2012

Estrictamente personal. Gente.

Les voy a contar algo increíble: estamos rodeados de gente. Asombroso ¿no es cierto?

A veces el ajetreo diario del convivir no nos permite recordar algo tan significante. En una avenida un automovilista no respeta una señal, se atraviesa y nos molestamos. En el autobús hay un tipo que tiene la férrea convicción de que no hay diferencia entre hombre y mujer, y no cede el asiento, es molesto; el chofer del mismo autobús avanza del primer al tercer carril con temeraria cautela y es el director de una orquesta de cláxones que no se hace esperar.

Hay un funcionario público que nos hace esperar, nos atiende con prisa inusitada, aparentemente es la hora de salida, pero increíblemente va llegando, quizá sea la hora del almuerzo.

Nos molestamos y algunos somos más viscerales que otros o sencillamente hay una gota que derrama el vaso y nos olvidamos que es sencillamente gente la que nos rodea, falibles igual que uno mismo, con defectos, pereza, imprudencia, desgana, prepotencia y una larga lista de etcéteras que se acumulan y nos ha tocado presenciar.

Nos olvidamos que ellos, al igual que nosotros son más que gente, personas comunes; tratamos con seres de igual a igual, la vida no esta llena de virtuosos que esperan a la vuelta de la esquina.

Sucede que lo olvidamos, olvidamos que nosotros nos pasamos el alto alguna vez, que cambiamos de carril y el punto ciego del retrovisor no nos permitió ver al conductor de ese carril y el susto que se llevó; nos olvidamos que somos un peatón con prisa o que también la rutina del trabajo nos ha causado tal hastío que la desgana nos vence, al igual que a cualquier persona que nos atiende.

Nuestras razones son válidas sólo para nosotros, los demás actos similares no admiten perdón, sencillamente porque no los cometimos nosotros “me paso el alto, pero siempre lo respeto; sólo que esta vez llevo prisa”. Alguna vez de noche me pasé altos y semáforos en rojo, circulé en sentido contrario para evitar los carros que esperaban la luz verde, hice cambio de luces para apresurar al que iba enfrente, todo por supuesto a un endemoniado exceso de velocidad, rogaba que se apareciera una patrulla y no apareció… en mi carro una persona se desangraba, la prisa era llevarla al hospital mas cercano (llegamos a tiempo, por cierto). Suelo pensar en aquella noche mientras manejo y veo la prisa de alguien más.

Todos somos iguales, sólo que esperamos de los demás un dechado de virtudes y no simples mortales como nosotros.

Nos olvidamos que ellos, nosotros, todos tenemos alguien que espera o esperamos a alguien.

Somos gente olvidando gente.


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