2011

Carta abierta a políticos y criminales

Al leer la carta en la que el poeta mexicano Javier Sicilia -a quien le acaban de asesinar un hijo- renuncia a las letras, me invade ese sentimiento de hartazgo y zozobra que a diario padecemos la mayoría de los mexicanos al enterarnos de lo que sucede en nuestro entorno; pero, sobre todo, me recuerda mucho a la novela La Rebelión de Atlas, de la filósofa ruso americana Ayn Rand.

A grandes rasgos, la novela habla de una huelga de “hombres de razón”. De un día para otro empiezan a desaparecer misteriosamente músicos prodigiosos, empresarios ricos y honestos, intelectuales visionarios, inventores y demás hombres de virtudes especiales. Sus legados – que van desde industrias metalúrgicas que generan materiales más baratos y ligeros que el acero hasta motores de energía sustentable- son abandonados, quemados o destruidos, algunos con letreros que dicen: “Si lo quieren, tómenlo como yo lo encontré”. Conforme avanza la novela -de más de 1000 páginas-, uno se va dando cuenta de las razones de su desaparición, mientras el mundo se colapsa cuando “los saqueadores” -el gobierno- quedan al mando.

Javier Sicilia renuncia a la poesía. A su pasión. A lo que dedicó su vida entera. “Sólo la poesía puede acercarse un poco a él (a su hijo), y ustedes no saben de poesía”, les espeta a los políticos y criminales en su carta de renuncia publicada en la revista Proceso. Es su manera de protestar como hombre de razón: quitándole al mundo su palabra escrita; su virtuosismo. ¿De qué sirve compartir al mundo nuestras virtudes, si el mundo lo controlan salvajes?, se lee en alguna de las páginas de la novela de Ayn Rand.

Vamos leyendo -o releyendo- La Rebelión de Atlas. Verán cómo los sensibilizará. No más “ojo por ojo, diente por diente”; no más marchas por la paz. Vamos haciendo una huelga de hombres de razón. Y que los salvajes se maten entre ellos. Ya habrá tiempo de reconstruir la destrucción que dejen a su paso y empezar de nuevo. Empezar bien desde el principio. Como hombres de razón.

A continuación, la carta del poeta.

MÉXICO, DF., 3 de abril (Proceso).- El brutal asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor.

No quiero, en esta carta, hablarles de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando, amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía–. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada–, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre.

Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad” y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia.

Carta completa: proceso.com.mx

Siguiente Entrada
Entrada Anterior


Siguiente Entrada
Entrada Anterior
148 Comentarios en “Carta abierta a políticos y criminales”