2011

Guía para visitar el museo de antropología

Cual viejito que entra al metro por la puertita del medio con tan sólo alzar su amarillenta y mal enmicada INSEN, desde que tengo memoria pude pasar a todos los museos gratis (o gozando de un considerable descuento) gracias a mi credencial de estudiante. Por un chingo de desventuras que ahora no corresponde contar, estuve desempleado la mayor parte de mi carrera universitaria, así que a manera de consolación me daba el lujo de asistir a las exposiciones entre semana, justo cuando estaban vacías; mientras quilómetros cuadrados de grises oficinistas, en aún más grises cubículos, se la pasaban editando hojas de Excel.

El 2010 lo recordaré no por haberme dejado una chiva o burra negra (ni una yegua blanca) si no porque fue el año en que dejé de ser estudiante y por fin me tocó conocer lo que es estar en una oficina. Una de las primeras bajas en este nuevo estilo de vida fue mi credencial de estudiante, que durante un par de meses seguí pasando por las exhibiciones como si nada, pero que al final terminaron por mandármela a la verga por el detallito de que ya no estaba vigente. Recuerdo que la última vez que la vi fue en una tocada en el foro Alicia; ya andaba yo muy pedo y en ese momento decidí que era buena idea aventarla al epicentro del slam… “nos vemos en el infierno”.

Y así fue como terminé por ir los domingos “de a grapa” a los museos. No soy ningún ingenuo, supuse que habría más tumultos y menos silencio, pero nada me pudo preparar para el bestiario que asiste ese día a las exhibiciones; uno que constituye un auténtica exhibición paralela a la que está detrás de las vitrinas.

He aquí una breve relación sobre que encontrarás en una visita dominguera al Museo Nacional de Antropología.

Niños de entre 6 y 12 años con padres o tutores acompañantes:

Básicamente hay dos motivos por los que un escuincle y sus padres están en antropología un domingo en la mañana: se lo dejaron de tarea al chamaco o ese día no hay partido de “fucho” en la tele. De ser la tarea el motivo de asistencia, invariablemente encontrarás a padres e hijos estorbando mientras uno le dicta al otro tooodos los textos de la sala. A pesar de que durante años el museo de antropología ha tratado de combatir este problema colocando a la venta folletos con los textos de cada sala a precios accesibles, la realidad es que nunca funcionará pues los niños y sus padres consideran un sacrilegio desperdiciar el presupuesto semanal destinado a comprar las estampitas del álbum de Ben 10, el TV & Novelas y la Maxim.

Si una programación matutina aburrida y un salario bajo orilló a la dupla niños-padres al gratuito museo, verás a los infantes atravesar por tres etapas en un periodo alrededor de media hora. Primero corren y desmadran por todo el lugar con un vigor propio de un rush de azúcar patrocinado por todos esos gansitos, pingüinos y frutsis ingeridos en la fila para entrar al museo. La segunda etapa comienza una vez que el rush de azúcar termina y los padres tienen que arrastrar literalmente a los niños. En la última etapa los peques invocan un berrinche de proporciones épicas porque ya se quieren ir, tienen hambre o quieren ir a la “feria de chapul”.
En el trascurso, los padres se limitan a repetir el mantra “¡Estate quieto, vas a tirar algo!” una y otra y otra vez. Eventualmente se dan por vencidos y se conforman con que el poli regañe a sus críos mientras ellos se hacen pendejos a más de 20 metros de distancia.

Banda de secu y prepa.

La maestra habla sobre ir al museo para hacer un trabajo en equipo acerca de alguna cultura, pueblo indígena o exposición temporal; la banda de secundaria y prepa escucha “El domingo les toca ir a echar desmadre en grupitos a chapul”.

¡Yupi! A diferencia de cuando te tocaba ir en excursión con todo el salón en la primaria, esta vez no habrá un maestro arriándote por todas las salas. Así que el domingo se quedan de ver tú y tus amigos en la fuente del museo, donde generaciones han participado en el arcaico ritual de iniciación de tomarse la foto mientras se mojan y empujan debajo de la caída de agua.

Como el pendejo del poli nos los deja entrar a las salas empapados, toman el sol mientras ven la exposición más exitosa de la historia del museo: las tortuguitas del estanque central.

Ya medio secos y apestando calcetín viejo, ahora sí recorren las salas encomendadas por la escuela. No pasan 5 minutos cuando tu clan ya está hasta la madre, el museo es un espacio silencioso y solemne, y ustedes son chavos de onda, extremos ¡qué hueva con este pinche lugar!

Resuelven que para salir lo más rápido posible del museo le van a sacar fotos con el celular a toda la sala y después le encargarán al geek del grupo que les haga la chamba. Para amenizar el resto del recorrido procuran burlarse de los vestidos, objetos y costumbres de las culturas autóctonas: “Hay, eso hasta yo lo podría hacer”, “¿Y cómo cabían por las puertas con esos chingaderas en la cabeza”?, “¡Ira! Ahí está el jefe del Mike”.

Antes de terminar con la visita relámpago ya tienen planeado a dónde le van a caer cuando salgan, por suerte Pati tienen casa vacía y Juancho va a disparar el pomo. Listo, ya quedó la pinche tarea.

Extranjeros.

Irónicamente son los más respetuosos e interesados en los contenidos del museo. Quizá tenga que ver con que muchos vienen de países con historias y culturas minúsculas de sólo 400 años de antigüedad (en comparación la de México es de aproximadamente 7000 mil años) y viven en medios ambientes artificiales y monótonos construidos por corporaciones.

Así que por 52 pesos pueden evadir las hordas de vándalos que acuden al museo por obligación y no por gusto. Por otro lado, de a grapa pueden ver un espectáculo digno de un estudio antropológico.

¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de Catrín de Lavandín

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