2011

La vía pública, esa ramera

La vía pública tiene la incómoda necedad de pasar justo enfrente de las propiedades privadas en su faceta de arroyo de la acera o línea de contención, lo cual propicia entre la gente silvestre la falsa creencia de que el espacio público ubicado afuera de sus fachadas les corresponde como lugar de estacionamiento por el simple hecho de estar afuera de sus viviendas.

Nada más falso: la vía pública debe el adjetivo que la significa a la posibilidad de ser utilizada por cualquier persona, desde el presidente de la república y hasta el camión del Zeta Gas, siempre y cuando, por su puesto, no se invada una cochera vecina.

Pero este sencillísimo concepto, contenido no sólo en el más básico sentido común sino en los reglamentos municipales, tal y como sucede con la mayor parte de artículos de la Constitución nacional, es sistemáticamente desconocido por la mayoría de personas en este país, detalle capaz de crear conflictos vecinales estilo Romeo y Julieta, que ya sabemos cómo inició esa romántica historia: un Montesco júnior estacionó su caballo junto a la fachada de la mansión de los Capuleto, éstos reclamaron con ignorancia supina, aquél se defendió con los reglamentos en la mano, pero luego los Capuleto le hablaron al sobrinito pendenciero, y generaciones y generaciones de Montesco quedaron ardidos hasta que todo culminó en filosa demanda ante el Instituto de Mediación Vecinal, soborno de por medio, y el injusto destierro de los Montesco.

Por desgracia los pleitos vecinales en las colonias mexicanas ocasionados por el desconocimiento de las leyes no tienen cualidades histriónicas: cristalazos, pinchaduras de neumáticos, peleas a puño abierto con varios episodios.

Un país educado y con conocimiento de sus propias leyes es un país con futuro susceptible de ser saboreado en el presente.

Un país donde los habitantes consideran que su libertad es del mismo tamaño que sus güevos no puede tener más futuro que el de convertirse en una prostituida vía pública de dos millones de kilómetros cuadrados donde cada quien hace lo que quiere.

¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de Alejandro Silva

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