2014

Cronica de una guerra anunciada

guerra_michoacanSupongo que nunca se lo esperaron, tal vez pensaron que nos podían quitar todo, lo único de lo que me arrepiento es no haber empezado antes, cuando me quitaron mis tierras, o antes cuando le quitaron las tierras a los demás, o aun antes cuando llegaron autoritarios a ocupar la zona pregonando que los narcos se iban y que no habría más violencia en nuestro pueblo, habría que verlos pasearse como amos y señores de las calles, de las ciudades y de las vidas de sus habitantes, primero pidieron silencio, luego pidieron complicidad, después dinero, al final fue sangre.

El gobierno seguía en su cima, ajenos y apáticos, cebándose en los beneficios de los contrabandistas, de repente estábamos rodeados de perros voraces. No fueron pocos los que previeron lo sucedido, algunos menos valientes pero con más cerebro se fueron, remataron sus bienes, sus negocios de toda la vida, mandaron a quien pudieron a los estados unidos, y dejaron la tierra donde crecieron sus padres y abuelos, otros menos astutos se opusieron, les dijeron no a ellos, pelearon, por unos días, hasta la palabra en su contra se pagaba con sangre. Y la muerte puso casa en mi pueblo, la sangre y la violencia nos empezó a mojar en pequeñas oleadas, oleadas putrefactas que preferimos ignorar, no estoy orgulloso de eso, pensaba en mi familia, creí que era pasajero, creí que nos salvaríamos, que no nos íbamos a ahogar en las aguas negras en que nos metimos. Me equivoque de punto a punto.

Al principio todo eran rumores, luego los rumores se tornaron en hechos con nombres de conocidos, luego fueron vecinos, familiares, desaparecidos, levantados, secuestrados, muertos, golpeados, violados, despojados. Si hubieran llegado a matarnos a todos, hubiera sido más fácil, habríamos muerto en paz, pero no les bastaba querían rebajarnos a lacayos, a esclavos, querían quitarnos primero el alma.

El pueblo en el que crecí se convirtió de un lugar tranquilo y quieto a un pueblo de fantasmas, los fantasmas éramos nosotros, ellos no eran más que demonios, ya nadie reía, todos envejecimos de repente, el terror nos atenazo de la garganta y nos impidió respirar como la gente libre, ya ni la noche nos pertenecía, solo nos encerrábamos en nuestros hogares con la única tranquilidad de tener ahí a la familia completa, con los televisores a todo volumen para ahogar los disparos allá afuera. Pero ninguno se atrevía a confesar las ansias que nos carcomían a cada hora, esperando oír las camionetas que entraban o salían en convoy en el pueblo, oír el culatazo en la puerta de la casa, salir a la calle y darles la cara a los perros que nos tenían sitiados.

“Quiubole compadrito, oiga, que dice mi patrón que ya se cumplió el mes y que ocupa la cuota”

Y Tragarme el orgullo y la rabia, como la primera vez que llegaron a mi rancho, que ganas de en vez de darles las ganancia de mis tierras, en las que me rompí el lomo media vida, darles unos chingadazos, escupirles a la cara, pero siempre baje la cabeza por miedo, por miedo de perder a mi familia, o de dejarlos solo frente a aquella jauría, si solo hubiera sabido que para ellos las leyes de Dios o de los hombres no tenían ningún sentido, solo querían poder, el poder de gobernar nuestras vidas a su antojo, a costa de lo que fuera.

Los negocios fueron cerrando uno a uno, las únicos que continuaron, y no por gusto, fueron las funerarias, de repente el panteón se desbordo, y era común escuchar las campanas de la iglesia tocando a muerto más de tres veces a la semana, eso cuando aún tenían los difuntos quien les diera sepultura.

Me hubiera gustado que mis hijos nunca hubieran visto un cuerpo balanceándose de un puente, yo solo les decía que se taparan los ojos y se agacharan, yo me tragaba el llanto, el dolor de vivir en un infierno y no tener la fuerza de salirme de él, tal vez una parte de mi decía que todo se iba terminar, que se irían, que ya tenían suficiente, pero no fue así, ellos ya no eran ni siquiera bestias, eran algo peor.
Cuando mataron a uno de mis primos debí irme, debí hacer algo, pero el miedo me consumía, mi familia me necesitaba, de mi negocio no quedaba casi nada, el trabajo de 17 años se lo tragaron esos bastardos en 8 meses, luego no fue solo un primo, fueron varios, todos víctimas, golpeados hasta la muerte, mis primas y tías violadas y asesinadas, para que entendieran que con ellos no se jugaba. Yo creí que aun podía salvarme.

Mis hermanos y yo mandamos a nuestra madre al extranjero, por fortuna mi padre falleció antes de sufrir la pena de enterrar a sus hijos y hermanos, solo hasta que se llevaron a mi hermano y a mi sobrino, cuando les quemaron la casa con su familia dentro supe que no teníamos escapatoria, supe que debía largarme de ahí cuanto antes, empecé a buscar dinero para sacar a mi familia de ahí, pero no pude, ya no tenía más que los medios suficientes para sobrevivir algunos meses, ya no digamos cambiar de residencia y empezar de nuevo, ya no se podía confiar en nadie, sospechaba de los trabajadores que me quedaban, sospechaba de mis vecinos, hasta de mi sombra.

