2012

De metralletas y tacos de canasta

No es posible. No tenemos porque aceptar la violencia visual y el ataque mediático al que somos expuestos. ¿Qué hace una troca llena de encapuchados apuntando a ningún lado y a todos, observando y no, pensando y no en su familia, afuera de una estación del metro saturada de gente apurada y preocupada, en su mayoría trabajadores y estudiantes?

Sales de tu casa después de haber hecho todo lo necesario para ir a su destino matutino, justo antes de salir, esposa o madre, amante o hermano, quien sea, te desea un buen día. Cierras la puerta, saludas a tus vecinos que del diario barren sus banquetas o regresan del colegio de haber dejado a sus menores, las tiendas abren sus cortinas metálicas y ruidosas, el camión de la basura recorre lentamente las cuadras y las avenidas, tomas transporte o tomas tu auto, no importa.

Llegando a cualquier lugar unos pequeños hombres con grandes armas se pasean de un lado a otro con su cartelón invisible que te comunica el terror de ser perseguido o que te restriega la violencia en la sonrisa que, bienintencionado, usas desde que abres los ojos.

No tenemos por qué vivir en éste estado de guerra inexistente, en éste terror infundado y no tienen porque crecer los niños viendo como seres con gran valor y necesidad – me refiero al valor de no dejar su “trabajo” por la necesidad de alimentar a su familia– atropellan brutalmente la integridad que con esfuerzo sus padres les inculcan. No tenemos porque sufrir de ésta violencia visual, de ésta bofetada psicológica, la seguridad de los asalariados no se las da un grupo de seres sin rostro, se las da el dinero que pobremente ganan y afanosamente pelean. No se demuestra nada al pasar apuntándole a civiles, no se demuestra nada, absolutamente nada al pasar con metralletas enormes –imagino que sin carga, México juega a ser un país todavía– montadas en una camioneta igualmente inofensiva.

Pocos reparan en la troca ya que la prisa siempre come y el reloj siempre marca, pero los pocos que son capaces de darse cuenta que aquella imagen no pertenece al entorno, son capaces de desearles a aquellos seres un mal día por haber pasado apuntándoles mientras comen tacos, tamales o tortas ­­caseras de aquellas que contienen jamón transparente y una embarrada de mayonesa –pura vitamina T– , de haberles clausurado su pensamiento positivo, de haberles hecho sentir como humano en cacería o peor aún, que demos por hecho que debemos de aguantar la pantalla gubernamental de ciudad segura.

¿Qué sentirán o pensarán aquellos encapuchados? El sub Marcos se mantiene en sus ideales. Imagino que a los de la troca les de vergüenza no contar no con balas y peor aún, encontrarse a su propia prima comiendo tacos de canasta.

¡Hazme el chingado favor!

Cortesía de Chriza

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