Si quieres hacer algo, por lo cual te recuerden, entonces, asesinar es una buena opción.
Habrá algunos que digan que la vida no cambia, que para ellos siempre ha sido igual, que ellos son arquitectos de su destino, maestros de sus enseñanzas. De pronto, te topas con la muerte, esa amiga aliada de la vida, siempre tan inoportuna.
Avanzas a pasos lentos, cansado, distraído, la vida es una rutina, es un ir y venir de sentimientos. ¡Estas enamorado! crees tenerlo todo, vivir y disfrutar. El tiempo siempre hace su trabajo, nunca es tarde ni temprano, solo justo.
Vas de la mano con un niño, es tu hijo. Ahora te preocupas por la vida, ya no eres impulsivo, corriente. Quieres protegerlo, ser su escudo, darías tu vida por él, pero no quieres morir hasta verlo crecer, ¡que ironía!
Ayer atropelle a una señora, iba con dos niñas, supongo que eran sus hijas. El grito de dolor que emanaba de la boca y las entrañas de aquella desconocida, tendida sobre el pavimento, con la mirada fija en aquellas dos niñas, las observaba y de aquella acción, encontré compasión, como pidiéndoles perdón, una disculpa. Entonces no supe porque era el grito de dolor, al parecer no le dolía nada más que aquella mirada.
La mujer tardó un minuto con diez y siete segundos después del impacto, para morir. Entonces ya no hubo gritos, tampoco silencio. El sollozo de las niñas, el cuchicheo de la gente chismosa, morbosa que pretende ver el cuerpo inerte, contar los huesos rotos, horrorizarse por la cantidad de sangre, ver las entrañas a un costado de aquel bulto, que momentos antes, era una señora con sus dos hijas, iban al cine, la más pequeña quería ver esa película de estreno, pero un tipo con una camioneta les acorto el destino, el camino. Ahora tenían una escena de terror, de muerte, de desesperación.



















