2016

A galope no se llega temprano

pulqueCon ganas de probar el buen pulque de la región llegué a un local a pie de la sierra, la construcción de adobe era fresa y el pulque sabroso.

La tarde paso de prisa y el alcohol no tardó en hacer sus efectos, decidí darle un respiro al hígado y un taco a la barriga. Me fui a la mesa pegada a la puerta, le encargué “al Fiera” un kilo de carnitas, a su regreso me preparé unos tacos y convide con los lugareños. Entró aquel fulano, hacía calor afuera y nos sorprendió verlo llegar con el sarape en el hombro, ni se inmuto con los cuchicheos ni los bien escuchados “pulque y baño pal fuereño”, haciendo alusión a la suciedad de sus ropas.

Se sentó en la barra, pidió un litro de pulque pero antes bebió de golpe un vaso de agua. Pregunto por comida, lo oí clarito y le dije al “Fiera” que le llevará unos tacos. El fulano agradeció con el sombrero y siguió ensimismado en la nada. Dos más alcoholizados que los demás comenzaron a buscar bulla, él aguanto estoico, “El Fiera”, mandadero, sacaborrachos, barrendero y cantante del bar, de un puñetazo en la cara al primero y de una patada en la ingle al otro, les pidió amablemente que se retiraran.

El Fuereño se sentó en mi mesa, me invitó un pulque para agradecer la comida, me sentí en confianza y le pregunté porque había aguantado a aquellos borrachos.

Despacio, resoplando como quien no quiere explicar, soltó las palabras.

-Yo no puedo darme el lujo de morirme donde sea y cuando sea, no puedo darme ese lujo. Uno que rueda tras su destino no puede por propia voluntad tropezarse con cuanta piedra se atraviese en el camino, no señor. Miré si con cada buscapleitos me enfrascara, ¿Que ganaría?, si eso hubiera hecho, mi caballo no estaría ahí amarrado, ni yo aquí sentado

-Entiendo-le dije- es mejor llevársela tranquilo. No se llega a viejo desoyendo consejos.
-No, yo no quiero llegar a viejo, solo a mi destino-
-¿Y cuál es su destino?- Pregunté con franco interés-

Aquella expresión de rabia contenida y compasión me dio de golpe a la cara. Se acomodó el sombrero y me dijo:

-Ahí le va, de una vez desde el principio. Hace mucho que me buscaron, y de la peor manera, fue uno solo, y pa´ ese será mi muerte o mi destino. Vivía en el pueblo de San Juan, lo habrá oído usted alguna vez, sí, está lejos, muy lejos. Ya mi señora estaba en las ultimas de parir. Fue en la mera noche del santo patrono del pueblo, yo fui un rato a divertirme, esa es la mera razón, aunque mi señora no podía montar el caballo, por su estado de embarazo y mejor me espero en casa, casita de madera que juntos construimos, grande, como ella la quería, la madera del piso rechinaba cuando daba sus saltitos de alegría ¡Como si la casa riera con ella!, total, la plaza no estaba lejos y anduve allí con los amigos. Unos felicitándome y otros malaconsejandome, algo se oyó que el padre iba a excomulgar a un cabrón ladrón, y no sé qué más palabras utilizó, le robaron unos cohetones. Yo me reí, ni que el santo estuviera contando cuantos le iban a aventar.

A lo lejos vimos como el que tuvo la puntada de robárselos los andaba aventando en el cerro, se miraban mejor de allá, de lo alto. No me pregunté por esta lagrima que pa´allá vamos. Una lucecita en pocos segundos se convirtió en una lumbrada que me heló el corazón, monté al alazán, y como si el animal supiera se lanzó a un galope que no le conocía, cuando llegué los vecinos intentaban apagar el fuego pero ya ni se podía acercar uno, el fuego quemaba a metros de la casa, quise entrar, aunque no la encontrara, aunque no los encontrara, quería morirme ahí con ellos, pero no me dejaron entrar, desgraciados pensaba, pero ahora sé que me faltaba algo para morirme. Cuando se apagó el fuego, se fue haciendo un silencio que nomás era interrumpido por un llanto de hombre, la luz de la hoguera me mostró quien lloraba: Ramiro, ese pelado se robó los cohetones de la iglesia, cuando prendía uno, las chispas le quemaron la mano, lo soltó y fue a pegar a mi casa. Me lancé sobre él y lo hubiera matado ahí, pero otra vez me detuvieron. ¿Qué si tuve justicia? Nomás la mitad, la mitad que yo he tomado, porque lo que es el juez dijo que no había querido matar a nadie, que fue un accidente y estuvo un año en la cárcel para salir con fianza. Un accidente, esa fue mi justicia. Recorté mi escopeta y fui a su casa. Salió su padre y suplico que tomara su vida por la de su hijo, antes de dispararle le dije que aceptaba la oferta, solo que su hijo me mató a mi esposa y mi hijo él nomás pagaba la mitad de la deuda, le disparé en la cara y cuando vi que Ramiro me miraba desde el galope de su caballo, pisé su rostro con mi bota. A Ramiro lo tuve cerca una vez, pero lo salvó el Alazán, se quebró la pata en un agujero de tuza o serpiente, le tuve que dar un tiro.

Supe que paso por aquí hace tres días, prisa no tengo, a veces siento que voy al galope y más se aleja, pero el paso tranquilo, el trotar del caballo sereno, me ha acercado más, no sé si a la muerte mía o a la de él, con cualquiera estaré satisfecho, la de él no sé qué me dejará, no sé qué sentiré cuando vea su cuerpo sin vida, ahí en ese momento acabarán mis ganas de vivir.

Contuvo el aliento y le dio el último trago a su pulque. Nadie más molesto al fuereño.

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