2011

La crítica a nuestras fallas

En un gran número de culturas, el honor de la familia estaba primero, antes que el individuo, y si bien tachar a uno de sus miembros de ladrón, prostituta, etc., causaba molestia, tambien es cierto que las acusaciones primero se investigaban.

De resultar ciertas, a ese miembro de la familia se le desterraba, o si le quedaba honor, se autoexiliaba o terminaba con su vida. en Europa los padres entregaban a sus hijos e hijas a las autoridades cuando habian manchado el honor de la familia, y se hacia público el desprecio. En la India la autoinmolación (prenderse fuego) era una manera de lavar la afronta. El Sepukku, o Harakiri sería su equivalente japonés.

La metodología es extrema y discutible, pero quedaba de facto algo: todo miembro de un grupo debe comportarse según lo indica su sociedad. Hasta hoy en día, los japoneses miran con desprecio y en conjunto, a quien rompe las mínimas reglas de civilidad (no separar la basura, ocupar lugares que no corresponden en el metro o el autobús). En varias partes de Europa, quien no hace su trabajo, se espera que renuncie.

La expectativa de un buen comportamiento es bilateral: la sociedad y sus gobernantes, esperan del individuo un mínimo comportamiento decoroso, y el individuo exige de la misma sociedad y dichos gobernantes un mínimo de congruencia y decoro.

Desde que decimos que podemos saber que un familiar es ladrón, tramposo, timador, o lo que sea, pero no podemos soportar que otros lo señalen, estamos mal. Es una total falta de responsabilidad; si sabemos que un pariente está haciendo las cosas mal, ¿Porqué hemos de seguir permitiéndoselo?

Las consecuencias de sus actos no desaparecen jamás, y es inevitable que cuando dicho pariente acaba en la carcel, descubierto o muerto por sus acciones, el resto de la familia es para siempre marcada como criminal también: cada miembro de la familia se vuelve “uno más” de esa bola de indeseables. El encubrirlo no sirvió de nada y si marcó para siempre la reputación del resto de la familia. Adiós oportunidades de trabajo, futuras amistades, desarrollo.

Si un autor extranjero adquiere la nacionalidad mexicana, es porque se siente agradecido, identificado con esta nación, desea volverse parte de ella. Y por el mismo agradecimiento, adquiere una responsabilidad que parece ser que no poseemos: la de la autocrítica, o la crítica en general, el disgusto cuando las cosas no se hacen bien. Es más patriótico un extranjero radicado en el país que critica el sistema, porque sabe lo que está mal y lo indica para llamar hacia el cambio, que cualquier político bañado en sudor y lágrimas durante un discurso de campaña prometiendo empleos. El primero lo hace por amor al lugar que lo cobija; el segundo por obtener el mayor beneficio y después correr dejando a todos en la miseria.

Una crítica a nuestras fallas debería ser motivo de vergüenza, una causa para el autoanálisis y la búsqueda de soluciones, no una causa de ofensa y arrebatos dizque nacionalistas que no benefician al final a nadie. Parafraseando una entrevista a nuestro único oriundo premio Nobel de Química, se fue de México no porque no amara su patria, sino porque su patria no fue capaz de responderle cuando buscó apoyo a sus investigaciones. México está mal, a nadie le cabe duda, y menos fuera de este país. Podemos seguir tapándonos los ojos y gritar fuerte mientras el país se cae a pedazos, o empezar a escuchar las voces de otros, más viajados y vividos, que realmente buscan que este sea un mejor lugar.

Cortesía de Nemo

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