2011

Killerina – Una mirada a Chiapas, Yaxchilán y Bonampak

Eran las 6 de la mañana y aún no había rastros de sol. En el lobby del hotel, se alcanzaban a escuchar unos ásperos alaridos allá en la profundidad de la selva. “Son monos aulladores, pero no se preocupe, están a más de medio kilómetro de aquí” nos dijo el recepcionista con una franca sonrisa. Pese a la lejanía, seguían siendo atemorizantes. Llegó la vagoneta que nos trasladaría a Yaxchilán y Bonampak. Eran como las 8 de la mañana cuando nos detuvimos en un paradero para desayunar. Todo cocinado a la leña y en cazuelitas de barro. El café de olla insuperable, al igual que el queso añejo famoso por esa región. Otra hora de camino y ya estábamos embarcando para recorrer el Usumacinta rumbo a Yaxchilán. Unas ruinas a orilla del río, son el indicio de llegada a la zona arqueológica. En la entrada se presenta un problema, ya que el grupo no quiere pagar un guía que cobraba cien pesos por persona. Un señor obeso argumentaba que era demasiado pagar mil trescientos por todos, como si él fuera a liquidar la cuenta completa. De cualquier forma el guía nos acompañó y pese a que varios los siguieron sólo unos cuantos le pagaron.

Esta ciudad no es tan impresionante como Palenque pero sin duda tiene su encanto. Escondida entre cientos de árboles gigantescos, en cuyas copas se alcanzan a ver monos araña columpiándose de un lado a otro. Las construcciones son más pequeñas y de arquitectura simple. Las paredes cuentan su historia en dinteles laboriosamente grabados. Escenas de guerra, coronaciones, historias de dioses. Pero faltan episodios, dinteles removidos por saqueadores. El paradero de estos en su mayoría museos franceses, británicos y alemanes. Traficantes de historia que le robaron esencia a Yaxchilán, para presentarlo como regalo diplomático. Por lo menos queda decir “de Chiapas para el mundo”.

La zona arqueológica de Bonampak, se encuentra en las 600,000 hectáreas pertenecientes a los lacandones, por lo que ellos regulan la entrada al parque. Aproximadamente diez kilómetros antes de llegar, prohíben la entrada de cualquier vehículo. Desde ahí te percibes en “casa ajena”.

Tuvieron que pasar más de cien años antes de que se les concediera territorio que por derecho siempre les correspondió. Viven casi aislados, con sus usos y costumbres, autosuficientes y libres de religión católica. Se llaman así mismos “los verdaderos hombres”. Su presencia emana misticismo; hombres y mujeres portan el cabello largo, visten túnicas que por tradición, pero no necesariamente, son de manta blanca. Es bien curioso porque esto hace difícil distinguir si un pequeño lacandón es niño o niña. Quise tomar una foto, pero sentí que sería imprudente, como una falta de respeto.

De la ciudad que celosamente resguardan, destaca la acrópolis gigantesca donde se encuentran las tres cámaras de los murales. Pequeñas habitaciones de techos altos, que de pared a pared se encuentran teñidas con pinturas de colores vivos. Aproximadamente 380 personajes mayas (reyes, esclavos, músicos, prisioneros de guerra y hasta un bebé) entre los cuales no se repite ni una sola vestidura. Escenas extremadamente violentas, detallando como a un prisionero le eran arrancadas las uñas de los dedos de los pies, fueron las que le dieron la fama de guerreros implacables y sanguinarios.

En una de las cámaras resplandeció el flash descuidado de un turista. Sin ningún tiente ni suavidad en las palabras, un vigilante lacandón exigió al turista abandonara la zona de los murales, y que de repetirse otra agresión, sería expulsado de la ciudad. Bonampak puede sentirse segura, “los verdaderos hombres” viven para su protección.

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