2011

Que sólo permanezcan las montañas

Hace un par de años, cuando mi hermana se casó, sus suegros vinieron desde India y quedaron fascinados con Monterrey. Las montañas -que pueden verse desde cualquier punto siempre y cuando el smog lo permita- los maravillaron. Es fecha que, a pesar de las noticias bestiales de las que se enteran por medio de internet, quieren volver a venir: sólo para contemplar las montañas.

Últimamente intento ver a mi ciudad con ojos de turista. Con la mirada de alguien que sólo va de paso. La percepción cambia. El pesimismo se reduce y hasta llego a pensar que, si estuviera lejos por algún tiempo, la extrañaría. Pero luego me vuelvo a encabronar y le tiro mierda y deseo que le caiga una pinche bomba y quiero declarar la casa en la que vivo nación soberana e independiente.

Antes de escribir esto, estaba leyendo un pequeño artículo sobre mi ciudad. El autor del escrito relata cómo la mayoría de la gente añora el Monterrey de antes, y reflexiona sobre un punto que me pareció muy interesante: el Monterrey de antes es precisamente el que nos tiene en el Monterrey que hoy padecemos. Y tiene razón.

Esa faceta del Monterrey competitivo (que nos volvió voraces), capitalista (que nos volvió frívolos), industrial (que ensució nuestro aire y nuestros ríos), adinerado (que nos volvió soberbios), que se despierta pensando en trabajar y duerme pensando en seguir trabajando para acumular bienes materiales que son sinónimo de éxito, es justamente la que nos puso en esta tierra racista, sin ley, sin cultura, sin árboles, sin sensibilidad, sin muchas opciones laborales que no tengan que ver con el comercio o la industria y sin muchas opciones recreativas que no tengan que ver con beber cerveza, ver el fútbol o comer carne asada.

¿Qué se puede esperar de una sociedad a la que solamente se le inculcó trabajar y acumular bienes? Que sus habitantes se conviertan en autómatas. Autómatas que no se dan cuenta que quienes les dan sus empleos son los mismos que les ofrecen las distracciones y los mismos que les arrebatan su dinero. Reciben un salario y lo devuelven íntegro a los mismos que se los dieron. Es un círculo perfecto que muchos se niegan a romper porque -hay que aceptarlo- da cierta “seguridad”, pero -también hay que aceptarlo- nos impide ver y valorar otros horizontes.

¿Qué se puede esperar de una sociedad que todo lo ve como una oportunidad para hacer negocios? Pues que vendan su alma a quien “les llegue al precio” a costa de cualquier consecuencia, por negativa o perjudicial que ésta sea.

Yo por eso observo las montañas. Son mi nuevo horizonte. Siempre lo han sido. Las observo para olvidarme un poco de esta cultura dinerera que se ha arraigado desde hace años en mi ciudad. Para olvidarme de las matanzas, de la burocracia que nos hace delincuentes por no tener un papel sellado y del contubernio entre autoridades y quienes están fuera de la ley. Las observo porque sé que las montañas estarán ahí siempre, por los siglos de los siglos, recordándonos que no a todo se le puede poner un precio y que vale más quien no lo tiene. Observo las montañas de mi ciudad con la esperanza de que la triste situación que ahora vivimos no sea permanente. Y que sólo permanezcan las montañas.

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