2012

Vae victis!

El verbo vencer (1) tiene diversas connotaciones , entre las cuales está sujetar, derrotar o rendir al enemigo; superar las dificultades o estorbos y, dicho de una persona, el reducir a otra de modo que sigua su dictamen o su deseo.

Por lo tanto la palabra “vencidos”, cumple la función de participio adjetivo plural, y se aplica a aquellos que son derrotados, aventajados, que no superan las dificultades, y que son reducidos de modo que siguen los dictámenes de los vencedores.

Podemos sentirnos vencidos o no; sin embargo, esta palabra tiene un sentido preciso, pues en ninguna de sus connotaciones hace referencia a la subjetividad del individuo, es decir; si nos doblegan para ejecutar la voluntad de otro, hemos sido vencidos, sin ahondar en como pretendemos presentarnos a nosotros mismos las circunstancias para no sentirnos derrotados, pues este adjetivo es el que implica el concepto de estar deprimido y tener el ánimo vencido, según el diccionario ya citado.

Así las cosas, no podemos más que afirmar que todas las veces que reducen nuestra voluntad (es decir, a través de la fuerza, sea esta la fuerza de las armas, de la autoridad o de la rutina) nos han vencido; todas las veces que se nos impone un estilo de vida que no nos parece, o que caemos en los juegos falsos de las apariencias sociales, o bien que estamos forzados a realizar actividades que no nos satisfacen, estamos vencidos. Por supuesto que buscamos racionalizar esto y decir que la necesidad de sobrevivir, de progresar y de salir adelante es lo que nos impone estas obligaciones y que, por tanto, el poder entrar en ese juego es vencer. Incluso otra de las connotaciones de la palabra vencer es sobreponerse a las emociones y pasiones y sujetarlas a la razón. Pero a esto hemos de responder, ¿la razón de quien? porque si asumimos que sólo podemos sobrevivir al entrar en ese juego de la rutina, de las falsas apariencias, del consumo, de la búsqueda de más recursos económicos, entonces quiere decir que todas esas racionalizaciones no provienen de nuestra reflexión, sino que nos han sido impuestas, y que han reducido nuestra razón a la razón de los demás. Y en ese sentido, no estamos más lejos de aquella jauría de perros donde sólo el primero que ladra sabe por qué lo hace, pues sólo el que impone sus condiciones, el vencedor, sabe por qué nosotros hacemos las cosas.

A menos que nosotros decidamos las condiciones de nuestra vida, no vamos a progresar ni a avanzar, porque seremos los vencidos. Es falaz que sólo al entrar al juego de la corrupción, del dinero y del tráfico de las influencias se pueda sobrevivir. El precio de hacer lo que se desea, de seguir la propia búsqueda de objetivos, lo habrán de pagar, en todo caso, precisamente aquellos que no doblegan nuestra voluntad ni se aprovechan de nuestro esfuerzo, pues en nuestro juego, nosotros ponemos las condiciones.

Relata Tito Livio (2) la invasión que sufrió la ciudad de Roma a manos de los galos; al caer la ciudad, el líder de los galos, Brennus, exigió a Quinto Sulpicio, tribuno militar, el pago de mil libras de oro para liberar la ciudad. El oro fue traído y pesado en una balanza proveída por los galos, la cual estaba amañadas, a manera que marcaba un peso menor al real. Cuando Q. Sulpicio se dio cuenta de esto, reclamó a Brennus, el cual desenvainó su espada, la arrojó sobre la balanza, y exclamó: “¡Ay de los vencidos!”(Vae Victis!), palabras que los romanos recordaron para darse cuenta que, en efecto, el vencido no tiene derecho a nada.

1. Esto según la vigésima segunda edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
2 .Historia Romana de Tito Livio, primera década, quinto libro.

Cortesía de Fénix

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