2012

Yo, bi

Bisexual. La palabra a veces no alcanza, pero acomoda, en gran medida porque no me interesa buscarme una clasificación, no me interesa saber si soy queer, heteroflexible, homoflexible o bisexual. La verdad es que con mi nombre basta.

Sin embargo he lidiado los últimos años de mi vida con la duda ajena, que divierte cuando no se expresa verbalmente. Me explico, la gente no sabe cómo tratarme después de verme en un antro de ambiente gay “¿será?” se preguntan, y luego, encontrarme en el cine con mi pareja mujer, a veces, se apenan al saludarme, como si me fueran a sacar de algún clóset en ese momento o bien me ven con ojos como platos porque nunca se lo imaginaron.

Y pienso que es aquí donde radica el problema: en la imaginación. Los seres humanos, además de sentir una pasión irrefrenable por clasificar todo, y a todas las personas meternos en cajitas, frascos, peroles, alambiques o cualquier cosa que nos separe del resto, y ponerles etiquetas bien grandotas; carecemos de imaginación. El mundo normado en la normalidad, es un mundo gris, pinche, donde el poder se ejerce de una manera más o menos cómoda y se desprecia de una manera más o menos conveniente.

¿Por qué digo que se desprecia? Pues porque el poder del conocimiento, el poder de la emancipación y el poder de la rebeldía nos negamos sistemáticamente a ponerlos en práctica. La resistencia, pues, es un ejercicio que nos prohibimos.
Si soy gay y hay lugares para encontrarnos los gays, bueno ¿qué más queremos?, ¿marchar? ¿Mostrarle a la homofobia nuestra linda cara? No gracias.
Si soy gay, sé por cuáles calles puedo tomar a mi novio de la mano, sé cuándo no hacerlo público en la intimidad de la sala de la casa materna. Si soy mujer digo que los derechos están muy bien, pero que, por favor, no me confundan con una de esas brujas feministas. Y si soy hombre no precisamente soy machista.
O por otro caso, soy hombre, asumido heterosexual y esas cosas me valen porque no me afectan, porque yo soy “normal”, las reglas son mías.
La militancia del cuerpo, en definitiva no está de moda en lo profundo. Somos víctimas de nuestra propia desgana, porque el poder, ciertamente, y quienes lo ejercen, tienen muy claro que hay que ponerle la máscara del diablo. Y eso nos mata la imaginación.

Nos mata el ver a la otra persona con todas las posibilidades amorosas y eróticas, y si se nos muestras así, la envidiamos, la ignoramos o bien, practicamos un escepticismo ramplón.

He sido señalado. Me han dicho homofóbico de clóset, gay de clóset, buga de clóset, anormal, indefinido, inmaduro, “te respeto pero…”. Creo que nadie aún me llama monstruo o bicho del mal.
Bisexual, si no les molesta, a mí tampoco. Gracias.

Después me di cuenta de que era difícil para la gente preguntármelo. Esa necesidad de saber. Si yo decía buga, bueno, el chiste homofóbico, el comentario inoportuno se daba en menos tensión. Si decía gay, entonces, la cosa cambiaba, me podían tirar la onda, jotear conmigo, agarrarme las nalgas, pero… si no yo decía que soy, la gente se rascaba la cabeza. Soy anormal.

Pero elegí la palabra bisexual porque implica cierta pertenencia a algo, al menos a las siglas LGBT, esa B, que parece un bonito y panzón adorno en la práctica, nada más.
¿Por qué cuando digo bi, la gente se sigue rascando la cabeza?

Me imaginan con un hombre y una mujer en cada mano, haciendo triadas perversas, incapaz de sentir amor por nadie más que por mí mismo y además siendo el favorito vehículo transmisor del VIH y otras infecciones.

Pero entonces por qué no renunciar, por qué no asumir alguna de las otras identidades y dejarme de rodeos y malas pasadas.

Simple, porque no eran mis identidades.

Si bien crecí con una identidad heteronormada, parte de mi rebeldía contra el mundo, de mi resistencia ante esto, fue precisamente asumir que podía sentir amor maduro por una persona igual que yo. Siempre lo supe, pero nunca lo dije, mi rebelión fue, entonces, decirlo. Y me gané muchas desconfianzas.

Tengo la certeza de que las personas asumidas bisexuales o queer, en el caso genérico, no somos tomadas en serio. Parte de este mirar de soslayo social que sufrimos, lo atribuyo a la carencia de elementos identitarios propios.

No hay puntos de encuentro o lugares precisamente bis, salidos de una necesidad identitaria de mostrarnos al mundo, como en el caso de lugares gays, lésbicos o trans, tampoco me atrevería a decir que los espacios bugas sean identitarios, pero ese es otro tema.

No hay un signo de identificación, como el famoso gaydar (de radar) u olfato gay. O bien, tribus como los osos, las y los leathers, donde agruparnos.

Y esto es, pienso, porque la práctica bisexual es eso, una práctica: yo no bisexualeo como otras personas jotean, yo no soy afectado en mis derechos fundamentales si me besuqueo en la calle con mi pareja mujer. Pero, si quiero, joteo y si quiero, me besuqueo en la calle con un hombre y es cuando tiene lógica sumarme a un movimiento identitario.

Eso y no sólo eso, me sumo, bueno las y los bis se suman, por un asunto de reivindicación: somos las personas más estigmatizadas.

Desde la ciencia, desde las políticas públicas, desde las ciencias sociales, desde el activismo mismo. Somos víctimas de un cierto rencor. Somos, entonces sujetos de una de las discriminaciones más sutiles.

He oído decir a respetables e históricos líderes sociales del movimiento gay que la bisexualidad “son mamadas”. Y a otras líderes igualmente respetables del movimiento trans asentir gravemente a la anterior joya reflexiva.

Pero eso sí, que en el LGBTTTIPQH2OPiX2 al cuadrado y las letras que se agreguen esta semana, no falte, por amor de Dios, la B, porque entonces nos volvemos invisibles. ¿Más? Por favor.

Es a partir de estas reflexiones que decido militar en esta incómoda medianía. Porque sí, soy un chavo al que le gustan otros chavos y no soy gay, ni me interesa serlo. Porque sí, he tenido relaciones con mujeres y no me interesa vivir en la presunta normalidad. Porque soy susceptible de enamorarme de mujeres y hombres. Porque las posibilidades son todas, las prefiero todas. No quiero probar el helado napolitano, quiero probar los 40 sabores de la nevería y además, combinarlos.

Pero hay un sistema de poderes que no me lo permite, desde sutiles, ya lo decía, formas de discriminación: el desprecio a mi práctica y la descalificación de las intentonas identitarias; la burla, la incomprensión y el machismo rampante, el estigma, la desconfianza. Pero sobre todo, la incapacidad de entender mi otredad. La incapacidad de entender otro mundo, otra forma, otra persona, otra verdad.

O sea, la capacidad de imaginar.

Y es por ello que sigo aquí. Porque ante todo creo en el poder de la imaginación. Creo en la capacidad de sorprenderme, de sorprendernos, que vaya de la mano de la capacidad de indignarnos. No me acostumbro a los comentarios ni a los actos que cuestionan mi derecho al placer, mi derecho a elegir cómo amar. Mi sacrosanto derecho a ser feliz.

Porque además estoy convencido de que el amor nunca, nunca, es inmoral.

¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de Hebert

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