2012

Una mirada a: Tzintzuntzan, Michoacán

Tratamos de salir rumbo a Tzintzuntzan lo más temprano posible, pese a las recomendaciones de mejor quedarse en casa. Es día de muertos, y se respira el miedo, pero a que haya un bloqueo o una balacera. Los tiempos han cambiado, pero de igual forma, consideramos sacrilegio estar en Michoacán y no disfrutar el estado como se debe.

Llegamos al pueblo. Afortunada o desafortunadamente hay poca gente. En años anteriores, cuentan que debías estacionarte unos dos kilómetros antes de llegar al pueblo, porque era imposible hacerlo más adelante, para después de eso, perderte en un mar de gente, la mayoría turistas, que luchan entre empujones para llegar al panteón. Ese año parece cualquier otro día y no la noche de una de las celebraciones más esperadas por propios y ajenos.

Lo primero que pienso al salir del auto es “¡Qué pinche frío hace!”, son como las once de la noche y probablemente estemos a uno o dos grados, el típico aire de finales de octubre se siente hasta en los huesos. La entrada al panteón queda a unos cuantos metros, pasando por varios puestecitos de cazuelas de barro y flores de cempasúchil.

Y atravesando la reja principal del panteón municipal, cubierta por un bonito y detallado mural hecho de flores de temporada, comienza la magia. Lo primero que percibes es el color anaranjado en todas sus tonalidades. La luz tintineante de cientos, tal vez miles, de veladoras apenas alumbra una oscuridad como boca de lobo. La flor de cempasúchil es protagonista. En casi todas las tumbas, forma una gruesa capa que asemeja a una alfombra con una increíble textura. Y ahí están, los familiares de los difuntos, adornando, comiendo, celebrando. Para embellecer la última morada, el límite de la creatividad es el cielo. Osos de peluche y muñecas en las de los pequeños, cigarros, tequila o Don Pedro en las de los grandes. Antes de fotografiar, conviene pedir permiso a los familiares, rompiendo esta pequeña barrera, los familiares comparten contigo alguna historia y con suerte, una taza de atole o un tamalito con todo y su cucharita. Algunos que están a las orillas, encienden fogatas para mitigar el frío y recalentar el atole por supuesto. La luz de las veladoras da un aspecto amigable a este lugar, con fama de tenebroso. Esta noche ni la muerte ni los muertos dan miedo, esta noche se pasean entre flores, incienso, cruces, tenues luces amarillentas… y entre nosotros, los vivos.

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