2011

La indiferencia

Más que los actos de los malos, me horroriza la indiferencia de los buenos.
Mohandas Gandhi

Hace unos días platicaba con un viejo, medio tonto, medio buey, pero eso sí, un gran amigo y, digo amigo, porque con esa palabra se define a los tipejos como Él, mira que prestarte 100 pesos y esperar a que un día se los devuelvas, pues si, por eso medio tonto y medio buey, aparte de un gran amigo. Les decía, platicábamos del miedo de la sociedad, esa sociedad valiente y picuda, muy salsa, como dicen acá.

Ahora todos son (somos), unos corderitos, que al andar por la calle, no hacemos mofa de nuestra valentía, al contrario, somos unos simples espectadores de lo que sucede. Eso de no escuchar mentadas de madre cada 100 metros, por la avenida Cuauhtémoc o Pino Suarez, es algo de extrañar.

El país lo tiene secuestrados unos cuantos cobardes, unos imbéciles que de seguro nunca fueron a la escuela, ni mucho menos, tuvieron una madre como la mía, porque de ser así, estoy seguro que mínimo hubieran terminado la licenciatura. Me gustaría contarles de mi madre, esa señorona que es más bien, muy cabrona, pero muy buena madre, aunque muchas veces me digan que no tengo madre, les contesto que tengo una madre chingona.

El respeto no se aprende en la calle, ni en la escuela, se aprende con un chanclaso, bueno ahora ya no es así, ahora creo que no puedes darle un jalón de orejas a tus hijos, pues por una parte cometes un delito y por otro los traumas para toda su vida, bueno, eso dicen los que saben, aquellos que fueron criados de diferente manera, donde con un cinturón, una chancla, una buena nalgada, cachetada, servía de un correctivo y además, de un preventivo. Aprender de respeto, solo se puede en la casa. Con razón, aquellos que secuestran, matan, torturan, no tienen madre los hijos de la soledad.

Lo que sucedió en Monterrey, hace unos días, es una cosa realmente triste, y no lo digo por todos los muertitos que arrojo la tragedia del casino Royale, sino por la evacuación de escuelas, hospitales y lugares de trabajo de mucha gente, ese mismo día, por atentados, por ataques, por unos cuantos cobardes que con una pistola creen ser un ser supremo, mientras que sin ella, son unos miedosos, unos cobardes, unos hijos sin madre, sin respeto.

Todos esos hechos no tuvieron cobertura, de esos hechos no se dijo nada, nos fueron indiferentes, les fue indiferentes a muchas personas, todas con pensamientos de: “no nos fue tan mal”, “al menos no morimos”, “a todo se acostumbra uno”. Mientras que otras personas, unas que andaban en otros casinos decían: “Ya atacaron el Royale, hoy no vienen aquí”. Cuanta indiferencia, ¿no lo creen?

Lo que me da más coraje, es ver como los diferentes niveles de Gobierno, lejos de preocuparse en un inicio de la tragedia del casino, se ponían a echarse culpas los unos a los otros, que si el permiso, que si la seguridad, que si a panchita la violaron, esas son puras jaladas. Mientras nuestros admirables representantes, llámese alcalde, gobernador, presidente, se echaban tierra los unos a los otros, la vida de muchas personas se consumía, seguían las evacuaciones, seguían los maleantes paseándose, disparando al aire, disparando retando a la autoridad, pero de eso señores, de eso no se dijo nada.

El cielo ese día, se tornó nublado, mientras unas gotas de lluvia caían sobre la ciudad, no sé si para ayuda a mitigar el fuego o para darle esperanza a la humanidad. Aquella noche llovía con sentimiento, se sentía en cada trueno, en cada gota, el cielo estaba triste, Monterrey estaba hundido en la tristeza.

Ahora, regreso a mi habitual trabajo, observo a unos cuantos metros el lugar de aquella tragedia, aquella donde se perdieron vidas, donde estas fueron arrebatadas por unos cuantos estúpidos que no tienen madre, ahora al igual que muchos de nosotros, lamentamos no haber llegado antes. Pero le damos las gracias a los que si llegaron, a los que pudieron salvar a mucha gente, una disculpa a los que murieron esperando ayuda, una ayuda que no quiso detener su coche, una ayuda que prefirió correr, una ayuda que solo veía como se consumía aquel lugar, mientras otros, otros se lamentaban de no haber llegado antes.

¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de Aza

Siguiente Entrada
Entrada Anterior


Siguiente Entrada
Entrada Anterior
226 Comentarios en “La indiferencia”