2011

La Ciudad de México. Vivir sin asombro.

Escribe John Carlin: “Lo que más me llama la atención en México, es que la gran mayoría de sus ciudadanos se despiertan en sus campas por las mañanas, se lavan los dientes, desayunan, se van al trabajo en coche o en autobús o en metro o a pie, comen su lunch a mediodía, vuelven a casa, cenan, ven televisión y a dormir, que mañana re repite la historia. La vida de los mexicanos es, en la mayor parte de los casos, de una rutinaria normalidad. Lo cual no sólo es sorprendente, es digno de admiración. Habla extraordinariamente bien de la capacidad de convivencia civilizada del mexicano.”

La cita que hizo Sara Sefgovich en su columna del diario El Universal es a propósito de la precaria situación en la que vivimos, con muertos, pobreza, y corrupción y cómo es que aun así, vivimos en una aparente normalidad, como si nada pasara o esta fuera la única forma en la que pudiéramos vivir. Esto es así en la mayor parte de los casos, pero desafortunadamente, tampoco sucede mucho cuándo existen personas dispuestas a cambiar algo y se manifiestan para hacerlo. Es posible que sea un problema de método, y es más posible, para los que vivimos en en el Distrito Federal, que sea un problema de esta ciudad. Antes de hablar de la ciudad, no dejamos de decir que esta columna pretende ser meramente descriptiva y deja las posibles propuestas o ideas concretas para otro escrito, que sirva mientras como reflexión para pensar en otros caminos.

Los que vivimos en la Ciudad de México, lo sabemos bien: a diario hay marchas. A diario hay un plantón, una marcha, o una protesta en frente de alguna embajada, y ahora también la versión mexicana de las acampadas españolas.Y mientras unos marchan y la mayoría vive su vida rutinaria, alejada de cualquier problema nacional, los gobernantes-al menos en la Ciudad de México- saben bien como tratar cualquier manifestación política para que esta no crezca y se propague. Ante una marcha diaria, el gobierno del Distrito Federal ha preferido hacer caso omiso de las manifestaciones y esperar a que las mismas se apaguen sin generar mayores incovenientes. Es un hecho que la represión lejos de calmar un moviento suele hacerlo más grande, y eso, ya es bien sabido por los políticos en turno. Lo mejor para ellos es dejar todo pasar de lado ante la apatía o simplemente la falta de capacidad de asombro de los capitalinos. No queremos decir con esto que los plantones o marchas no sirvan para nada. Sólo no sirven para todos. El Sindicato Mexicano de Electricistas pudo con su plantón en el zócalo, lograr la “toma de nota” y la recuperación de sus recursos económicos. Bien por ellos. Pero no es el triunfo de las masas y el despertar mexicano que todos parecen esperar.

¿Entonces qué queda?¿Un “performance” para “despertar” a la gente sobre su realidad? ¿Obras de teatro callejeras? ¿Actividades lúdicas? En el metro a diario podemos encontrar algo así. Suena increíble pero esta ciudad nos ha quitado nuestra capacidad de asombro. Vivimos con la sensación de haber visto todo y así nos lo hacen saber los lugares comunes: “En México cualquier cosa es posible” “Esas cosas sólo se ven en México” etc.

Y para terminar, nos es imposible ponernos de acuerdo. Tan sólo para darnos cuenta de la magnitud de este asunto, hablemos del movimiento de indignados en México, de reciente creación que ya cuenta con diferencias entre quienes se asumen como tales. A los que intentaron “ocupar” San Lázaro se les dice que quieren una posición política a futura y que sólo son reformistas, los que “ocuparon” Televisa fueron acusados de participar con Morena(el movimiento de López Obrador) y de inmediato los que “ocupan” la Bolsa Mexicano de Valores se deslindaron de ese movimiento. Eso bien puede hablar de nuestra poca facilidad de crear acuerdos o simplemente de algo peor: en la ciudad no confiamos en nadie. O mucho peor: siempre hay alguien que se cree más listo que todos capaz de colgarse de cualquier movimiento. No se trata sólo de diferencias políticas, sino de temor a la trampa, al engaño a ser usado. En esta ciudad vivimos así. Es una lástima. Con la guardia puesta, sin asombro y con la capacidad de sobrevivir a la rutina. Con manifestaciones todos los días, y con el gobierno que ya se sabe ese juego.

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Cortesía de Fenix

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