2011

Crónica de un asalto rápido

Era viernes en la tarde y primera vez que salía relativamente tarde del trabajo en día tan sacro; y a tan solo dos días de mi cuarto aniversario en dicha chamba, donde de harina y huevo por esos largos cuatro años utilice el socorrido sistema de transporte colectivo metro.

Tome la ruta acostumbrada, y llegue a la terminal Cuatro Caminos, mejor conocida como Toreo (en honor a un ex-toreo que ya demolieron) Durante estos cuatro años me toco escuchar y otras ocasiones hasta ver, lo difícil que es andar por ahí entre asaltos y más asaltos. Un paradero en las orillas del EDOMEX con el DF, sumamente conflictivo, invadido como cáncer de vendedores ambulantes que les vale madre el uso original de los pasillos y escaleras, y donde parece que traen una competencia entre ellos por ver quien grita más feo y fuerte.

Dejando a un lado la basura, los cientos de gritos, los cincuenta locales comerciales en desuso pero que sus rejas son usadas como aparadores para los ambulantes, el tumulto, la mercería de fruta, churros, periódicos, calzones, policías corruptos y hasta indigentes; me encamine al ultimo anden, de donde sale la camioneta tipo “combi” que jala para mi casa.

Me subí con la inocente sensación de que una vez más, me libre de todo ese hedor; me acomode tranquilamente al interior de la combi en mi esquina predilecta, a esperar el turno de dicha camioneta para que iniciara su trayecto, abrí la ventana y me acurruque. Hasta aquí la monotonía de mi día a día, cuando de pronto, un mal parido hijo de su desgraciada madre, se subió con rumbo directo hacia mí; saco una navaja de uso industrial y exigió la entrega de mi celular.

Yo, tal cual hombre precavido, le entregue uno “Fake” que llevaba por si un día me tocaba ser victima de un tipejo de esta calaña; pero vaya sorpresa – No, ese no, el otro – fue la orden. O sea que el infeliz ya me había visto el smartphone o yo qué se, pero me pidió el equipo funcional y de mucho más valor. Entregue mi teléfono resignado y el desgraciado se bajó inmediatamente.

En menos de 10 segundos se colocó a un costado de mí (por fuera de la combi, pegado a la ventana) – Y me voy a quedar aquí, pa’ ver que no te vayas a bajar – me espetó con un tono agresivo, como si el retrasado mental supusiera que se me antojaron una papitas y me iba a bajar por ellas. Todo, en medio de un tumulto de gente ensimismada y anónima, de los cuales algunos hasta más espantados que yo; por su puesto que heroicamente nadie hizo nada. Comprensible.

¿Y algo parecido a un policía? Ja, hay como uno por cada kilómetro cuadrado y solo de vez en cuando, obvio que ni cerca estuvo uno. Todo esto me recuerda aquella pregunta ¿Qué tan solos estamos? Los expertos me aseguran que me fue fresa, mientras que los fresas me aseguran que no me fue tan mal.

Solo soy un anónimo más, de una larga lista que parece no tener fin, pero que agradece a Dios que todo se limitó a la perdida material y nada más ¿Qué tan solos estamos?

Cortesía de Raul

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