2012

Muerte

Si quieres hacer algo, por lo cual te recuerden, entonces, asesinar es una buena opción.

Habrá algunos que digan que la vida no cambia, que para ellos siempre ha sido igual, que ellos son arquitectos de su destino, maestros de sus enseñanzas. De pronto, te topas con la muerte, esa amiga aliada de la vida, siempre tan inoportuna.

Avanzas a pasos lentos, cansado, distraído, la vida es una rutina, es un ir y venir de sentimientos. ¡Estas enamorado! crees tenerlo todo, vivir y disfrutar. El tiempo siempre hace su trabajo, nunca es tarde ni temprano, solo justo.

Vas de la mano con un niño, es tu hijo. Ahora te preocupas por la vida, ya no eres impulsivo, corriente. Quieres protegerlo, ser su escudo, darías tu vida por él, pero no quieres morir hasta verlo crecer, ¡que ironía!

Ayer atropelle a una señora, iba con dos niñas, supongo que eran sus hijas. El grito de dolor que emanaba de la boca y las entrañas de aquella desconocida, tendida sobre el pavimento, con la mirada fija en aquellas dos niñas, las observaba y de aquella acción, encontré compasión, como pidiéndoles perdón, una disculpa. Entonces no supe porque era el grito de dolor, al parecer no le dolía nada más que aquella mirada.

La mujer tardó un minuto con diez y siete segundos después del impacto, para morir. Entonces ya no hubo gritos, tampoco silencio. El sollozo de las niñas, el cuchicheo de la gente chismosa, morbosa que pretende ver el cuerpo inerte, contar los huesos rotos, horrorizarse por la cantidad de sangre, ver las entrañas a un costado de aquel bulto, que momentos antes, era una señora con sus dos hijas, iban al cine, la más pequeña quería ver esa película de estreno, pero un tipo con una camioneta les acorto el destino, el camino. Ahora tenían una escena de terror, de muerte, de desesperación.

Una ambulancia llego a la escena, una mujer joven, bonita, con el cabello recogido, enfundada en aquel traje azul con rojo, bajaba desesperada, con una impaciencia por llegar al cuerpo y ayudar. Al momento que hizo contacto con su mirada, esta cambio, había desesperanza, tardo un segundo en reaccionar, siguió corriendo, intento hacer una maniobra para resucitarla, intento usar un aparato con un par de placas metálicas, esas que dan descargas de electricidad. De pronto un tipo la sujeto por la espalda, le decía algo, ella recogió sus cosas y camino rumbo a las pequeñas. Ahí, en ese instante, hubo otra vez esperanza.

Un par de policías que no denotaban más aberración a ese trabajo, me interrogaban. El tipo con un claro sobrepeso y una dificultad para respirar, en un movimiento torpe, desenfundo las esposas, quiso ponerla sobre la muñeca de mi mano izquierda, en un acto de reflejo, la quite, sentí un golpe en la cabeza, el policía que acompañaba al tipo gordo, había sacado su pistola, se sentía actor de Hollywood, me tiro al suelo. Al parecer nunca habían puesto unas esposas, parecían torpes, lentos.

Me subieron a una patrulla y prendieron la sirena. El agente de seguros me decía que iba ir por mí, que no pisaría las celdas, el ruido era insoportable, la patrulla empezó avanzar, las miradas de aquellas dos niñas se sincronizaron y me observaron, me gritaban en silencio.

Tal vez con el tiempo logré olvidar aquellas miradas, pero estoy seguro, que ellas no olvidaran la mía, la mirada del que les robo la vida de su madre, la mirada de un asesino.

¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de Aza

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