Mi ciudad ha sido por años la ciudad de los hipnotizadores. En ningún otro lugar estos charlatanes se han hecho tan ricos y tan famosos. El teatro no existe desde hace décadas: aquí las funciones de teatro son las presentaciones de estos supuestos encantadores de masas, que duran semanas en cartelera. Tony Kamo, Taurus Do Brasil, John Milton –por mencionar algunos “mentalistas”- han hecho su fortuna gracias a la estupidez de la gente de esta ciudad.
Los canales de televisión local se pelean por tener a esta gente “con poderes” en sus programas. Cuando el hipnotizador se presenta en estos shows televisivos, “duerme” a los presentadores y los pone a actuar como idiotas: bailan, dicen groserías que no dicen al aire, adoptan personalidades bizarras y obedecen los caprichos del hipnotista hasta que éste truena los dedos. Es una farsa grotesca que sólo se creen quienes ven esos programas.
Recuerdo que hace casi 20 años fui con un par de amigos a un espectáculo de esta calaña. Nos había invitado el hermano mayor de una amiga que trabajaba tras bastidores en un teatro. Cuando apagaron las luces del lugar, el hermano de mi amiga se sentó en una butaca entre el público. Cuando el hipnotizador puso música de cuna y dio la orden de que nos durmiéramos, el hermano de mi amiga “se durmió”. Caminó sonámbulo entre los pasillos y un asistente del hipnotizador lo pasó al frente –con otro grupo de personas que supuestamente también se habían dormido-, y lo pusieron a hacer las payasadas de siempre: bailar como changos, decir groserías, obedecer caprichos estúpidos y despertar al momento de tronar los dedos.
Al salir del teatro, mis amigos y yo le preguntamos al hermano de nuestra amiga si algo de lo que habíamos visto había sido real. Nos respondió que sí, que él llevaba tiempo “practicando la hipnosis” y que “podía dormirse y desprenderse de su cuerpo cuando quisiera”. Nos dijo que todo lo que había hecho en el escenario, había “sido real y fuera de sus cinco sentidos”. Después, nos ofreció 50 pesos y entradas gratis a diario si nos prestábamos para hacernos los dormidos y pasábamos al frente a hacer el ridículo. Lo mandé a la fregada y le platiqué al mayor número de personas posible el fiasco que me había llevado en el show.
Pero como mi ciudad está saturada de estúpidos, me tildaron de loco. Recuerdo que la mamá de un amigo, me dijo: “¿A poco no has visto cómo duerme a los conductores de la televisión y los hace llorar cuando están hipnotizados?, ¿crees que alguien se prestaría a hablar de cosas personales en la televisión y ponerse a llorar? Si todo eso es mentira, ¿por qué no hay alguien en la tele que diga que es mentira? … esas son cosas delicadas y serias… eso sólo se logra bajo hipnosis”. Qué vergüenza.
Sólo en Monterrey los hipnotizadores hacen fama y fortuna. Y ahora sí, por hipnotizadores me refiero a todo tipo de embrutecedores de masas: políticos parlanchines, directivos de equipos de fútbol, empresarios cerveceros, comunicadores de chismes de espectáculos, maestros huevones, franquicias de café con popó y farsantes en general que nos han hecho caer alguna vez en sus espejismos y discursos de hueva; discursos y estilos de vida que no les cree ni su chingada madre. Hipnotizadores cuyos poderes han surtido efecto sobre nosotros por error o descuido.
La pregunta es: ¿ahora cómo nos libramos de esta hipnosis colectiva que nos mantiene actuando como imbéciles? Que alguien truene los dedos o tire una bomba, a ver si con el sonido despertamos de una buena vez.
