2012

Un día por la mañana

Desperté agitada, sudando, con el corazón acelerado. En mis sueños un tipo me perseguía, me gritaba cosas obscenas, me quería violar. Baje de la cama, siempre por el lado izquierdo, busqué con las puntas de mis dedos de mi pie derecho, las pantuflas, aquellas que me acompañan siempre al baño, las mismas que me regalaron hace mucho tiempo, dulces veintiún años. Nunca camino con los pies descalzos, pues a pesar de que el termómetro indique una temperatura alta, las plantas de mis pies se ponen frías, muy frías y con ello trae una sensación de resfriado a mi cuerpo. Cuando por fin alcancé el par, me puse primero la derecha, seguida de la izquierda, me aseguré de que mi pie derecho fuera el primero en tocar el suelo, por aquello de las malditas supersticiones baratas, era un hábito, nunca bajaba el pie izquierdo ni por error.

Camino al baño choque con la mesita dónde tengo mi vieja máquina de escribir, la misma que todo mundo decía que era un estorbo, pero no iba a tirar una parte de mí, pues con la ayuda de esta, plasme las mejores palabras que pude escribir en algún lado; me dolió mucho el dedo chiquito de mi pie, grité como poseída y quise llorar, una lágrima recorría mi mejilla, para después terminar en mis labios, que para ese momento ya esbozaban una sonrisa, pues momentos antes dije en voz bajita una palabra que me causaba mucha gracia, “pendeja”. Reía como loca, ahora ya no estaba poseída, ahora estaba loca y, me gustaba.

De pronto me vino a la mente cuantas veces me he golpeado con aquella mesita, no encontré un número exacto, pero lo más atinado fue pensar que muchas. Entonces decidí encontrar una solución, encender siempre el interruptor de la luz, debería servir, no recorrer más aquel camino al bendito baño, a oscuras, como siempre. Aquello era una costumbre que tal vez sería difícil quitar, puesto que para dormir siempre cerraba las cortinas, unas cortinas grandes y gruesas, de esas que no dejan pasar ni un hilito de rayos del sol, mucho menos la luz de la lámpara que estaba casi casi en mi ventana, pero que estas alcanzaban a taparla.

Entre al baño y antes de bajar mis pantaletas, recordé que ya no había papel, así que dí unos pasos más a la izquierda, abrí la compuerta y saque un par de estos, destrozando la bolsa que los contenía, uno para ponerlo en el rodillo y otro para ponerlo sobre el contenedor de agua que a su vez la hace de respaldo en el baño.

Ahora sí, baje mis pantaletas y de pronto, demonios, un jalón que me dolió hasta el alma. Algo había estirado mis vellos púbicos con demencia, entonces, inteligentemente pensé que había sido yo misma al bajar el calzón, pero no, había algo más, sangre.

Me había bajado, después de 20 días de retraso. No sentí, y la sangre seca, hizo que se pegarán mis vellos con la tela, ahí estaba la explicación de aquel jalón. Terminé de hacer pipí, limpie un poco con el papel higiénico mi área privada y mis vellos. No quería meterme a la regadera, así que tome la toallita para las manos y abrí la llave caliente del fregadero, deje que el agua fluyera hasta estar calientita y, entonces metí aquella toalla y me limpié la sangre.

Después de aquel ritual de limpieza, me volví a sentar en la taza y sonreía nerviosa, como esas veces que no sabes que más hacer, y te quedas quita, muda, pero yo tenía sueño, y aquella escena me hacía parecer muy tonta, ya me veía dormitando sobre la taza del baño, con una toalla llena de sangre sobre mis piernas, vaya escena.

Tenía flojera de ir hasta la cama, la cual, seguramente se encontraba manchada y no había comprado pinol, que era mágico en aquellas situaciones, siempre quitaba cualquier rastro de sangre, pero el ayer que fui al supermercado, olvide comprar un par de cosas más, toallas sanitarias y pastillas para dormir.

El camino a mi cama, fue pesado, iba sin calzones, con una toalla llena de sangre en la mano, de pronto me quite la blusa, también estaba manchada y pase mi articulo de limpieza sobre mis pompis, listo, estaba limpia y mi cama me esperaba, quería seguir durmiendo hasta mediodía.

Tome el celular y mande un mensaje de texto, corto y sencillo, “Ya me bajo, no seré mamá, por ahora. No te preocupes.”, después lo puse en modo silencio y fui al ataque sobre la cama y las sabanas.

A pesar de no ver nada en aquella penumbra, fui muy ágil para quitar todo e hice un taco grandote, me dio un poquito de asco al pensar que era uno de sangre, aunque después de eso me dio mucha risa, volví a reír como loca, me acosté de ladito, para no mancharme con la sangre que yacía sobre el colchón. Creo si me bajo mucho, pues este, tenía una gran mancha rojiza, pero me dejo un campito en el cual, acomodé perfectamente mi cuerpo, lo más inteligente que se me ocurrió, fue poner las colchas sobre aquella sangre entre coagulada y fresca que invadía mis aposentos.

Abracé aquel gran taco con cariño, con melancolía quizá, no lo sé, pero lo abracé lo más fuerte que pude y no lo quise soltar, no quería dejarlo sólo, ni sentirme sola.

Intenté quedarme dormida pero no podía, mientras, unas cuantas lagrimas rodaban por mis mejillas, ahora mi almohada estaba mojada, pero ya no de sangre, sino de agua salada.

Mientras intentaba quedarse dormida, un mensaje aparecía en la pantalla del celular, “Lo siento, sabía que estabas muy ilusionada, te quiero mucho. Puedes volver a intentarlo otra vez.”, era la respuesta al que ella había mandado un poco antes, era su hermana que en algún lado de la ciudad, estaba triste por ella, puesto que, otra vez, la inseminación había fallado.

¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de Aza

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