2016

La mala

la_malaUna plática de esas en las que tienes la oportunidad de presumir cuantos libros has leído salió al tema Mario Vargas Llosa y su novela “Travesuras de la niña Mala”

Dijo un amigo: “Yo creo que todos hemos tenido una mujer así, que nos ha traído como pendejos”. Mi machismo y yo tuvimos que mentir: “No, nunca”. Pero pensaba en aquella mujer.

Aquella mujer ella se había casado a los diecisiete años cuando, yo la conocí estaba al final de finales de su matrimonio, aunque en esa época yo no lo sabía.

Su marido trabajaba en “el otro lado” y la veía cada dos o tres semanas, mi trabajo me hizo conocerla, una mujer hermosa, sin atributos exagerados, pero suficientes para darle una seguridad terrible.

Intercambiábamos pocas palabras personales y yo no tenía ninguna intención de rebasar esa línea “profesional”, sencillamente porque la hacía fuera de mí alcance. Tuvimos una reunión imprevista, yo iba vestido para una celebración de compañeros de trabajo y me desvié para atenderla. Me preguntó sobre mi reunión y le comenté que era un compromiso de trabajo al que debía ir, pero pensaba salir temprano. “Si te sales antes de las diez me hablas, y vamos a dar una vuelta”, asentí, nos despedimos y me fui a la reunión. No habíamos platicado nada personal y para ser honesto ella me intimidaba, no tenía idea de cómo hablarle aunque deseaba llamarle. Pasadas las diez y media de la noche recibí un mensaje: “No me gusta que me dejen plantada, tienes quince minutos para llegar”. Entre sorprendido y apendejado le llamé mientras me subía al auto y escuchaba instrucciones para llegar a su casa.

La música no era alta en el lugar que elegimos, pero ella acercaba tanto su rostro a mí que no evité robarle un beso, su respuesta me desoriento por completo. Una risa sarcástica acompañado de un “¡Quién lo viera!”. El auto se convirtió en una recámara de cuatro paredes antes de volver a su casa y ahí comenzó todo.

Cuando se separó de su pareja regresó a vivir a casa de sus padres, me presentó como su novio “El que la convenció de divorciarse”, ellos estaban felices por el divorcio de su niña, nos permitían todas las libertades que quisiéramos, creo que pensaban que nos acostábamos antes de salir porque yo siempre iba directo a la recamara y ahí esperaba a que ella se arreglará, la verdad es que ella me citaba una hora antes, tenía una especial manera de cerciorarse de que la iba a desear toda la noche, hubo una regla que nunca logré romper: No tener sexo en casa de sus padres, no por respeto, sencillamente porque así quería la cabrona. Se desnudaba con naturalidad y se metía a bañar, salía secándose el cabello, se maquillaba desnuda cuando el clima lo permitía, yo sólo podía verla, no tocarla ni besarla hasta salir de su casa. Algunas veces al ponerse crema para las piernas pasaba su mano lentamente por la entrepierna y sonriente me decía “Qué largas se te harán las horas, ¿no?”

Nos despedíamos de sus padres y salíamos a donde ella quería, a veces solo quería embriagarse en el auto a la orilla de la playa, obtener un orgasmo de mi boca y escuchar música. Le gustaba cantar y a mí me gustaba verla sonreír.

Definitivamente no era una gran relación amorosa, yo estaba seguro que ella sentí un cariño por mí, y una especie de admiración, pero nada más. Era dominante y terca, al principio me creía afortunado al tenerla, pero pronto fue una relación dolorosa, no conectábamos en la parte sentimental.

Me alejé un poco de ella tantas veces, y tantas veces volví a su llamado, “Nunca voy a dejar de llamarte”, me dijo alguna ocasión en que me negaba a verla e insistía a diario.

Comenzó a consumir cocaína y yo sabía cómo terminaría eso de seguir así, cortó de tajo mi sermón con un “No te espantes” mientras su lengua embarrada de polvo intentaba besarme.

Una noche discutimos, nos reconciliamos desfogando nuestro coraje en la intimidad, pero el rencor de ella seguía ahí. Visitamos varios bares, en el último recibí su peor humillación. Me dijo que si quería que me bailara, asentí, era común. Se subió a la barra a hacerle compañía a otras dos chicas, al tiempo subieron otras dos chicas, yo sentado la veía, de verdad sobresalía de las demás y no por sus movimientos, bailaba normal, se divertía, traía una falda con rayas horizontales, que no mostraba tanta piel y una blusa negra, era hermosa. Las otras chicas se meneaban como profesionales, provocativas y con vestimentas que dejan ver que la moral no era lo de ellas. Una de las chicas subió a su amigo, un tipo bien parecido que terminó a un lado de ella. Ella me miró y sonrió con rencor, supe lo que iba a pasar. Bailó con él cadenciosa, me arrepentí de cada palabra que le había dicho esa noche, pedí la cuenta y mientras pagaba ella llegó, arrastrando al tipo de la mano “¿Te vas y me vas a dejar aquí?”, le dije que se quedaba en buena compañía, me dirigí a la salida y ella tras de mi jalándome la camiseta, para evitar la escena me detuve, me tomo de la mano y salimos. Subí al carro le di sus cosas y me despedí. El otro tipo salió del bar tras ella, yo fui a casa sabiendo que no iba a poder dormir.

Me habló por teléfono a los quince minutos, “Hola”, Con ironía le pregunté qué tal le había ido, y me respondió “Sí no me veías bailar no era divertido, estoy afuera de tu casa”. Me asomé por la ventana y ahí estaba, un taxi la esperaba.

“Sube a ese taxi y vete”. Le dije mientras colgaba.

No llamó más.

Con el tiempo me la encontré en una escuela primaria, iba sola, era madrina de un graduadito. Ataviada con un vestido color melón, sonriente me saludo, no supe como presentársela a mi novia.

Por la noche me mandó un mensaje, nos reunimos en el café y recapitulamos lo nuestro, era el tema obligado. Sus padres me enviaban saludos y hubieran querido que me fuera a despedir, según sus palabras, es cierto, nunca me despedí, tan generosos ellos conmigo.

Pedí la cuenta, ella se levantó y me pidió acompañarla al carro, me negué, sabía que en el trayecto la abrazaría y al abrirle la puerta nos besaríamos y volvería otra vez a esperar sus llamadas, a verla desnuda maquillándose y peinándose, a ese infierno tan delicioso del que salí, pero al que con gusto me dejaría volver a arrastrar.

Suspiro y me regaló un beso cerca de la boca, sonreí y dije un “Hasta la próxima”.

No ha ocurrido una próxima, ni espero que ocurra, porque aún con la distancia, con tanto tiempo, todavía tiene formas de hacerme daño.

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