Más que los actos de los malos, me horroriza la indiferencia de los buenos.
Mohandas Gandhi
Hace unos días platicaba con un viejo, medio tonto, medio buey, pero eso sí, un gran amigo y, digo amigo, porque con esa palabra se define a los tipejos como Él, mira que prestarte 100 pesos y esperar a que un día se los devuelvas, pues si, por eso medio tonto y medio buey, aparte de un gran amigo. Les decía, platicábamos del miedo de la sociedad, esa sociedad valiente y picuda, muy salsa, como dicen acá.
Ahora todos son (somos), unos corderitos, que al andar por la calle, no hacemos mofa de nuestra valentía, al contrario, somos unos simples espectadores de lo que sucede. Eso de no escuchar mentadas de madre cada 100 metros, por la avenida Cuauhtémoc o Pino Suarez, es algo de extrañar.
El país lo tiene secuestrados unos cuantos cobardes, unos imbéciles que de seguro nunca fueron a la escuela, ni mucho menos, tuvieron una madre como la mía, porque de ser así, estoy seguro que mínimo hubieran terminado la licenciatura. Me gustaría contarles de mi madre, esa señorona que es más bien, muy cabrona, pero muy buena madre, aunque muchas veces me digan que no tengo madre, les contesto que tengo una madre chingona.
El respeto no se aprende en la calle, ni en la escuela, se aprende con un chanclaso, bueno ahora ya no es así, ahora creo que no puedes darle un jalón de orejas a tus hijos, pues por una parte cometes un delito y por otro los traumas para toda su vida, bueno, eso dicen los que saben, aquellos que fueron criados de diferente manera, donde con un cinturón, una chancla, una buena nalgada, cachetada, servía de un correctivo y además, de un preventivo. Aprender de respeto, solo se puede en la casa. Con razón, aquellos que secuestran, matan, torturan, no tienen madre los hijos de la soledad.
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