2013

Mudanza

laberinto Abrió la puerta y descorrió las cortinas para que entrara el sol. Se frotó la cara con ambas manos y comenzó.

El polvo lo hizo toser. Las sábanas blancas con que cubrieron los muebles dejaban ver delgadas líneas cafés en las arrugas. Polvo: huella tangible de la soledad.

Develó poco a poco los muebles, para evitar -en lo posible- que el polvo entrara en los ojos y en la nariz. Se sintió feliz de ver de nuevo la casa en la que vivió su adolescencia, el hijo pródigo que vuelve al hogar, aunque sea para venderlo, la nueva casa y el nuevo barrio eran perfectos.

La faena no fue pesada, solo unos cuantos escobazos para mejorar la imagen un poco. Los compradores conocían la casa, eran viejos amigos.

Salió al carro y volvió con tres cajas, se había propuesto solo llevarse lo que cupiera en ellas. Abrió el cuarto de los triques y empezó a seleccionar cosas. Elegía y guardaba en la cajas y cada cosa era un recuerdo y cada recuerdo una sonrisa. Los discos de vinil, casettes, un libro que le fue obsequiado en un intercambio navideño, -¿quién chingados regala un libro? –pensó y lo aventó a una caja, se rasco la cabeza y decidió sacar el libro. No tuvo tiempo de leerlo en cuatro años, no lo haría nunca.

Tomó un banco pequeño y se sentó a ojear las revistas, y de entre ellas apareció el pequeño estuche negro.

Hacía tanto que no lo abría, ¿ocho años? Era una pistola tipo escuadra, cromada y sus iniciales en el lado derecho de las cachas, al cargador solo le faltaba una bala, palpó en su pecho el collar sobre el que pendía un casquillo testigo.

No le temblaron las manos. Puso el cargador, quitó el seguro y se disparó en la boca.

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