2016

Maná es el PRI de la música mexicana – Tito Garza Onofre

mana_PRIEn esos momentos de “óseo“, entre el ir y venir en redes sociales me tope con esta columna sobre un tema que estoy seguro todos hemos tenido en una de esas platicas cotidianas. ¿Como es que una banda como Maná se pueda comparar con un partido de mierda como el PRI?… creo que solo me acaba de responder, de igual manera, aquí esta una columna a toda madre de Tito Garza Onofre en barrio.com.mx

Maná es el PRI de la música mexicana

Ayer viajé de Buenos Aires a Córdoba en autobús. Mi asiento era el 28. Después de acomodar mis cosas y encontrar mi lugar, me abordó un tipo preguntando por el asiento 27. Le dije que seríamos vecinos y que mucho gusto.

Identificó mi acento no argentino y me preguntó que de dónde era, le dije que de Monterrey, de México. Acto seguido, hubo buena onda y empezamos a hablar durante gran parte del viaje sobre lo que ocurre en mi país de origen. Sobre sus incongruencias, sobre el narco, sobre el presidente Peña Nieto, sobre la izquierda (que no es izquierda), sobre el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y su hegemonía en el poder, sobre los chiles y la comida picante, sobre el tequila, sobre fútbol, sobre obesidad, sobre telenovelas, sobre literatura, sobre música.

Después de entrar en confianza y de que me ofreciera parte de su cena, que era un apetecible sándwich de jamón con queso, descubrí que el tipo era estudiante de antropología en la Universidad de Buenos Aires, y justo ahí también comprendí su curiosidad y sus magníficas habilidades para escuchar a un desconocido.

Abusando de la futura amistad que recién entablaba, el antropólogo me preguntó algo que en un primer momento me resultó incómodo, después desconcertante, y por último esclarecedor.

La pregunta fue la siguiente: ¿Cuál es el problema con Maná? ¿Qué carajos le pasó Maná? Respondí de la manera más cordial que pude, diciendo: ¿Qué le pasó de qué? Replicó: “No sé, ché, eran buenos, o parecían ser buenos y de un tiempo para acá se volvieron re malos (sic), lo mismo, lo mismo, una y otra vez. Se vendieron no sé, explicáme, porque acá en Argentina la rompen, llenan estadios y mueven masas”.

Lo miré a los ojos y le dije, “te acuerdas recién todo lo que te conté sobre el PRI, sobre su surgimiento y sobre cómo terminó, sobre lo que significa este partido, lo que aglutina, la latente contradicción y pragmatismo que lo caracteriza, su oportunismo, sus formas, sus apariencias, sus discursos vacíos, su imagen en el exterior, su todo…, pues bueno, exactamente, lo mismo con Maná, pero en la música nacional. Maná es el PRI de la música mexicana”, sentencié.

Después, en absoluto silencio, me quedé pensando y recuerdo que al primer concierto que fui en mi vida fue uno de Maná. Y que no sólo me la pasé increíble sino que a partir de ahí no les perdí la pista. Que cuando salió el disco de “Maná Unplugged” no lo dejaba de escuchar día y noche. También recordé que hace dos días, al compartir una botella de mezcal, terminé cantando con mi mejor amigo costarricense todo el repertorio de la banda tapatía.

La contradicción era evidente. Me gusta lo que detesto. Critico lo que me agrada. Por pena, callaba lo que sabía para parecerle alguien sensato al antropólogo, no sé si sensato sea el adjetivo, pero quizá sí consecuente, o con un mínimo de cordura para sostener todo lo que había afirmado sobre mi país.

Entonces, volví a hablar. Y dije: “el problema con Maná no es Maná, el problema soy yo”. Se rió en fuerte y me indicó que le parecía que había hablado como Arjona. Solté una carcajada y entre el estupor y el encogimiento le confesé que con Arjona me pasa lo mismo que con Maná. Que lo señalo, que me parece malo, que sé que no se sostiene pero que al final me sé todas y cada una de sus canciones, incluso la de los pingüinos en la cama.

