2014

​​La primera muerte

gritoUn sábado de esos, cualquiera, en los que una se reúne con estos amigos contemporáneos que acompañan una cena con algún vinillo caro y una plática que va perdiendo el sentido a medida que avanza la noche. El quórum, médicos en su mayoría, el tema “la primera muerte”. ¿Recuerdan la primera muerte que atendieron? Sí, la mirada era clara, iba al pasado y recuperaba los datos, las sensaciones, el escenario de esa primera vez que un paciente a su cargo murió, esa sensación de frío, de confusión, de sentir que todo lo construido, aprendido, vivenciado, en ese momento perdía sentido. ¿Qué los hizo que se deshumanizaran tan cabrón?, preguntó otro amigo, de esos mercadólogos ​que le venderían hielo a los esquimales preguntó con soberbia autoridad moral, el chiste ahí se contó solo. La pregunta era sobre qué cosa había hecho que a lo largo del tiempo la muerte perdiera su valor, su sentido, o su forma… o qué tal vez se viera como eso, simplemente, como un conjunto de huesos y fluidos que habían perdido el latir. La respuesta fue contundente, “uno no puede enfrentarse a algo tan doloroso sin hacer un poco de coraza, si te clavas con el tema, terminas muerto tú”. No lo había visto de esa manera, pero lo mismo nos pasó a los mexicanos, nos hemos enfrentado durante más de una década a la muerte, a la violencia en escalada, a la extorsión y al secuestro que al igual que los médicos, hemos convertido en estadística un tema que nos sacude por dentro. Todos recordamos la primera historia en la que alguien trastocó la vida de alguien más, en la que la violencia se impuso, sin embargo, así como en el tema de los médicos, en el tema de los mexicanos ¿Cuál será nuestra redención? ¿Qué nos salvará de volvernos indiferentes? ¿De qué nos podemos agarrar para entender que los decapitados, sicarios y extorsiones no son “normales”? O al contrario ¿resulta una estrategia adaptativa el hecho de haberse hecho a la idea y asumir una posición de pasividad frente al hecho? Como aquellos ratones que sabiéndose presa lo único que hacen es intentar esconderse con el resto en un rincón, con la certeza y desesperanza de saber que ya son la comida de alguien más.

Me niego a pensar que todo está perdido, tal vez sea que esa aura de idealismo que una tiene en la juventud aún no se ha terminado de diluir en mí.

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