2016

Lecturas de ella

solTengo ganas de leerte”, me dijo, quizá para alimentar mi ego de escritor frustrado. Yo le había mostrado algunas cosas que he escrito, no lo digo por falsa humildad, pero sé que no había algo que valiera la pena, algo más allá de poder ser publicado en un blog, porque literalmente cualquiera puede publicar en un blog, aunque nada tenga sentido, cómo esto mismo.

Vivíamos en la misma ciudad hasta que tuve que mudarme, “cosas del destino” suele decirse. Continuamos en contacto y dos veces al año, aunque fuera por unas breves horas compartíamos un café y un atardecer en el Malecón de Playas de Tijuana, uno de los más hermosos y bohemios que he conocido, es un malecón quieto, callado, sin el bullicio de muchos otros.

Suelo llevar un cuaderno donde escribo cosas que nunca transcribo a la computadora, aunque en un principio esa era la intención “para no dejar escapar la idea”, aquella vez abrí el cuaderno mientras ella llegaba, llevaba dos renglones cuando apareció puntual.

Su cabellera semejaba un hermoso caos, nunca dejo de impresionarme ese cabello un poco a la Trevi, le daba ese aire de despreocupación que tan bien le iba, su rostro fresco y apenas maquillado lucía tan jovial como cuando nos conocimos. Una blusa holgada acariciaba constantemente sus hombros, unos jeans enfundaban sus piernas y su derriere.

Me levanté, nos abrazamos con cariño y nostalgiamos, es inexorable no hablar de lo que pudo haber sido.
Ella ordenó un té de frutos rojos y me pidió un macciatto con leche deslactosada, y reafirmaba eso “d e s l a c t o s a d a”, no tanto para la chica del café, sino para mí, para avergonzarme con la chica.

Después de la plática fue cuando lo dijo “Quiero leerte”, y su sonrisa dibujo en su rostro esos hoyuelos en las mejillas. Le deje ver mi cuaderno, empezó a descifrar mi letra y a leerme y después a leerse, a encontrarse ella en aquellos garabatos que hablan de todo y de nada, que nadie entendería más que la protagonista.

Leía en silencio, una hoja tras otra y al final me dijo: “No te lo devolveré, me gusta leerte”. Y no me lo devolvió, pero me pareció justo porque al fin esas letras eran de ella y sobre todo, estaba correspondiendo solo había escrito lo que leía de ella, de su cabello, de sus sonrisa, de sus hombros, de ella siempre sonriente.

No quise acompañarla al auto me quede solo, con el recuerdo de su perfume, la taza de café vacía… y la cuenta.

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