Un viento refrescante por fin sopla ligeramente y debilita el sofocante calor que envuelve la quietud nocturna. No logro conciliar el sueño. Calculo que serán las 11:30 de la noche porque mi vecina ya no canta más. El insomnio que me aqueja es bastante fuera de lo común. Regularmente dormir es fácil, me entrego sin pretextos ni vacilaciones al placer etéreo que otorga el sueño. Hoy no. Algo lo impide, un ambiente enrarecido es presagio del desastre… o quizás sólo estoy divagando; -“¡duerme ya!”-, susurro con autoridad.
Cierro los ojos e intempestivamente un ruido me hace abrirlos. Es un murmullo que por un momento me hace dudar, un sonido de recuerdos tormentosos, fantasmas del pasado. Muchos años han transcurrido desde la última vez pero… -“es sólo producto del desvelo”-, trato de tranquilizarme.
Nuevamente trato de dormir pero en el fondo sé que ya no será posible, mi corazón está intranquilo. A estas alturas todos mis sentidos se enfocan en rastrear, detectar, escanear el más mínimo ruido o movimiento que no encaje dentro de mi atmósfera.
La silenciosa calma asalta los alrededores como augurando lo que está por venir. La mediana penumbra sólo es interrumpida por una pálida luminaria que se cuela por la ventana reflejando su luz en forma de trapezoide sobre una de las paredes de mi habitación. Aguardo con sigilo. El movimiento de mis ojos es frenético; de un lado a otro, arriba, abajo.
La poca visibilidad no ayuda pero no quiero encender la luz porque interrumpiría el sueño de mi esposa quien descansa plácidamente, muy ajena a lo que a su alrededor acontece. La luz de la escalera es una opción pero eso implica salir de la cama y quedar expuesto a un ataque sorpresivo, a traición, pero… es necesario tomar el riesgo. Con pies descalzos, lentamente camino hacia el pasillo sobre el tibio mosaico. Enciendo la luz y todo parece normal. Un vistazo dentro de la habitación. Nada. Me dirijo hacia el interruptor dispuesto a apagar la luz pero al instante aquel terrible sonido vuelve a rasgar el aire concluyendo con un golpe seco sobre la puerta de madera a mis espaldas. Ya no hay duda, me ha encontrado… otra vez.















Yo era enjundioso, lleno de ideales y participaba, debatía, marchaba y exigía. Contagié a muchos, y pensamos que algunos fueron triunfos.



