundo por un cristal roto.

Cuando llegaba noche buena arrullábamos al niño dios, lo besábamos y tomábamos un dulce de su manta, lo cual a mí me parecía un ritual extraño que no llegaba a comprender. Después venía la cena de navidad que a veces consistía en tamales o en una cabeza de algún extraño ser viviente que siempre se alcanzaba a quemar por algún motivo desconocido, a pesar de todo nos sentábamos en la mesa de la cocina a cenar con gusto y en grupos pues no cabíamos todos en la cocina.

Al dia siguiente nos juntábamos dos familias en una contienda deportiva alias “futbol” con la resaca encima y el espíritu de competitividad a flor de piel, toda una tradición de familiar. Llegaba el fin de año y yo sentía que habían pasado eternidades desde que había terminado el anterior, pero con la familia reunida y todos los primos en posición de juego pronto olvidaba esas ambigüedades desaparecían de mi mente para meterme en la cabeza ¡la llegada de los papis reyes! y a empezar el año otra vez ¡Se acabaron las vacaciones!

Cortesía de Tatanesillos

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