De un tiempo para acá, sobre todo a partir de la eclosión tecnológica y la globalización, muy de la mano del anonimato y de la fluidez de nuestros tiempos, emergieron enemigos que es muy sencillo aborrecer.

Desde Maná y Arjona, pasando por Anahí, hasta Paulo Coelho, estos ídolos de plástico, que encontraron la fórmula perfecta para trazar una delgada línea entre la chatarra y el populismo, se volvieron el mejor objeto para descargar la furia de cualquier persona en cualquier lugar del mundo. A veces, a mi parecer, es abusivo, otras quizás es divertido. Emitir un juicio de valor sobre un gusto musical, literario, o cinematográfico, o de cualquier otra índole artística desde un plano subjetivo, además de parecerme inerte también me resulta, a veces, un poco invasivo.

No todo vale, ni todo juicio de valor resulta reprochable. Vamos a ver. Imaginemos un pirómano que aspira a ser bombero, o un necrófilo buscando trabajar en una morgue. Las incompatibilidades, además de resultar manifiestas por develar un impedimento de tipo patológico, colisionan de manera frontal con presupuestos sociales tan básicos cuyas consecuencias resultan difícilmente justificables.

No es que las dos personas involucradas en el ejemplo anterior, de antemano conociendo y siendo conscientes de las graves implicaciones que puede conllevar su padecimiento, consideren infundadas, desde un plano de la moral objetiva, sus pretensiones laborales sino que, simple y sencillamente, se encuentran impedidos tanto por argumentos de índole fáctica como normativa (estos últimos en sentido jurídico-político). Los primeros en sintonía con actuar de forma irresponsable contraviniendo un cierto orden establecido, y los segundos englobados bajo una concepción del Estado como ente legitimado, y por tanto obligado, a prevenir acciones reprochables dentro de un determinado sistema jurídico.

En fin, volviendo al tema… Lo cierto es que estos enemigos comunes tienen algunas ventajas para aquellas personas a quienes no los contemplamos como tales. Ya que si bien es cierto que da mucha alegría saber que al momento de odiar uno no está solo en el mundo, también lo es que da más alegría saber que uno tampoco está solo al momento de compartir sus placeres culposos, sus guilty pleasures, con los demás.

El día que me descubrí en medio de una borrachera con filósofos del derecho latinoamericanos cantando “El y ella”, luego “Historia de un taxi” y rematando con “Si el norte fuera el sur”, supuse o que todo está muy mal, o que el rigor de la filosofía analítica es más bien un mito, o que, de plano, uno nunca, pero nunca está solo en este mundo, aun y cuando te guste Arjona o Maná.

En la ONG en la que colaboro, una institución seria, conformada por personas prudentes, formadas, reflexivas y juiciosas de diferentes edades en la que confluyen perfiles muy distintos, prácticamente se puede decir que existe una categorización entre arjonianos y no arjonianos. Por un lado, aquellos que mandan memes, burlas e incluso artículos sobre lo absurdo que resultan las letras del guatemalteco, y por el otro quienes se refieren al cantante como “El poeta”. Los que lo odian y los que lo aman. Todos conviviendo a pesar de sus deleites y sus desazones.

La escena era completamente ilógica, un intento de doctorando en derechos humanos y un antropólogo en un autobús teorizando sobre Maná y Arjona. Justamente la situación que tomaría este último cantautor para iniciar alguna de sus canciones.

Ahora recuerdo que hace unos días una amiga, sin otro afán más que el de incordiarme, me enteró que durante el próximo mes de febrero Maná estaría en Argentina de tour, iniciando con un concierto en Buenos Aires en el Estadio VÉLEZ, para después seguir con recitales en Mendoza, Córdoba, Rosario, Corrientes, Tucumán y otras ciudades más… Quizá vaya, inclusive puede que asista sin cobardía y llegue a divertirme.

Parecería que lo único congruente en mi existencia es mi incongruencia, justo como le decía al antropólogo sobre mi país. Ah eso sí, la analogía del PRI con Maná no da… La verdad es que los que están “clavados en un bar” no son tan malos comparado como los afines a los de Atlacomulco y compañía. En todo hay límites, incluso en el mal gusto.

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