2011

Constancia de que envejezco

Veo mis manos, las arrugas han borrado las cicatrices, palpo mi rostro y me encuentro con una piel marchita. No es nostalgia de nada, sencillamente me doy cuenta que soy viejo. Aprieto mi piel, la siento, y me convenzo de que existo.

Intentar convencerme de que existo no es tarea fácil, sobre todo si enciendes el televisor o lees una revista y te das cuenta de que las personas viejas no existen, así, sencillamente no existen, ojeo la revista o cambio el canal y ahí perdido aparece una persona como yo, pero es tan rápido que hasta creo sucedió solo en mi imaginación.

Yo soy de los tiempo en que las familias eras grandes y sin embargo la coca cola familiar era de un litro.

En la mesa, siempre, invariablemente, estaba el abuelo. Los que crecimos así, pensamos en ocupar su lugar algún día ¿y cuantos no somos huéspedes de un asilo?, confinados primero a una visita dominical y después, con el surgimiento cada vez más común de “cosas importantes”, nos relegan a una visita mensual.

Después de convencerte de que existes, ahora hay que convencerte que eres útil. Aquí donde la fuerza de trabajo lo es todo quedas relegado. Veo un viejo en el televisor y me alegro, después de todo si existimos, pero ese es un viejo inútil, que aparece de vez en cuando y solo para dar un “buen consejo”, los viejos servimos y damos para más, incluso en trabajos de desempeño físico podemos más que muchos chavales vaquetones, y lo sé porque también fui un chaval vaquetón que me avergoncé de que un viejo pudiera más que yo.

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