Extracto del libro de Heriberto Yépez.
Liga Directa: http://youtu.be/l5vIU3ZoD5o
Las televisoras alegan que ellas sólo entretienen. Sus directivos alegan que la función no es educar sino entretener.
En México impera una confusión. Se denomina educación a lo que en realidad es escolaridad. Por ejemplo, cuando alguien dice que se tiene que reformar el sistema educativo se refiere al sistema escolar, que es distinto.
La escuela, como todos entendemos, es la instrucción en planteles, que sigue un programa oficial, tiene un horario determinado y se imparte fuera de los ámbitos doméstico y laboral. La escuela educa, claro está, pero no es la única institución que lleva a cabo esa tarea.
También la familia educa. Y, desafortunadamente, los medios de difusión masiva.
Así que cuando los ejecutivos de Televisa o TV Azteca –los dos monopolios que controlan la televisión en México- niegan que su función sea educar, no sólo incurren en una falta ética –evadir su responsabilidad social- sino que mienten o, al menos, intentan engañarnos.
Educar significa transmitir, por reiteración constante, valores, formas de tener, hacer, querer o ser.
Todo acto que reitere patrones de conducta es un acto educativo.
Así, resulta evidente que las televisoras son los principales medios de educación masiva en México. A través de su programación transmiten los valores tradicionalistas a las nuevas generaciones.
La educación de las televisoras retoma elementos del catolicismo mexicano, la cultura popular, el discurso oficial, la lógica global y de otras industrias del entretenimiento (principalmente la musical y cinematográfica). Pero la televisión les da la vuelta, al actualizarlos. Sin la industria del entretenimiento, la cultura mexicana se renovaría más fácilmente: los valores tradicionales mexicanos –completamente desgastados- no tendrían repetidoras que los transmitieran eficazmente a las nuevas generaciones y los reafirmaran a las viejas, pues los representantes oficiales de tales valores (principalmente los padres, la Iglesia y el gobierno) durante todo el siglo XX perdieron la credibilidad ante los jóvenes.
Si esos valores fueran comunicados por los representantes de esas instituciones (familia, Iglesia y Estado), ya habrían caído en el descrédito.
Pero como la industria del entretenimiento enarbola esos valores por medio de un lenguaje espectacular, pese a su anacronía, logran ser bien acogidos por las nuevas generaciones.
Y este proceso retrasa la renovación de valores indispensables para la transformación de nuestra sociedad.
Aunque las televisoras finjan no educarnos, la televisión es la verdadera Secretaría de Educación Pública. En la televisión es donde el mexicano aprende formas de sentir (melodramáticas), qué es el hombre, qué la mujer (patriarcado y matriarcados mexicanos) y, en general, quiénes somos, qué ha sido y qué será. Televisión es destino. Es verse a sí mismo, a la distancia, en el yo futuro al cual somos dirigidos.
Una vez entendido que la televisión educa, la conclusión inevitable es que su método educativo es, como las propias televisoras afirman, el entretenimiento.
¿Qué es el entretenimiento?
El mismo término lo indica: entre tener implica mantener un estado intermedio. Lo que nos entretiene nos mantiene en el entre. El impide que pases de una forma de ser a la siguiente, porque te entre tiene entre una y otra.
Entre-tenerte significa hacer perder tu tiempo, tenerte en pausa, mantenerte indefinidamente en el umbral, sin dejarte pasar.
Cuando una cultura o una persona deben abandonar una fase evolutiva de su vida para llegar a otra, puede entre tenerse para no avanzar hacia su nueva vida. Cuando alguien no quiere transformarse busca divertirse; o distraerse. Eso es el entretenimiento. Un espacio-tiempo para evadir el cambio.
La idea del cambio produce ansiedad, y ésta se calma con ansiolíticos. Ante la situación del país, el entretenimiento provee esos calmantes en forma de comedias, melodramas, presentaciones musicales y otros entretenimientos, que brindan placer sustituto y, de paso, reafirma la idea de que, después de todo, no eres tú quien requiere un cambio, pues tu forma de ser no sólo no es obsoleta sino encomiable; inmejorable.
El populismo de la industria del entretenimiento, pues, cumple dos funciones: calmar la ansiedad experimentada por los mexicanos ante la necesidad de un cambio y reafirmar los valores del pasado. En ambos casos, la industria del entretenimiento –encabezada por Televisa y TV Azteca- es una de las principales causas de nuestro rezago.
Los valores que difunden las televisoras obstaculizan el crecimiento material y espiritual de México, entre teniendo al mexicano en un estado de retraso y suspensión del cambio.
Tenía razón Emilio Azcárraga, El Tigre, cuando dijo que él sólo daba a los jodidos lo que querían. La televisión mexicana llena un hueco emocional y reitera al mexicano una de sus creencias más profundas: él no es responsable de lo que está pasando. Los culpables son otros.
Hay una diferencia sustancial entre la industria del entretenimiento norteamericana y la mexicana. Ambas son una negación del presente. Pero la norteamericana dirige la atención hacia el futuro; la mexicana, hacia el pasado.
Otra notable distinción es que Hollywood transmite el mito del norteamericano que puede lograrlo todo –de ahí la predilección por los géneros de aventuras-; trátese de derrotar extraterrestres o robar un tren cargado de dinero, Hollywood construye historias en que el protagonista siempre se sale con la suya.
The job can be done!
La industria del entretenimiento educa a los norteamericanos para no advertir los costos de sus aventuras, no medir las consecuencias de sus acciones, porque lo importante es lograrlo, “and everything else doesn’t matter”, por citar sólo un inventario de frases que los norteamericanos tienen para confirmarse que lo único importarte es conseguir lo que quieres, y a lo demás… ¡Que se lo cargue el diablo! What the hell! Hasta la vista, baby.
Ésta es la forma de pensar que el capitalismo salvaje requiere: juventudes que crezcan con la mentalidad de cumplir su función, cueste lo que cueste. Así es como Hollywood mantiene el sistema de valores hegemónico; transmite la forma de pensar capitalista de las viejas generaciones a las nuevas; sin la colaboración espectacular de la industria del entretenimiento, eso sería impensable.
En cambio, la industria del entretenimiento mexicana, para mantener la vieja forma de pensar, elabora productos en los que certifica que, excepto el amor, ninguna empresa es realmente importante, pues aunque a todo se lo lleve la chingada, el amor siempre nos rescata. La industria del entretenimiento mexicana se encarga de justificar que el individuo no se haga cargo de nada, ya sea mediante el pesimismo alcohólico promovido por la canción mexicana, o por la bobería del pop, en la que todo se resuelve mágicamente, o mediante la ironía de noticiarios y comedias, que ponen en duda cualquier cambio y atribuyen todo mal al otro. Para preservar el sistema, tú tienes que creer que eres víctima.
El espectáculo mexicano evita la desbandada de los valores vetustos construyendo la ilusión de que nada puede hacerse para alterar el estado de la cultura, ya sea porque hace que te reconcilies con ella (a través del amor o los valores familiares) o porque te distancia de cualquier intento (a través del victimismo o la ironía).
La industria del entretenimiento, en todo caso, trabaja para evitar que las nuevas generaciones se separen de la forma de pensar de las generaciones anteriores, creando una dimensión, una cápsula del tiempo, en donde se entre tiene y se suspende el cambio.
Cortesía de Félix