Recuerdo tener que mentirle a mi esposa y a mis hijos, decirles que todo iba a estar bien, recuerdo con lágrimas en los ojos cuando mi esposa me dijo que se iba, que se llevaba a los niños con mis suegros al sur del país, que tenía miedo, que dejáramos todo, y me negué, no me atrevía a dejar la casa y salir a las carreteras invadidas, exponiendo a mi familia al hambre de los narcos. Creí que aún tenía una vida en Michoacán.

El ultimo día de mi vida llegaron antes del fin de mes, me pidieron el doble de lo acostumbrado y en un arranque de sinceridad les dije aterrado que ya no tenía nada, y me dijeron que no, que aun tenia familia, y que si no les daba lo que pedían que tuviera lista a mi esposa porque la ocupaba el patrón, me dieron un plazo, 12 horas, o el dinero o mi mujer. Me volví loco, trate de buscar ayuda, ya no me quedaba nadie, hice inventario de lo que quedaba en el rancho, nada que me diera tanto dinero en tan poco tiempo, hacia el mediodía, no me quedo más remedio que ir por todo el dinero que tenía guardado y entregárselos, sabiendo dentro de mí que eso no les bastaría por mucho tiempo, mi familia tenía la muerte acariciándoles el cuello. No alcanzo a llegar la tarde cuando me hablaron, “Ven rápido a tu casa”
Llegue con el alma en el suelo, muriéndome del frio en el estómago, y solo me encontré con las puertas forzadas, y una casa vacía.

Ahí fue donde mi alma se me fue, no recuerdo más que las explicaciones atropelladas, que llegaron 3 camionetas, que se los llevaron a todos, que tuviera fe, que esperara, que solo era un susto. Solo que yo ya sabía que no los iba a ver jamás, recuerdo que maldije a Dios con lo que me quedaba de fuerza, le pregunte que si acaso éramos de fierro para aguantar tanta pena, que si acaso éramos sus pendejos para buscar ser de gente de bien y aun así perderlo todo, que si mi esposa merecía el destino que le toco, el destino que no podía imaginar sin sentir una cuchillada en el pecho, sabía que no iban a tener misericordia, que lo mejor que les podían hacer era darles balazo en la nuca y que tuvieran la decencia de dejarlos para que les diéramos cristiana sepultura. Eso nunca paso. Todo en mi era una rabia impotente mezclada con una pena que no puedo describir, que me consumió.

Después de eso lo que quedo de mí ya no era yo, ya no podía llamarme a igual, ya no era nada, pase 2 días sin saber nada, nunca fui a las autoridades, si por mas motivos no hicieron nada, que podrían hacer por mi desaparecida familia, de mis hermanos ya no quedaba nadie, los que vivieron se fueron, me comunique con ellos, hable por última vez con mi madre y le pedí su bendición, no me pidió explicaciones, tal vez sabía que el hijo que había se había quedado ya no era el mismo que le hablaba para despedirse.

Al final, decidí que si esos perros me habían quitado todo, no les iba a dejar mi vida así nomás, que me iban a pagar con creces la sangre derramada de mi familia desaparecida, que ya no tenía nada más que la vida que entregar a un único objetivo, matar a todos los narcos que pudiera.

Ahora estamos en guerra, un guerrilla con soldados suicidas, gente que como yo ya no le quedaron más que sus manos, su dolor y su rabia, no hacemos prisioneros, no queremos rendiciones, queremos la sangre que nos quitaron, queremos morirnos de un chingado balazo después de llevarnos por delante a todos los cabrones que podamos, queremos quemarlos vivos, castrarlos, desollarlos, empalarlos, crucificarlos, matarlos a golpes, a todos, absolutamente a todos.

Podría escribir centenares de historias de todos los bravos compañeros, todos ellos arrastrando una pena como la mía, pero es hablar de gente con una fecha de defunción en suspenso.

No llevo la cuenta de los días que llevamos en esto, tampoco de los que se van y no regresan más que fríos, esperando una misa breve, una sepultura modesta, sin nombre ni fecha, con solo una cruz de madera en la tierra. Yo los envidiaba.

Somos fuertes porque no tenemos miedo, no buscamos nada, no tenemos ya nada, conseguimos las armas como podemos, llegamos hasta donde podemos, sitiamos y atacamos, claro que saben a lo que vamos, no somos ley para juzgarlos, somos verdugos somos castigo, casi todos huyen, cobardes, pero no saben que ya los estamos esperando más delante, nosotros conocemos los caminos y a la gente, no tiene mucha escapatoria, en la frontera los militares y la cárcel, y acá adentro la muerte bajo nuestras manos. Somos una fuerza de gente sedienta de venganza de gente sin miedo.

Y ellos saben que se equivocaron, que no debieron quitarnos todo, que los estamos sitiando, que no queremos dinero como las autoridades, que no queremos droga ni tierras, que lo único que nos da fuerza es verlos muertos, acribillados, torturados con una última mirada de terror en sus rostros. Para que paguen su deuda con nuestros muertos.

¿Qué si es difícil matar a alguien? Si, mientras todavía te queda algo de humano dentro, después de eso te conviertes en una bestia igual que ellos, lo difícil es recordar cada día lo que eras y en lo que terminaste, saber que aunque mates a cien bastardos el dolor no se va, solo queda un sentimiento de vacío, de pena, que espero que se me cure un día con un balazo entre las cejas.

Cortesía de Danihell

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