2011

Carta a un hijo de perra

Parafraseando a León Gieco. Bajen las armas que solo hay niños jugando.

El viento juega y moldea sobre las nubes figuras caprichosas, ora un elefante blanco, ora un trailer o más bien un tren, y falta un niño para sonreír al descubrir la mutación de elefante a tren.

Llueve, los adultos intentamos guarecernos, la lluvia limpia la conciencia pero la preferimos suciecita, para los adultos el cielo y el día es gris y adentro con café, libros o películas lo hacemos desangelado. Afuera, con gritos y risas, habitantes del mundo pequeño pisan los charcos, patalean en ellos para mojar a sus amigos, buscan ajolotes en las pequeñas presas, hacen barcos y misiles de lodo que los hunden con todo y tripulación, y falta la risa y el grito de un niño, una madre que ahoga el llanto porque no puede gritarle a su hijo que de seguir a fuera va a enfermar.

En las canicas y el trompo falta un niño que hace trampa y jura que “nocierto”, falta un “cero por chapucero”.

Un chico adolescente luce triste, en la esquina del barrio donde se junta con los demás faltó la niña que le gusta, una niña que no dio su primer beso, ese apenas tocando los otros labios, bajar la mirada, sonreír y huir diciendo que es hora de dormir, pero antes correr con las amigas a contarlo todo.

En las calles, faltan Batmans que pelean contra los malos. En los juegos llaneros Faltan Ronaldinhos, Talaveras, Chicharitos, y en las primeras peleas falta El Místico y el Rey Misterio Jr, y un Santo, pasado de moda, pero escuchado de papá.

Quedó solo un castillo, la princesa del cuento no fue rescatada. Pastelitos de chocolate sabor lodo, los primero pintalabios y barnices para las uñas, se quedaron en un estuche sin abrir, el vestidito, el diario inquieto no juega más.

Gracias a ti, hijo de perra.

La venganza es un acto irracional, por lo mismo puede ser excesiva, aunque no comparto, lo comprendo.

Comprendo que hay quienes se dedican a lo mismo que tú, y saben las consecuencias. No creo que valga la pena morir, pero ellos saben que hay cierto riesgo y lo aceptan.

Una víctima inocente, puede ser un accidente, las posibilidades son pocas, pero no es un accidente cuando disparas al patio de una casa con niños, con adolescentes y les cortas la vida.

Niños de dieciséis años, algunos jugaban a ser malos, otros ni enterados, niñas que pensaban en su fiesta de quince años, y así, sin aviso y ningún derecho, acabaste sus sueños, propios y ajenos. Hijo de perra.

Soy de las personas que ven las ejecuciones, de manera ajena. Creo que la posibilidad de morir en un tiroteo por una bala pérdida, es la misma que tengo de morir atropellado por un imbécil, o incluso de matarme yo mismo.

Las balas suenas, pero lejos y yo hago mi vida no indiferente, pero con una preocupación atenuada, una calma que me brinda el no saberme dentro de tu círculo de trabajo. Pero no puedo permanecer ajeno cuando veo en las noticias que has asesinado a un niño. Consternación y horror eso me causa saber que no habrá mas risas, mas gritos, y que unos padres no tendrán mas lagrimas de felicidad al ver los logros de un niño, en adelante serán lagrimas amargas.

Seas lo que seas, no eres ajeno al dolor de un padre, al horror de una madre al perder a su hijo, ¿por qué un niño habrá de pagar las deudas del padre?

¿Qué puede debe un niño para pagarlo con su vida?

Quizá tu madre tenga poca culpa…hijo de perra, de todos modos.

Siguiente Entrada
Entrada Anterior


Siguiente Entrada
Entrada Anterior
106 Comentarios en “Carta a un hijo de perra”