2015

Y que se me ensucia el sombrero

campoMe ensucie el sombrero. ¡Jijos, el nuevecito! y ese día ni me lo quería llevar aunque era domingo, porque el patrón dijo “vamos y venimos rápido, estaremos de regreso pa la fiesta muy a tiempo”, y fuimos, y bien que le cayó ver el sombrero, así me lo dijo, “Te va bien”. El patrón ahora era el hijo de don Hilario, poco tenía que sé nos había ido el viejo.

Estaba por acabarse el tiempo de aguas y la hierba que crecida nos daba para alimentar el ganado, la mayoría de las reses estaban en el corral, pero nos faltaba una, no era cosa difícil buscarla y llevarla.

Y como la lluvia no avisa, nos cayó de sorpresa, arreciamos el galope y vimos la res atrapada en un pedazo de monte que parecía una isla en el aire, alcanzo las hojas más altas de un árbol, pero no podía bajar, la lazamos y nos disponíamos a traerla al camino, es trabajo fácil, los dos jalamos con fuerza, ella se resiste un poco, pero cede al jalón, yo sosteniedo la cuerda me acerque a ella para tranquilizarla, mientras el patrón la jalaba de más lejecitos para obligarla a salir de ahí.

De mayor sorpresa llega el viento, me arrancó el sobrero, solté no sé cuántos pinches y chingados, pero lo que no debí soltar fue la res, fue como un reflejo, ver volar el sombrero y aventar las manos tras de el, la res se asusta jala al patrón y este pos va de pecho al suelo.

Ya con la res de regreso amarrada a la silla de mi caballo, enjuague con lluvia mi sombrero maltrecho.

Treinta y cuatro años pasé en aquel rancho, entre los valles y montes recogiendo las reses en épocas como esta, entre los zurcos abonando la tierra, traquilando y castrando ovejas, domando los caballos, hace veinticinco me tiraban y a subirse otra vez, como si nada, era corrioso, ahora que me topea un chivo y dos semanas ando rengueando. En aquel entonces el patrón era un muchachito, no era malcriado, pero era canijo. Montaba los borregos que daba orgullo decir que yo lo enseñé. Me cayo bien porque quería quedarse en el rancho, nada de que se iba a la ciudad.

Como sea, nada de esto valió, el patrón, me dio las gracias y un adiós. No le guardo rencor, pero si que fue ingrato, aquel chamaco que enseñe a montar, a usar la escopeta, y aventar la red en la presa, ora con poca hombría me decía buena suerte.

Apreté su mano sin rencor, ensille mi caballo y avance al paso, ni tiempo de pensar pa donde voy a ir, me dijo que podía quedarme un tiempo. Sé que podía pedirle, sé que lo hubiera convencido de dejarme, porque nadie le conoce tan bien esta tierra, porque nadie quiere esta tierra con tanto cariño como yo, pero… a que le rasca uno a una guitarra que ya no quiere sonar.

A donde se canse el caballo, a donde se me esconda el sol ahí merito voy a empezar.

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