2011

Contaminación Visual vs Contaminación Visual

En el cielo, en las paredes, en los postes, en la cara de un bebé ó en el color melón de los camiones, habitan estímulos publicitarios que si bien no hemos elegido mirar o pasar de reojo, sus autores “intelectuales” si han decidido que estén ahí, tapando el horizonte, ocultando las formas arquitectónicas, invadiendo el espacio público. El caso de los espectaculares y de la propaganda urbana tienen una diferencia de la demás parafernalia mercadológica; uno alcanza a tener un poco de libertad al poder cambiar de canal a penas empiecen los comerciales y embobarse en otro reality show, apagar la radio, comprar o no el periódico y en cierta medida, aunque no tan conciente, decidir lo que se quiere y no, consumir, así como sus circunstancias y propósitos. Bien es sabido que el Reader´s Digest representa más que una revista, parte fundamental de la digestión de sus lectores y el Sólo Ofertas un excelente limpia vidrios.

No pasa lo mismo con los rótulos luminosos, ni con los anuncios escandalosos, están ahí, inmensos, sin hacerle sombra suficiente a nadie, sin poder refrescar a la señora menopaúsica que se abanica desesperadamente a la espera del camión. Y es que pareciera que están paradotes insinuando descaradamente que somos entes miopes incapaces de poder captar otros medios e intentando volvernos estrábicos cada cien metros que aparece uno nuevo, cuando el reglamento dice que debe haber una separación de cuando menos 500 metros entre cada uno de estos armatostes.

La persona que puede ver, pero no oír se angustia mucho más que la que puede oír, pero no ver. Eso es más característico de la gran ciudad. Las relaciones interpersonales de los habitantes de las grandes ciudades se caracterizan por una insistencia mucho mayor en la utilización de los ojos que en la de los oídos. Es este síntoma de estrabismo social, provocado progresivamente por la contaminación visual lo que preocupa. Es interesante saber que el mismo Senado de la República intentó fallidamente prohibir en todo el país cualquier vestigio de contaminación visual, al encontrarse con la novedad de que este tipo de contaminación afecta al sistema nervioso, produce estrés, dolor de cabeza, trastornos de atención y agresividad e incluso mal humor. También genera desorden urbano, accidentes, dificultad al transitar, empobrece el panorama del lugar, peligrosas distracciones (especialmente para los automovilistas), problemas ecológicos (al romper el equilibrio ecológico algunas especies se alejan).

Suficientemente presionado está ya alguno que otro cristiano por alcanzar el cielo como para que aun así se lo tapen con publicidad, no obstante que el espacio aéreo este atiborrado de eslóganes y marcas, nos acechan por la nuca y en el resorte de los calzones. Este bombardeo comercial no es sólo el patrocinio de nuestros dolores de cabeza si no también de la precaria percepción que se tiene de la ciudad y sus elementos: las parvadas de pájaros que se van a dormir, lo floreados que se pusieron las jacarandas y sobre todo y con tanto estímulo visual la invisibilidad de Los Otros que también deambulan por ahí junto con uno recitando números telefónicos y jingles pegajosos. La mirada es un auténtico logro social, el contacto visual permite el establecimiento de intimidad y confianza, es la mirada el intercambio más sincero, pues nos permite acceder a la única parte del hombre que nunca miente, las ventanas del alma, los ojos cansados, rojos, hinchados y polvorientos de la muchedumbre que camina por la ciudad.

En modo gelatina, vegetando en la cola del banco podemos sacar a pasear al único sentido que va y regresa, recorre y recupera (siempre fuera del cuerpo), imágenes e impactos a muchos más metros de distancia que el oído y el olfato. Reincorporando la sarta de deshechos a la vida onírica y nerviosa de la existencia, volviendo a soñar y dudar con las deformidades y bocetos de lo que no hemos caído en cuenta. Genéticamente el ser humano esta hecho para vivir a 10 kph, a la velocidad de las bicicletas y no ha 80, 60 o 110. “Einstein se percató de la más rápida velocidad, la de la luz, yendo a pie; mientras que en sus miles de kilómetros hecho la raya, el corredor Alain Proust sólo vio una ráfaga de paisaje, 40 veces más burda y aburrida que lo que uno puede percibir con una paseadita en bici. Los sentidos de la percepción y por ende de la civilización, están diseñados para funcionar a velocidades de entre 5 y 15 kph, que es cuando se camina y se corre; a esa velocidad se puede ver, oír, sentir y razonar con detalle y atención lo que sucede alrededor, mientras que a velocidades más altas estas capacidades se atrofian, y ya no se pueden ver más que bultos, oír más que ruidos, sentir más que vértigos, pero no pormenores, curiosidades y bellezas”.

Apenas ayer las ciudades despejadas, poco perturbadas, desprovistas de papel tapiz publicitario, trenes y taxis apresurados invitaban a la contemplación del paisaje, a maquinar ideas fugaces y a divagar con las posibilidades del futuro sentados en una banca acompañados del ligero bullicio de pláticas lejanas, campanitas de helados y voceadores empedernidos. Se han perdido lugares, modificado propósitos y discursos de los mismos, pero más ha disminuido la capacidad de asombro y reconocimiento de la vida en curso.

No se puede estar sentado pensando, se imposibilita el disfrute del paseo, los sentidos están en huelga, aplazando las sensaciones, anestesiando la posibilidad de recordar este momento, embotando las conexiones corporales con el exterior. La privación sensorial que parece caer como una maldición sobre la mayoría de los edificios modernos; el embotamiento, la monotonía y la esterilidad táctil que aflige el entorno urbano. El problema de la privación sensorial tiene causas más amplias y orígenes históricos más profundos que el fracaso profesional de urbanistas y arquitectos.

¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de karlium

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116 Comentarios en “Contaminación Visual vs Contaminación Visual”