2012

Mandorla

Me dijeron que regresabas. Sinceramente no lo tomé muy bien, varias veces rechacé la idea de volver a verte aun cuando eras tú la que proponía el encuentro… “sólo quiero verte, por lo menos dame quince minutos”, te escuchaba decir por teléfono mientras yo, parco e indiferente, acomodaba cualquier pila de papeles a la mano los cuales sin problema pudieron haber permanecido ahí por 10 años más. -“Pues… tú dirás, pero ¿sabes qué? tengo qué colgar, si quieres lo platicamos más tarde”- era mi fría respuesta. Cualquier pretexto era conveniente para finalizar las conversaciones hasta que al fin, un día mi teléfono dejó de recibir tus llamadas. No las extrañé.

Te vi un par de veces antes de que volvieras y todo fue cordialidad. Nos saludamos amablemente, reímos, compartimos un par de cervezas con los amigos. Debo aceptar que de vez en vez te miraba de reojo, mi ego se inflamaba al recordar que tal belleza llegó a temblar entre mis brazos. Mi mente era asaltada por los recuerdos de aquellas tardes, encuentros fortuitos en que tus morenas y suaves piernas se enredaban en mi cuerpo mientras me mirabas fijamente, retadora, deliciosa. La mano de mi novia me devolvía a la realidad al tocar suavemente mi mejilla.

Me dijeron que regresabas y la verdad mi sensación fue de hartazgo. Aquello fue temporal, fugaz según yo. Viví el momento de manera intensa porque no se repetiría. A costa tuya alimenté mis instintos más primarios, me desfogué, me llené y me vacié. Tus constantes llamadas y tus textos comprometedores terminaron por convencerme de que lo mejor era dejar de verte. De manera inteligente interpretaste las señales y te fuiste…

… pero regresaste. ¿Para qué? Cuando cruzaste aquel umbral de madera el aroma de tu cabello me sobrepasó. Le di el golpe. Tu figura me desarmó como la primera vez. Avanzaste hacia mí y tu abrazo me quemó. Abarcando fácilmente tu cintura sólo atiné a pensar: “Bueno, ya estás aquí… disfrutemos pues”. Pendejo.

Al estar juntos otra vez no tardé en volver a las pláticas banales y a las bromitas tontas, de esas que te arrancan una sonrisa de complicidad. “Pa’ ir calentando motores” –pensé- y de paso medir el terreno. Reías como antes, hablabas como antes, tus cejas tupidas y rebeldes eran las mismas y tu gesto serio de concentración era el mismo que yo recordaba.

A la primera oportunidad me aproximé lo suficiente y confiadamente te besé. Fue ahí que noté que algo era diferente. Sonreíste y te alejaste. Aturdido y un poco apenado me di la vuelta. Durante la comida no tocamos el tema, seguiste siendo la misma, alegre y juguetona, caminamos un poco y me tomaste del brazo. Mi ego se tranquilizó.

Decidí no avanzar más, ya que seguramente necesitabas unos días para adaptarte y hacerte a la idea de que estábamos juntos de nuevo. Esperé pacientemente a que dieran las seis, tampoco cambió tu rutina de retoque de labios y alisamiento de cabello antes de salir. Sabía que esa era la señal y el pretexto perfecto para invitarte a tomar un café y claro, tú fingirías sorpresa y obviamente aceptarías. Lo hice y tu respuesta: “perdón, no puedo quedarme” me envió directo al limbo. Apenas alcancé a sentir tu beso de despedida. -“Bueno, hay muchos días por delante. Seguramente ya habrá oportunidad”- traté de darme ánimo y restarle importancia.

Al pasar los días tu rigidez me desconcertaba. Eras la misma pero no. No aceptabas mis invitaciones y te vi muchas veces salir apresurada para que nadie te escuchara contestar esas llamadas “importantes”. Te observaba regresar sonriente y entonces fue que lo entendí. Ya no era yo el centro de tu mundo. -“En cualquier momento la convenzo. La conozco muy bien”-me envalentonaba.

Cesaron las insinuaciones de mi parte. Durante varias semanas jugué a ser el amigo cómplice de tus locuras en un intento vano e inconsciente de acercarme más a ti y reafirmar que yo aun tenía la voz cantante. Craso error. Durante una de tantas pláticas, con naturalidad me confesaste que alguien había aparecido en tu vida. Una sonrisa forzada escondió mi debacle. Entré así en la etapa de negación, “Yo la olvidé primero, no me afecta en lo más mínimo”; “no era mi tiempo, total no se dieron las cosas”; “no estoy pensando en ella en este momento”; “no la extraño”; “no le dedicaré un solo párrafo…”…

Hoy me cuentas tus momentos junto a él y tu rostro se llena de luz, me das detalles y yo finjo indiferencia. Me abrazas y agradeces mi tiempo y compañía, valoras que te escuche y te entienda mientras yo tengo qué soportar y contener el sentimiento. Me abofeteas con la frase: “¿Recuerdas cuando rechazabas mi invitaciones?, ¡pelado!”… sonrío y suspiro con arrepentimiento.

Las seis de la tarde y te despides rápidamente con un abrazo insípido, brillan tu mirada y tu sonrisa… “¡La misma mirada y la misma sonrisa que solían ser mías! ¡Eran para mi!” – me recrimino en silencio mientras aprieto la quijada. “Cuídate” –murmuro a la vez que acomodo el cabello en tu frente.

Me dijeron que regresaba pero… nunca llegaste.

Cortesía de Gerardo

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