2011

Una mochila repleta de sueños.

Sus pasitos son cortos y cuando esta alegre los intercala con saltitos que da con los pies juntos. Lleva en la mano dos muñequitos de un mismo personaje: Woody, es ahora su favorito. Él se lava la cara y hace lo mismo con los muñequitos, incluso se cepillan los dientes.

Quien sabe que mundo recorra con esos piecitos, que mundo vea a través de esos ojitos bien abiertos, a veces tengo una idea porque es contagioso, y es un mundo donde no hay ningún extraño, en el que regalas un “hola” acompañado de un sonrisa, y agitas una manita para despedirte de esa persona que se atravesó en tu vida, un instante apenas suficiente para sonreírle.

Una mochilita del Rayo Mcqueen es arrastrada por su rechoncha manita, no acepta ayuda y ni para llenarla ni para transportarla.

En un principio pensé que ahí cargaba solo los juguetes que le gustaban, la cobijita que abriga, el gorro que habría de usar, su vaso para el jugo…pero no, es una mochila repleta de sueños, suyos y míos.

Sueña que tiene que vender tamales y envuelve a Woody en la cobijita, lo echa al hombro y se va anunciando su venta en un idioma que empiezo a conocer, y sé que dice: “tamales para niños, a cinco, a cinco”

Sus sueños no se reducen solo a esa imaginación que le hemos fomentado, no, también tiene sus propios sueños, esos en los que desconozco exactamente que es, pero abre su mochila, me ofrece un vaso y bebo algo imaginario, después me pide que lo cargue, me abraza y me da un beso.

Llevo más de dos años soñando cada hora, cada instante. Me entrega sonrisas, algo que tomar de buen humor, además me enseña a cuidar mis palabras, nadie como él me ha enseñado a pensar mejor lo que voy a decir.

Subimos al auto, acomoda su maletita, se sube a su silla, se deja asegurar y pide a su Woody y una cobijita, quizá duerman.

“Canta conmigo”, le pido e imita mis palabras, mis gritos de rockero frustrado, de ranchero sobrio…me siento acompañado, pero también me pide “bany a favo” y he de poner su música.

Estoy cansado así que me abandonó en el sofá, la hielera esta cerca acomodo mis pies sobre ella, pues él esta en el otro sillón, él me ve, va a mi lado y también sube sus pequeños piecitos sobre la hielera…le doy un jugo para que no mire con envidia mi cerveza.

Es un equilibrista nato, apenas aprendió a caminar intenta mantenerse en equilibrio sobre un cajón, sobre su león que es una andadera, sobre el respaldo del sillón, creo que mis sustos son inversamente proporcionales a sus carcajadas cuando salta.

Yo creo que todos esos momentos también los carga consigo en esa mochila, y es que a veces me toma de la mano y voltea a verme solo para sonreírme.

Yo creo que a todos nos cae bien portar siempre una mochila repletita de sueños, apachurrados, metidos casi a fuerza, así nada nos cuesta regalar un hola, una sonrisa. Mauricio me ha enseñado muchas cosas, y recordado tantas que había olvidado entre el ajetreo de convertirme en adulto, una de ellas es sonreír… incluso sin importar que acabamos de llorar.

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