2011

La ciudad inmóvil

Dice Paul Virilio que cada vehículo, cada máquina, lleva consigo su propio accidente, su propia tragedia inminente. El siglo XX, es el siglo de los grandes accidentes: de los transatlánticos, de los dirigibles, de los trenes, de los automóviles. La revolución industrial mostró nuevamente esa fascinación por las máquinas, por la velocidad. Tan solo hay que ver este fragmento, del creador del manifiesto futurista( un llamado a creer en la belleza de las máquinas), Tomasso Marinetti:

Sin duda habréis oído los comentarios que suelen hacer los propietarios de automóviles y los directores de fábrica: “Los motores dicen, son realmente misteriosos…Tienen caprichos, extravagancias inesperadas, parece que tengan una personalidad, un alma, una voluntad. Hay que acariciarlos, tratarlos con cuidado, no maltratarlos nunca ni fatigarlos en exceso. Sí así lo hacéis esta máquina de hierro fundido y de acero, este motor construido según cifras precisas os dará no solo todo su rendimiento, sino el doble, el triple, mucho más…”

Aun así, es curioso, indigno, y casi una maldición para los sueños y deseos que muchos pretendían ver cumplidos por medio de esta revolución industrial el destino triste del automóvil y su relación con la ciudad. Su más notoria tragedia no es producida por su rapidez sino por su inmovilidad.

La ciudad, el espacio que busca siempre ser el exponente de la velocidad, de la inmediatez y el progreso mecánico, no es capaz de lograr que uno de sus símbolos de progreso funcione.

La ciudad de México es así una burla de sí misma. Se estima que uno de cada diez trabajadores del valle metropolitano pasan al menos 3 horas de su tiempo en el tráfico, durante el translado a su trabajo. Este es un asunto ya de salud pública. El tráfico produce strés, desesperación, angustia, precisamente por incumplir el deseo que siempre promete satisfacer un coche: la rapidez.

El problema es gravísimo a estas alturas, dónde ya se habla incluso de índices de “sufrimiento de conductor”, dónde la Ciudad de México ocupa el primer lugar . Ante la gravedad del problema las soluciones deben ser radicales. Construir más vialiadades no es una solución adecuada ya que agrandece el problema y lo hace cada más irresolvible, dado que habrá un momento en el que simplemente no habrá espacio para más. En cambio se debe dicentivar el uso del automóvil y crear mecanismos y un sistema a largo plazo que tome en cuenta otras formas de movilidad. Lo que implicaría, incluso, que asumiríamos la realidad actual del automóvil, ya no como objeto de progreso, sino como fuente de una desgracia continua. Lejos del “hoy no circula” para ciertos vehículos que cumplen ciertos requisitos ambientales( en el supuesto caso de que realmente los cumplieran y no cayeran en la corrupción los centros de verificación ), se debería promover un hoy no circula obligatorio para todos los automóviles o al menos(solución insuficiente) para las instancias de gobierno, como ya ocurre en ciertos municipios y entidades del país.

Esta ciudad inmóvil, el sueño frustrado de la máquina a la que pretendían otorgar un alma, nos ha llevado a esto. Julio Córtazar lo decía bien, cuando explicaba el por qué realizó el cuento Autopista del Sur, en el que se narra un embotellamiento ficticio:

“los atascos y los embotellamientos automovilísticos son uno de los signos de esta triste sociedad en que vivimos, y uno de los signos más negativos, porque crea una especie de contradicción con la vida humana, es decir una especie de búsqueda de la desgracia, de la infelicidad, de la exasperación a través de la gran maravilla tecnológica que es el automóvil, que debería darnos la libertad y que vuelta a vuelta nos está dando las peores consecuencias. “

Cortesía de Fénix

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