Qué gacho no ser delincuentes y tener que vivir tras las rejas. Casas con botellas rotas incrustadas en los muros, picos de acero marca “Si Te Brincas Te Quedas Sin Huevos” o enrejados estilo medieval en puertas y ventanas. La gente más adinerada puede darse el lujo de todo lo anterior y, aparte, poner alarmas, cercas electrificadas, casetas de vigilancia, guardias armados o pozos con cocodrilos. Con los negocios pasa igual: sus aparadores tienen cortinas metálicas, cámaras de seguridad o vidrios blindados. Si esto no es vivir en una prisión, entonces no sé qué chingados sea. Pero la peor prisión siempre será –creo yo- la construida con los barrotes de nuestros prejuicios. De esa cárcel sí está muy cabrón escapar.
Viví casi todo el 2012 en Toronto (sé que les vale madres, pero quiero señalar un punto que me parece importante). Pasaba de la media noche la primera vez que tomé el metro. Salí de la estación subterránea arrastrando una maleta. El cuarto que rentaba quedaba a seis cuadras de esa estación, en un barrio al oeste de la ciudad cuyos residentes eran en su mayoría jamaiquinos, trinitarios y etíopes; también algunos italianos y portugueses. Había banderas del León de Judá -símbolo del movimiento rastafari- y pósters de Cristiano Ronaldo pegados por casi todas partes. Lo primero que me saltó a la vista, a pesar de lo estrambótico del entorno, fue que ni las vitrinas de los negocios, ni las ventanas y puertas de las casas, tenían enrejados o cortinas metálicas.
Recorrí ese barrio todos los días a todas horas durante casi un año. Llegué a ver un par de borrachos vomitando en la banqueta y a oler la marihuana que fumaba algún joven en los callejones donde la luz del alumbrado público no pegaba. También me llegaron a pedir monedas algunos vagabundos, pero nunca me asaltaron ni me enteré de robos o hechos violentos. Como dato adicional, en el barrio había una biblioteca de tres pisos con más de 100 computadoras con internet gratuito.
¿Por qué en una ciudad donde hay diferentes razas, culturas, niveles socioeconómicos, religiones, idiomas e ideologías, no es necesario vivir tras las rejas? ¿Será que allá sí se aplican las leyes?, ¿será que no hay tan marcadas diferencias sociales?, ¿será que no se tienen prejuicios contra quienes son distintos?, ¿será que hay bibliotecas hasta en los barrios de clase media baja?, ¿será que Canadá sólo tiene una cuarta parte de la población que tiene México?, ¿será el sereno?…
No sé, pero es algo que me llama mucho la atención, pues regreso a mi ciudad natal -donde no hay esa multiculturalidad que a muchos prejuiciosos podría “incomodarles”- y me topo con regiomontanos que siguen teniendo esa ridícula rivalidad en contra de los chilangos; regiomontanos que siguen expresándose despectivamente de la gente de San Luis Potosí, de los chiapanecos y de los oaxaqueños; que siguen empleando como insultos “gata”, “naca”, “sirvienta”, “indio”, “muerto de hambre”, “asalariado”, “jodido y “prieto” entre ellos mismos. Entre regios. Pareciera que motivos para odiarse sobran: que si vives en el municipio de los fresas, que si vives en el municipio de los nacos, que si vas a escuela pública en vez de privada, que si te mueves en taxi, en camión o en coche del año, que si le vas al equipo de los otros colores… Puras pendejadas que nos mantienen divididos; puros prejuicios abonados con la mierda de la ignorancia, la arrogancia y la apatía. No me cabe en la cabeza, y vaya que estoy bien cabezón. Ni siquiera hay diferencias entre nosotros: hablamos el mismo idioma, tenemos el mismo timbre de voz, el mismo tono de piel, la misma religión y la misma cultura norteña. ¡¿Por qué carajos nos odiamos entonces!? ¿Por qué en una ciudad como Toronto conviven civilizadamente iraníes y coreanos, rastafaris y musulmanes, filipinos y daneses; y aquí en Monterrey el desprecio por el prójimo se trae a flor de piel?
Es claro que la descomposición que sufre Monterrey es consecuencia de las grandes desigualdades sociales, la ignorancia de muchos, la avaricia de pocos y el derrumbe de los valores; que han dado paso a un clasicismo despótico y a un racismo que incluso se ve con humor. Una ciudad donde se ha encumbrado el consumismo y el cultivo de la estética exterior como única manera de hacer valer al individuo. Y me imagino que así ha de pasar en otras partes de México.
Y no se trata de “si no te gusta te hubieras quedado allá”. No. Se trata de qué chingados vamos a hacer. Porque mientras no se estreche la descomunal grieta socioeconómica que nos divide; mientras no dejemos a un lado prejuicios idiotas que sólo nos engendran y heredan odio, y retomemos valores tan básicos como ver en el otro a uno mismo, México seguirá siendo una prisión, y sus habitantes los presos condenados a cadena perpetua en la cárcel de nuestra propia ignorancia.
