2011

El origen del día de los inocentes

Todos sabemos que son razones bíblicas. Un día Herodes para acabar con el futuro rey de los judíos, decidió matar a todos los niños, pa´ no errarle. Algo así esta el chisme. Entonces los creyentes, asustados recurrieron al único que podía salvarlos, el único que hasta estas fechas es el hacedor de los imposibles, cura desde un dolor de muelas hasta un cáncer avanzado, sí, hablo de dios.

Entonces a dios le dijeron sus preocupaciones y temores.

Dios en su infinita misericordia y bondad, los despreocupó: no teman, le dijo, yo evitaré que se derrame sangre de gente inocente, sobre todo de niños que ni conciencia ni pecado tienen.

Fueronse los creyentes de regreso a la aldea, confiados y sonrientes, más horrorizados vieron a su regreso, que sus pequeños vástagos habían sido masacrados, ¿se imaginan el dolor que debieron sentir?

Nada pudieron hacer contra los soldados de Herodes, la sangre corría en la plaza principal, las mujeres chillaban y algunas del dolor se arrancaban trozos de cabello, algunas casas ardían, el olor a sangre, polvo y cuerpos chamuscados merodeaba el ambiente.

Indescriptible es la escena que vieron a su regreso, los que fueron a suplicar a dios que protegiese a sus hijos, ver a sus mujeres correr de un lado a otro con un pequeño entre los brazos, la sangre chorreando y el cuerpo aún flácido y tibio.

Llenos de rabia y dolor, los más osados, se lanzaron contra los soldados, no buscaban venganza, sabían que era inútil, no podrían con ellos, fueron a buscar camorra porque querían morir también. Un soldado recibió un golpe de piedra en la quijada, agradecido le obsequió el filo de su sable al aldeano que cayó con la garganta abierta.

La calma llegó después de la tormenta, el humo negro se disipo y dio paso a ese humo menos denso, blancuzco, que anuncia el final del combustible.

Una comisión, más pequeña que la anterior, llegó nuevamente a charlar con dios- en aquel entonces dios si charlaba- cabizbajos, conteniendo las lagrimas de rencor dijeron: Señor, tu sabiduría no tiene limites, tu bondad no conoce restricción alguna. Nosotros tus humildes siervos que vivimos solo apara adorarte, te rogamos señor, te rogamos que protegieses a nuestros hijos señor, tú nos regalaste tu palabra de hacerlo, no necesitamos decirte lo que nuestros ojos vieron a nuestro regreso…señor…y aquí el interlocutor rompió en sollozos.

Dios, sereno, adusto como es su costumbre, amplió la comisura de los labios para mostrar una sonrisa hermosísima y dijo:

“Inocentes palomitas que se dejaron engañar”

¡Hazme el chingado favor!

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